La madrugada del 11 de agosto de 1990 tuvo el sabor inconfundible de los comienzos importantes. El aire aún conservaba la tibieza del verano murciano, pero en él se percibía también esa sensación de ruptura con la rutina que solo ofrecen los viajes largos. El coche, aquel Citroën AX cargado con tiendas de campaña, mochilas y provisiones, era una pequeña promesa de libertad. Charo y Juan Antonio nos recogieron a May y a mi cuando la ciudad aún dormía. Las calles estaban vacías y las farolas dibujaban sombras alargadas sobre el asfalto.
El viaje hacia el norte era, en sí mismo, una transición. Desde los tonos ocres y secos del sureste hacia la paleta cambiante del verde atlántico. Sin embargo, el paisaje no esperó a transformarse poco a poco. Antes de alcanzar La Roda, el cielo comenzó a cerrarse con una rapidez inesperada. Las primeras gotas golpearon el parabrisas con fuerza, y en cuestión de minutos la tormenta se desató con intensidad.
Los relámpagos desgarraban la oscuridad y el granizo cayó con violencia, obligándonos a detenernos en uno de los restaurantes que salpican la carretera general que conduce a Madrid. El sonido seco y repetitivo de las piedras de hielo contra la carrocería marcó uno de los momentos más intensos del trayecto. La carretera, que hasta entonces era una línea abierta hacia el norte, se convirtió por unos minutos en un espacio suspendido, reducido al interior del vehículo y a la confianza compartida. Nadie perdió la calma. La situación, lejos de generar tensión, reforzó la cohesión del grupo. La serenidad colectiva fue una señal temprana de lo que sería el viaje: cuatro personas avanzando juntas, adaptándose a lo inesperado con naturalidad.
Cuando la tormenta amainó, el cielo comenzó a clarear. El horizonte castellano se abrió ante nosotros con esa amplitud característica de la meseta. El paisaje se extendía en una sucesión de campos dorados y suaves ondulaciones. El contraste con la violencia reciente del temporal otorgaba a la escena una serenidad casi solemne.
La parada en Burgos supuso el primer gran encuentro con el patrimonio monumental del viaje. El casco histórico nos recibió con la sobriedad castellana y la elegancia de sus construcciones medievales. La silueta de la Catedral de Burgos emergía sobre la ciudad como una obra de filigrana pétrea. Sus torres agujadas, rematadas por delicados calados, se elevaban hacia el cielo con una verticalidad que parecía desafiar la gravedad.
Al aproximarnos, la riqueza escultórica de la fachada se revelaba en cada detalle: santos, reyes, escenas bíblicas y elementos decorativos que narraban, en piedra, siglos de historia. La catedral, iniciada en el siglo XIII en estilo gótico francés, se convirtió pronto en uno de los grandes referentes del gótico europeo. Su armonía arquitectónica y su complejidad ornamental generan una impresión de ligereza que contrasta con la solidez de sus muros.
A pocos pasos se encuentra la Puerta de Santa María, antigua puerta principal de la ciudad medieval. Su estructura, flanqueada por torres y coronada por esculturas de personajes históricos vinculados a Burgos, actúa como un umbral simbólico entre el pasado y el presente. La piedra, trabajada con precisión, muestra escudos, hornacinas y relieves que recuerdan la importancia estratégica y cultural de la ciudad en la historia castellana.
El paseo por la zona fue pausado. No había prisa. Aquella primera parada nos permitió estirar las piernas, respirar el aire más fresco del norte y comenzar a impregnarnos de una geografía y una arquitectura distintas a las habituales. La convivencia fluía con naturalidad. Las decisiones se tomaban de forma consensuada, los tiempos se ajustaban sin tensiones y el ambiente general era de entusiasmo sereno.
Tras dejar Burgos, la carretera continuó ascendiendo hacia Cantabria. Poco a poco el paisaje comenzó a transformarse. Los tonos dorados dieron paso a verdes más intensos. Aparecieron colinas, masas forestales y una humedad creciente en el aire. La transición era casi pedagógica: España se desplegaba ante nosotros como una sucesión de paisajes contrastados.
La llegada a Santander tuvo lugar al final de la tarde. La ciudad se extendía entre el mar y las colinas, abierta a la bahía con elegancia. El destino inmediato era el Camping Cabo Mayor, situado en una zona elevada próxima al faro y a los acantilados que dominan el Cantábrico.
El entorno del camping combinaba praderas verdes con la proximidad del océano. Desde ciertos puntos se podía escuchar el golpe rítmico de las olas contra las rocas. El montaje de las tiendas fue un ejercicio de coordinación sencilla. Cada uno asumió su tarea con naturalidad: descargar, organizar, tensar vientos, distribuir el espacio común. No hubo instrucciones explícitas; la colaboración surgió de forma espontánea.
Cuando todo estuvo dispuesto, el cansancio del viaje se mezcló con la satisfacción del primer objetivo cumplido. El aire del norte era más fresco, más húmedo, y tenía ese aroma salino que anuncia la cercanía del mar abierto. El cielo comenzaba a teñirse de tonos rosados y violetas.
La primera cena fue sencilla, compartida alrededor del pequeño espacio común improvisado entre las tiendas. La conversación giró en torno al trayecto, a la intensidad de la tormenta inicial y a las expectativas de los días siguientes. El ambiente era distendido, sin estridencias. La amistad entre las dos parejas se manifestaba en la facilidad con la que fluían los comentarios, en la ausencia de tensiones y en la sensación de equilibrio.
Aquella noche, ya en silencio, el sonido lejano del mar acompañó el descanso. El viaje apenas había comenzado, pero el tono estaba definido: naturaleza, patrimonio, convivencia armónica y una amistad sólida como hilo conductor de cada etapa.



























