Santander, Costa Verde, Picos de Europa 1990 (6). Ruta del Cares

El 16 de agosto estaba reservado para una de las experiencias más emblemáticas de los Picos de Europa: la Ruta del Cares.

La senda, construida a comienzos del siglo XX para el mantenimiento de un canal hidroeléctrico, se encuentra tallada en la roca a media altura del desfiladero que forma el río Cares entre Caín y Poncebos. Su trazado, suspendido en muchos tramos sobre el vacío, constituye una obra de ingeniería integrada con el paisaje.

Iniciamos la marcha temprano, cuando la luz aún no era plenamente intensa. El sendero avanza de forma casi horizontal, adaptándose a la pared caliza mediante túneles excavados y tramos abiertos al abismo. Desde el inicio, el río Cares se percibe como una línea de agua verde esmeralda en el fondo del cañón, encajonado entre paredes verticales.

La profundidad del desfiladero impresiona por su escala. Las paredes, en algunos puntos, parecen cerrarse sobre el caminante, generando una sensación de monumentalidad natural difícil de describir con exactitud. La roca muestra estratos claramente visibles, testimonio de procesos geológicos milenarios.

A lo largo del recorrido se suceden puentes estrechos, pasarelas y túneles que obligan a adaptar el paso con atención. Sin embargo, el trazado es estable y permite disfrutar del entorno sin sensación de peligro constante. La senda, bien delimitada, equilibra espectacularidad y seguridad.

En determinados puntos, al alzar la vista, se distinguen cumbres emblemáticas del macizo central, entre ellas el Picu Urriellu, conocido también como Naranjo de Bulnes. Su silueta vertical y compacta constituye uno de los iconos del alpinismo español. Aunque no siempre visible en todo el recorrido, su presencia simbólica domina el entorno.

La marcha transcurrió con un ritmo constante. El sendero, relativamente llano, permitía mantener una cadencia uniforme. La convivencia en este contexto adquiría un carácter funcional: mantener la proximidad, respetar el ritmo común y compartir los puntos de observación más destacados.

El sonido del agua acompañaba cada tramo. En algunos puntos, el río se ensanchaba formando pozas de color intenso; en otros, se estrechaba entre rocas generando rápidos y remolinos. La claridad del agua permitía distinguir el fondo pedregoso, aportando una sensación de pureza y transparencia.

El paisaje, aunque dominado por la roca, no carece de vida. Aves planeando entre las corrientes térmicas, pequeñas manchas de vegetación adaptadas a las grietas y la presencia ocasional de ganado en las zonas más accesibles recuerdan que la montaña es un ecosistema complejo.

La Ruta del Cares no es únicamente un recorrido escénico; es una experiencia física que integra esfuerzo moderado y contemplación constante. La longitud del trayecto exige resistencia, pero su belleza compensa cada tramo recorrido.

Durante la caminata, la amistad entre las dos parejas se consolidaba en gestos sencillos: compartir agua, señalar puntos de interés, ajustar el paso cuando era necesario. No había competitividad ni prisas. La experiencia se vivía como un proceso colectivo, donde el disfrute individual se integraba en la vivencia común.

Al finalizar la jornada, el cansancio era perceptible, pero también la satisfacción. El regreso al área de acampada junto al río permitió recuperar fuerzas mientras la luz de la tarde descendía suavemente sobre las montañas. Eso sí, para las duchas utilizamos las instalaciones del camping, integrándonos con naturalidad en el entorno, como si fuéramos uno más de los residentes en él. Y utilizando nuestras moneditas para el agua caliente como si tal.

La etapa del 15 y 16 de agosto quedó marcada por la fuerza de la geografía. Si Fuente Dé había ofrecido la perspectiva panorámica de la alta montaña, la Ruta del Cares permitió experimentar su dimensión interior, su verticalidad y su profundidad. El viaje avanzaba hacia su tramo asturiano más simbólico, pero la senda tallada en la roca ya se había convertido en uno de los hitos centrales de aquella travesía compartida.

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