Santander, Costa Verde, Picos de Europa 1990 (y 8)

El 18 de agosto estuvo dedicado a la visita de Gijón. La ciudad se presenta como uno de los principales núcleos urbanos de Asturias, combinando tradición marinera e identidad industrial. El paseo por la playa de San Lorenzo permitió apreciar la amplitud de su arenal, delimitado por un paseo marítimo elegante y animado.

El barrio de Cimavilla, núcleo histórico situado sobre una colina, conserva un entramado de calles estrechas y edificaciones tradicionales que contrastan con las zonas más modernas de la ciudad. Desde sus miradores se obtiene una panorámica amplia del litoral y del puerto.

Gijón transmite vitalidad. El ambiente urbano, más dinámico que en las localidades visitadas hasta entonces, aportó un matiz diferente al viaje. Sin embargo, incluso en este contexto más activo, la convivencia entre las dos parejas mantuvo su equilibrio característico. El recorrido por la ciudad se realizó sin prisas, combinando paseos junto al mar con incursiones en el casco histórico.

Al regresar al camping, la tarde avanzaba con una luz más suave. El horizonte marino se teñía de tonos anaranjados, y la brisa fresca anunciaba el final próximo del viaje. La transición desde la montaña hasta la costa había completado una experiencia geográfica diversa: desfiladeros, cumbres, lagos glaciares y playas abiertas al Atlántico.

El 17 y 18 de agosto consolidaron la impresión de haber recorrido el corazón natural y simbólico del norte peninsular. La amistad entre May, Charo, Juan Antonio y yo seguía siendo el hilo conductor, manifestándose en la serenidad compartida, en la ausencia de tensiones y en la capacidad de disfrutar de cada paisaje con una mirada común.

El 19 de agosto amaneció con esa mezcla de serenidad y ligera melancolía que acompaña a los finales bien vividos. En el Camping Playa España, el sonido del mar fue el último telón de fondo de nuestro viaje por el norte. Las tiendas se desmontaron con eficacia, como había sucedido en cada etapa. La rutina adquirida durante los días anteriores convertía el proceso en una operación casi automática: recoger, plegar, distribuir cargas, comprobar que nada quedaba atrás.

El coche volvió a llenarse, pero ahora no solo con equipaje, sino con la experiencia acumulada de nueve días intensos. Abandonamos la costa asturiana y nos adentramos nuevamente en el interior peninsular, dejando atrás el verde profundo y la humedad atlántica.

El trayecto hacia León ofreció una transición progresiva del paisaje. Las montañas fueron cediendo espacio a lomas más suaves, y posteriormente a la amplitud de la meseta. La vegetación se hizo menos densa, el horizonte más abierto. El cambio no fue abrupto, sino gradual, casi didáctico: una sucesión de paisajes que recordaban la diversidad geográfica recorrida durante el viaje.

Decidimos comer antes de visitar a la familia de May en León. De primeras entramos, y nos sentamos, en un restaurante muy coqueto, que nos pareció demasiado cool. Tanto que nos levantamos de la mesa antes que nos tomaran nota. Optamos por otro, menos aparente, donde tomamos un lechazo para chuparse los dedos, aunque la cuenta no desmereció, para nada, nuestra primera elección. Una pequeña parada en casa de Pepe y Cuca, primos de May, antes de retomar el camino de vuelta.

Reanudamos la marcha hacia Murcia con la sensación de haber completado un recorrido circular. La carretera, larga y rectilínea en muchos tramos, invitaba a la reflexión serena. La convivencia dentro del vehículo mantenía la misma armonía que el primer día, aunque ahora con la familiaridad que otorga la experiencia compartida.

Durante el trayecto, los paisajes fueron desfilando como una síntesis visual de lo vivido: la meseta abierta, los relieves intermedios, la transición hacia el sureste más seco. El calor aumentaba progresivamente, recordándonos el punto de partida. Regresábamos domingo y no pudimos escapar de las retenciones al acercarnos a Madrid. La M-50 y las radiales que bordean la capital estaban todavía por llegar. Al pasar Albacete Juan Antonio me dejó que cogiera el coche para llegar a Murcia. El cansancio hacía ya mella en nuestros cuerpos.

Al llegar finalmente a Murcia, el contraste climático y paisajístico cerró simbólicamente el círculo. El viaje físico había terminado, pero la memoria del recorrido quedaba integrada en una experiencia común que trascendía las fechas concretas.

Habíamos recorrido la península de sur a norte y de norte a sur…

Habíamos recorrido buena parte de la cornisa cantábrica…

El viaje, que comenzó bajo una tormenta eléctrica antes de llegar a La Roda, concluía bajo un cielo despejado. Entre ambos momentos se había desplegado una geografía amplia y diversa: la solemnidad gótica de Burgos, la elegancia atlántica de Santander, la piedra medieval de Santillana del Mar, la verticalidad mineral de Fuente Dé, la profundidad del desfiladero del Cares, la serenidad glaciar de Enol y Ercina, la espiritualidad histórica de Covadonga y la luminosidad cromática de León.

Pero más allá de los paisajes y monumentos, lo que otorgó coherencia a todo el recorrido fue la amistad sincera entre las dos parejas. No hubo desajustes ni fricciones significativas. Cada etapa se vivió desde la colaboración, el respeto mutuo y la capacidad de adaptación. Las decisiones prácticas (dónde detenerse, cómo reorganizar el campamento cuando un camping estaba completo, qué ritmo adoptar en las caminatas) se resolvieron siempre con naturalidad.

Esa armonía constante convirtió el viaje en algo más que una sucesión de destinos. La experiencia compartida reforzó vínculos ya existentes, consolidando una relación basada en la confianza y en la coincidencia de valores. El equilibrio entre las cuatro personalidades generó un ambiente estable, donde cada uno encontraba su espacio sin necesidad de imponerse.

Entre el 11 y el 19 de agosto de 1990 recorrimos el norte peninsular atravesando tormentas, ciudades históricas, desfiladeros profundos, cumbres abruptas, lagos glaciares y playas abiertas al Cantábrico. Cada lugar aportó su singularidad; cada jornada añadió matices.

La Costa Verde y los Picos de Europa ofrecieron escenarios de extraordinaria belleza. Santander mostró su elegancia luminosa; Santillana, su densidad histórica; Liébana y Cabrales, su fuerza montañosa; Covadonga, su dimensión simbólica; Gijón, su vitalidad urbana; León, su culminación gótica.

Y en el centro de todo, constante y discreta, permaneció la amistad: ese elemento intangible que dio sentido a cada kilómetro recorrido y que convirtió el viaje en una experiencia plenamente compartida.

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