Almuñécar 1989

La primavera de 1989 nos llevó primero a Granada, ciudad de luz tamizada y piedra antigua, donde cada esquina parece guardar un eco de siglos. Nos alojamos en la calle Pedro Antonio de Alarcón, una vía animada, universitaria, viva a cualquier hora, donde los bares compiten en aromas y conversaciones.

Granada tiene esa cualidad especial de envolverlo todo con una belleza serena. Pasear por el centro histórico es hacerlo entre fachadas renacentistas, plazas recoletas y calles que suben y bajan como si obedecieran al capricho del agua que baja de la sierra. Aprovechamos para tapear (porque en Granada la tapa no es complemento, sino declaración de principios) y dejamos que la ciudad nos marcara el ritmo pausado del inicio.

Como ya habíamos hecho en otro viaje anterior, ascendimos hasta Sierra Nevada. Era primavera avanzada y la nieve resistía únicamente en las cumbres más altas, dibujando manchas blancas sobre el perfil oscuro de las montañas.

El aire allí arriba era más fino, más frío. El silencio, más amplio. A veces los paisajes también hablan de equilibrios inestables y de deshielos que, tarde o temprano, encuentran su cauce.

Al llegar a Almuñécar, algo cambió. Tal vez fue la luz del Mediterráneo, más directa, más franca. Tal vez fue el sonido constante del oleaje rompiendo contra los Peñones de San Cristóbal. Nos alojamos en el Hotel Playa San Cristóbal, en la plaza del mismo nombre, con el mar prácticamente a los pies.

Subimos hasta el Mirador situado en los Peñones de San Cristóbal. Desde allí, la costa se abre en una sucesión de curvas suaves, con el azul extendiéndose sin interrupciones hasta el horizonte. El viento, cargado de sal, despeja cualquier resto de bruma interior.

Paseamos sin prisa por el centro: el Paseo de La Caletilla, la Plaza Eras del Castillo, las callejuelas peatonales encaladas que serpentean hacia el mar. Visitamos el Castillo de San Miguel, fortaleza de origen islámico reformada tras la conquista cristiana, cuyos muros han vigilado durante siglos la línea costera. Desde sus torres, el Mediterráneo parece eterno. También nos adentramos en el Museo Arqueológico Cueva de Siete Palacios, construido sobre antiguas estructuras romanas. Allí, bajo bóvedas de ladrillo que recuerdan un pasado clásico, uno entiende que algunas cosas sobreviven al tiempo si encuentran la estructura adecuada.

Granada fue aire frío. Almuñécar fue temperatura. Y el viaje, en silencio, eligió su rumbo.

Nuestro siguiente destino fue Nerja. La localidad malagueña conserva un equilibrio delicado entre pueblo blanco y enclave turístico, entre tradición y apertura al mar.

El Balcón de Europa es un mirador natural suspendido sobre el Mediterráneo. Desde allí, el mar no se contempla: se domina. El azul cambia según la hora, y las montañas de la Sierra de Almijara enmarcan el horizonte con un perfil abrupto y poderoso.

Descendimos hacia la Playa de Calahonda por la conocida escalinata de veinticinco peldaños de cemento que parte del propio Balcón. Cruzándola se accede a la Playa del Chorrillo, también llamada los Chorrillos de Nerja: tres pequeñas calas que suman apenas sesenta metros de extensión, protegidas por grandes formaciones rocosas.

Son playas recogidas, íntimas, donde el mar entra con más suavidad y el sonido del agua rebota en la piedra. Las rocas permiten buscar rincones propios, pequeños refugios donde el tiempo parece desacelerarse. Allí, el sol cae a plomo al mediodía, pero siempre hay una sombra natural que invita a quedarse un poco más.

No podía faltar la visita a la Cueva de Nerja. Situada a ciento cincuenta y ocho metros sobre el nivel del mar, y con cuatro mil ochocientos veintitrés metros de desarrollo topográfico, es una de las cavidades más extensas de Andalucía.

Descubierta en 1960, cuenta con tres bocas naturales y una entrada habilitada para visitas poco después de su hallazgo. En su interior, el espectáculo geológico es sobrecogedor: estalactitas y estalagmitas que han tardado milenios en formarse, columnas gigantescas (una de las mayores del mundo) y salas cuya acústica natural ha permitido incluso la celebración de conciertos.

Bajo tierra, el tiempo no corre: se deposita gota a gota. Al salir de nuevo a la luz, el Mediterráneo parece aún más luminoso.

Aquel viaje fue breve. Pero hay viajes que no se miden en días, sino en estaciones. Y aquella primavera terminó oliendo a sal.

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