Santander, Costa Verde, Picos de Europa 1990 (4)

El 14 de agosto marcó un cambio de escenario. Dejábamos atrás la franja costera para adentrarnos en el interior montañoso de Cantabria. La carretera comenzó a estrecharse progresivamente, adaptándose a los pliegues del terreno. Las laderas cubiertas de vegetación se elevaban a ambos lados, y los valles se abrían en suaves ondulaciones salpicadas de prados delimitados por muros de piedra.

La comarca de Liébana se presentó como un espacio de transición entre la costa y la alta montaña. El aire parecía más puro, más fresco, con una claridad que intensificaba los colores. La llegada a Potes supuso el encuentro con una villa de marcada personalidad, asentada en la confluencia de los ríos Deva y Quiviesa.

El casco antiguo de Potes conserva una estructura medieval con calles estrechas, puentes de piedra y casas tradicionales con balconadas de madera. Las torres defensivas, vestigio de antiguas disputas nobiliarias, recuerdan la importancia estratégica del enclave en tiempos pasados. La piedra y la madera se combinan en una arquitectura funcional, adaptada al entorno montañoso.

Nos instalamos en el Camping La Isla Picos de Europa, situado en un entorno natural privilegiado. El camping, rodeado de vegetación y próximo al cauce del río, ofrecía un ambiente tranquilo. El montaje de las tiendas volvió a realizarse con la misma coordinación serena que había caracterizado los días anteriores. La experiencia acumulada facilitaba las tareas, y la convivencia fluía sin fricciones.

Una vez organizados, nos dirigimos hacia uno de los puntos más emblemáticos de la zona: el Teleférico de Fuente Dé. La carretera hasta Fuente Dé atraviesa un valle que se va encajonando progresivamente, mientras las paredes rocosas comienzan a imponerse en el horizonte.

La estación inferior del teleférico se sitúa en un amplio circo glaciar. Desde allí, la pared casi vertical de roca caliza asciende con una contundencia que impresiona incluso antes de iniciar la subida. Las cabinas, suspendidas por gruesos cables, ascienden en pocos minutos más de setecientos metros de desnivel, salvando un desnivel que, a pie, requeriría horas de esfuerzo.

El ascenso es breve pero intenso. A medida que la cabina gana altura, el valle se va reduciendo bajo los pies, y la perspectiva se amplía. Las masas forestales se transforman en manchas compactas, los caminos en líneas finas, y el conjunto adquiere una dimensión casi cartográfica.

Al alcanzar la estación superior, el paisaje cambia radicalmente. Se abre ante nosotros una vasta extensión de alta montaña: crestas escarpadas, lomas pedregosas, neveros persistentes en las umbrías y una vegetación adaptada a condiciones extremas. Los Picos de Europa se presentan como un sistema montañoso de carácter abrupto, modelado por la acción glaciar y por la erosión constante.

La niebla de aquella tarde no propiciaba distinguir desde el mirador las cumbres que superan ampliamente los dos mil metros, con perfiles dentados que recortan el cielo. La roca caliza, dominante en la zona, adquiere tonalidades grises y blanquecinas que contrastan con el verde más intenso de los valles inferiores. El viento, más presente en altura, aporta una sensación de amplitud y de apertura absoluta.

El entorno invitaba a caminar entre la niebla. Senderos bien señalizados pero invisibles a pocos metros nos permitieron recorrer parte de la plataforma superior, adentrándonos en un paisaje mineral que alterna praderas de montaña con formaciones rocosas. El silencio, interrumpido únicamente por el viento o por el sonido lejano de alguna ave, genera una percepción de aislamiento que refuerza la grandeza del lugar.

La contemplación del paisaje no exige explicaciones. La magnitud de las montañas impone una actitud de respeto. Cada uno de nosotros recorría los senderos con paso firme, alguno separado del resto del grupo, manteniendo la proximidad necesaria para compartir la experiencia sin romper la sensación de amplitud.

La convivencia en la montaña adquiere un matiz distinto. La necesidad de atención al terreno, la adaptación al ritmo común y la gestión compartida del esfuerzo consolidan la cohesión del grupo. La amistad entre las dos parejas se manifestaba en la coordinación espontánea, en la elección de las rutas más adecuadas y en el cuidado mutuo ante cualquier irregularidad del terreno.

El descenso en el teleférico devolvió la perspectiva original del valle. Desde abajo, la pared que habíamos superado en minutos recuperaba su escala imponente. La experiencia ofrecía una comprensión más completa del relieve: no solo su belleza, sino también su complejidad geológica y su dureza.

De regreso al camping, la tarde avanzaba con una luz más dorada. Las montañas que rodean Potes adquirían tonalidades cálidas, mientras el cielo se despejaba progresivamente. El entorno natural favorecía una sensación de equilibrio. La proximidad del río aportaba frescor, y el murmullo constante del agua añadía un fondo sonoro continuo.

La jornada concluyó con la impresión de haber entrado plenamente en el territorio de la alta montaña. Si los días anteriores habían estado marcados por la arquitectura y el paisaje costero, ahora el protagonismo recaía en la geografía abrupta, en la verticalidad de la roca y en la amplitud de los horizontes.

La amistad entre May, Charo, Juan Antonio y yo seguía siendo el eje estructural del viaje. La ausencia de tensiones, la capacidad de adaptación a nuevos entornos y el disfrute compartido de la naturaleza reforzaban la solidez del vínculo. La montaña no solo se contempla; se vive en compañía, y en esa experiencia común radica parte de su intensidad.

El viaje avanzaba hacia jornadas aún más exigentes en contacto directo con el relieve, pero la etapa de Fuente Dé había marcado un punto de inflexión: el tránsito definitivo hacia la dimensión más espectacular y física del recorrido.

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