Granada 1987

Hay viajes que se planifican durante meses y otros que nacen casi sin darnos cuenta, entre conversaciones improvisadas y ganas acumuladas de salir a la carretera. El nuestro fue de los segundos. Navidad de 1987. Seis amigos, tres parejas, un coche pequeño y una ilusión enorme. A veces no hace falta más para que una escapada se convierta en un recuerdo imborrable.

Éramos May y Jose; Charo y Juan Antonio; Toñi y Juan Antonio. Unidos por lazos que iban mucho más allá de la circunstancia: alumnos del mismo instituto, compañeros de estudios y de milicias, amigas de toda la vida. Habíamos compartido aulas, confidencias, exámenes, viajes de ida y vuelta a Toledo, guardias, risas y también preocupaciones. Aquel viaje era, en cierto modo, la celebración de todo eso.

Para algunos, era de nuestros primeros viajes juntos. Y eso se notaba en el ambiente: había emoción, bromas nerviosas, comentarios sobre qué veríamos, qué comeríamos, qué nos depararía la carretera.

La aventura comenzó en Alcantarilla. May, Jose, Charo y Juan Antonio partimos en el Renault 8L de este último. El coche no era lujoso, ni potente, ni especialmente cómodo, pero tenía algo que ningún vehículo moderno podrá tener jamás: carácter. Y aquella tarde-noche parecía dispuesto a demostrarlo.

Con las maletas apretadas en el maletero y alguna que otra bolsa encajada donde se podía, arrancamos rumbo a Puerto Lumbreras, donde habíamos quedado con Toñi y Juan Antonio. El reencuentro fue efusivo: abrazos, risas, comentarios sobre el frío y esa sensación compartida de estar empezando algo especial. Desde allí, todos juntos, aunque repartidos, pusimos rumbo a Granada. La carretera se extendía ante nosotros como una promesa.

A medida que nos acercábamos al Puerto de la Mora, el paisaje se volvía más agreste. La carretera ascendía y el 8L empezaba a dar señales de que el esfuerzo era real. El tubo de escape soltaba chispas que, en lugar de asustarnos, alimentaban nuestras nerviosas risas.

Puerto de la Mora, 40 kilómetros… Puerto de la Mora, 20 kilómetros… Ya verás cuando empiece el puerto… Y, de hecho, ya había comenzado: Puerto de la Mora.

La subida fue lenta pero constante. Cada curva parecía exigirle al coche un pequeño acto de heroísmo. Dentro, sin embargo, el ambiente era inmejorable: comentarios exagerados sobre si llegaríamos, carcajadas compartidas y ese espíritu de equipo que convierte cualquier dificultad en anécdota. Cuando por fin alcanzamos la cumbre del Puerto de la Mora, la sensación fue casi de victoria. No era solo un puerto de montaña: era nuestro pequeño desafío superado. El 8L había cumplido. Nosotros también.

Granada apareció ante nosotros con esa mezcla única de historia, juventud y aire andaluz. Nos alojamos en un hostal cercano a la calle Pedro Antonio de Alarcón, zona universitaria, viva y bulliciosa. Desde el primer momento sentimos que estábamos en una ciudad con alma propia. Pasear por sus calles aquella noche fue como abrir un libro antiguo y contemporáneo al mismo tiempo. Las conversaciones fluían sin esfuerzo. Hablábamos del pasado, del presente y de lo que imaginábamos para el futuro. No había prisas, solo el deseo de saborear cada momento.

A la mañana siguiente visitamos la joya de la ciudad: la Alhambra. Desde el primer instante, su silueta dominando la colina nos dejó sin palabras. Cruzar sus puertas fue como atravesar siglos de historia. El Palacio de Carlos V, con su monumental patio circular, nos sorprendió por su sobriedad renacentista en contraste con la delicadeza islámica que lo rodea.

En los Palacios Nazaríes, la decoración parecía infinita: mocárabes, arabescos, versos inscritos en yeso, techos de madera tallada. Cada sala invitaba a detenerse. El agua corría suavemente por canales y fuentes, como si el tiempo allí tuviera otro ritmo.

El Patio de los Leones fue uno de los momentos culminantes. Sus columnas esbeltas, la fuente central sostenida por doce leones y la luz filtrándose entre los arcos creaban una atmósfera casi mágica. Nos hicimos fotos, comentamos detalles, pero también hubo instantes de silencio respetuoso.

En los jardines del Generalife, el rumor del agua y el verde ordenado de los setos nos regalaron una sensación de paz difícil de describir. Allí el grupo volvió a mostrarse como siempre: atentos unos a otros, compartiendo impresiones, cuidando que nadie se quedara atrás.

Por la tarde cambiamos la historia por la montaña. Subimos a Sierra Nevada, en el término municipal de Monachil.

Tomamos el teleférico hacia las zonas más altas. A medida que ascendíamos, la ciudad quedaba atrás y el paisaje se transformaba en un espectáculo blanco y luminoso. La nieve crujía bajo nuestros pies. El aire frío nos despejaba el rostro y las ideas.

Las risas, las fotos improvisadas, los intentos torpes de caminar sin resbalar… todo contribuía a reforzar ese espíritu de camaradería que nos acompañó durante todo el viaje.

Desde lo alto, las vistas eran sobrecogedoras. Un mar de montañas cubiertas de nieve, el cielo limpio y la sensación de estar compartiendo algo único.

A la mañana siguiente, el grupo se dividió. Toñi y Juan Antonio emprendieron su camino, mientras que May, Jose, Charo y Juan Antonio iniciamos el regreso a Murcia.

Paseamos por el entorno de la Catedral de Guadix, cuya fachada barroca se alza majestuosa sobre la plaza. Sus calles tranquilas ofrecían un contraste perfecto con la intensidad vivida en Granada. Fue un final pausado, casi reflexivo.

Si algo definió aquel viaje fue el buen ambiente constante. No hubo tensiones, ni quejas, ni desencuentros. Solo complicidad, apoyo mutuo y muchas risas. Granada nos ofreció historia, belleza y paisaje. Pero lo que realmente nos llevamos fue algo menos visible y mucho más duradero: la certeza de que la amistad, cuando es auténtica, convierte cualquier destino en extraordinario.

Aquel viaje relámpago de Navidad de 1987 no fue solo una escapada. Fue el inicio de una tradición de recuerdos compartidos. Y todavía hoy, cuando alguien menciona el 8L o el Puerto de la Mora, una sonrisa cómplice aparece inevitablemente.

Porque hay viajes que terminan al regresar a casa. Y otros que continúan viviendo en la memoria para siempre.

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