El 17 de agosto amaneció con una ligera bruma que suavizaba los perfiles de las montañas. Tras desmontar el campamento improvisado junto al río Cares, nos dirigimos hacia uno de los enclaves más emblemáticos del norte peninsular: el Real Sitio de Covadonga.
La carretera asciende de forma progresiva, serpenteando entre masas forestales y prados inclinados. La llegada a la Basílica de Covadonga impresiona por la armonía entre arquitectura y paisaje. El templo, construido en estilo neorrománico a finales del siglo XIX, se alza sobre una explanada elevada, con su característica tonalidad rosada que contrasta con el verde intenso de la vegetación circundante.
Las torres esbeltas y la fachada simétrica confieren al conjunto una presencia solemne sin resultar desproporcionada. Desde la explanada, el valle se abre en profundidad, ofreciendo una panorámica amplia del entorno montañoso. La basílica no domina el paisaje; se integra en él con una dignidad contenida.
Muy cerca se encuentra la Santa Cueva, excavada en la roca, donde la tradición sitúa el origen simbólico del Reino de Asturias. El conjunto histórico y religioso convierte a Covadonga en un espacio de gran carga cultural, pero también en un mirador natural privilegiado.
Situada en la plaza de la Basílica se encuentra la figura del rey Pelayo, escultura realizada en 1965 por el escultor Gerardo Zaragoza. A su espalda se levanta una gran Cruz de la Victoria. El rey parece señalar con su mano la protección alcanzada de la Santina en su Santa Cueva.
En la columna de la base se puede leer la inscripción que evoca las palabras recogidas en la crónica real de Alfonso III, en la cual se dice: «nuestra esperanza está en Cristo + este pequeño monte será la salvación de España«.
Momento de comprar algún souvenir y de hablar con la familia. En un tiempo sin móviles (¿alguien puede imaginarlo?) había que recurrir a las cabinas telefónicas de toda la vida…
Tras la visita, continuamos el ascenso hacia los lagos glaciares de Enol y Ercina, situados en el corazón del Picos de Europa. La carretera, estrecha y sinuosa, gana altura rápidamente. A medida que se asciende, la vegetación cambia, y las praderas de alta montaña sustituyen a los bosques más densos.
El Lago Enol apareció ante nosotros como una lámina de agua oscura y serena, encajada entre laderas suaves. Su origen glaciar se percibe en la forma redondeada del circo que lo contiene. La superficie del lago reflejaba el cielo parcialmente despejado, generando un juego de luces y sombras que variaba con el paso de las nubes.

Un sendero perimetral permite recorrer parte de su orilla. La vegetación baja y las rocas dispersas configuran un paisaje abierto, donde el horizonte parece ampliarse en todas direcciones. La sensación de amplitud contrasta con la verticalidad experimentada días antes en la Ruta del Cares.
A corta distancia se encuentra el Lago de la Ercina, algo más pequeño pero igualmente sugestivo. Su entorno presenta una mayor presencia de praderas y ganado, integrando la actividad tradicional en el paisaje natural. Las cumbres circundantes, menos abruptas que en el macizo central, ofrecen perfiles suaves que realzan la serenidad del conjunto.
La atmósfera en los lagos combina monumentalidad y calma. El viento, presente de forma intermitente, ondulaba la superficie del agua, rompiendo momentáneamente el efecto espejo. El silencio solo se veía interrumpido por el sonido lejano de campanillas del ganado y por el murmullo de los visitantes dispersos.
Por entonces hasta se podía preparar la comida en aquel idílico entorno. Tal vez hoy no sea posible…
La convivencia entre las dos parejas mantenía la misma armonía que en etapas anteriores. El ritmo del paseo se ajustaba de manera natural; las pausas para contemplar el paisaje surgían sin necesidad de acordarlas explícitamente. La experiencia de los lagos se vivía como un momento de equilibrio tras la intensidad física de la Ruta del Cares.
Sin avisar, comencé el descenso, andando, hacia el Mirador de la Reina. May aprovechó para tener un extraño contacto con un personaje misterioso, según cuenta ella. Al final, optaron por coger el coche e iniciar también el camino de vuelta. En el Mirador, el mundo es un pañuelo, nos encontramos con Elena y Jose, amigos de toda la vida de Alcantarilla, casualidades de la vida. Tras descender de nuevo hacia el valle, emprendimos camino hacia la costa asturiana.
Antes de instalar el campamento, realizamos una parada en Villaviciosa, localidad vinculada históricamente a la producción de sidra. El paisaje circundante, salpicado de pomaradas y suaves colinas, presentaba un carácter agrícola y ordenado, diferente al dramatismo de la alta montaña. El pequeño tentempié que allí tomamos no sentó bien al estómago de May, que le afectó en las siguientes jornadas.
La jornada concluyó en el Camping Playa España, situado junto a la playa del mismo nombre. El cambio de entorno fue evidente: del silencio de los lagos a la cercanía del mar Cantábrico. La playa, amplia y abierta, ofrecía una transición natural entre montaña y costa.
El sonido de las olas regresó como elemento constante, recordando el inicio del viaje en Santander. Sin embargo, el mar asturiano posee una personalidad distinta: más salvaje en su aspecto, más agreste en su interacción con la costa.





































