El 15 de agosto amaneció con un cielo despejado que acentuaba el relieve de las montañas circundantes. Tras desmontar el campamento en Potes, emprendimos el trayecto hacia uno de los pasos naturales más espectaculares del norte peninsular: el Desfiladero de la Hermida. Pero qué sería una escapada sin un chocolate con churros para desayunar…
La carretera se adentra en el desfiladero siguiendo el curso del río Deva, encajonado entre paredes calizas que se elevan verticalmente varios cientos de metros. El paisaje adquiere un carácter casi monumental. Las paredes rocosas, erosionadas por siglos de acción fluvial, muestran pliegues, fisuras y tonalidades que oscilan entre el gris claro y el ocre suave.
El río, de aguas vivas y transparentes, acompaña el recorrido con un murmullo constante. En algunos tramos, la carretera parece suspendida entre la roca y el vacío, adaptándose con precisión a la topografía. La sensación de estrechez, combinada con la altura de las paredes, intensifica la percepción de profundidad.
El desfiladero no es solo un accidente geográfico; es una transición entre comarcas, entre provincias y entre modos de vida. A medida que avanzábamos, el paisaje se volvía más abrupto y el relieve más definido. La vegetación se adhería a las laderas con tenacidad, formando manchas verdes que contrastaban con la desnudez mineral de ciertos tramos.
Al salir del desfiladero, el entorno se abrió hacia el concejo de Cabrales. El objetivo era establecer campamento en Las Arenas, punto estratégico para afrontar la Ruta del Cares al día siguiente. Sin embargo, al llegar al Camping Naranjo de Bulnes, comprobamos que estaba completo.
Lejos de generar contratiempos significativos, la situación se resolvió con serenidad. Encontramos una zona verde junto a la carretera AS-114, próxima al río Cares y al Restaurante Los Castellanos, donde instalamos provisionalmente las tiendas.
La proximidad del río aportaba frescor y un sonido constante que acompañaba la tarde. Las aguas del Cares, claras y rápidas, discurrían entre piedras pulidas, reflejando la luz del sol con destellos intermitentes. La improvisación del alojamiento no alteró la armonía del grupo. Al contrario, reforzó esa capacidad compartida de adaptación que venía caracterizando el viaje.

























