Septiembre de 1989 tenía ese aroma de final y comienzo al mismo tiempo. May disponía de unos días de vacaciones y yo vivía suspendido en una espera que pesaba más que cualquier equipaje: acababa de aprobar las oposiciones para ejercer la docencia en Andalucía y aguardaba la adjudicación de mi primer destino.
Decidimos subir hacia Andorra en aquel ya un poco destartalado Seat 127. Sonaba a escapada limpia, a montaña, a aire frío después del verano. Salimos de Alcantarilla con esa sensación de provisionalidad alegre que solo se tiene cuando todavía todo parece posible.
Llegamos a Valencia a la hora de comer. Paseamos por el entorno de la Catedral de Valencia, atravesamos la Plaza de la Virgen y nos dejamos envolver por esa mezcla de piedra dorada y bullicio suave que define a la ciudad antigua.
Subimos la vista hacia el Miguelete, escuchamos el eco de las campanas y buscamos, con decisión casi ceremonial, un lugar donde probar la auténtica paella valenciana. Recuerdo el arroz seco, el ligero aroma a romero, el sonido de las conversaciones cercanas. Nada hacía presagiar que el rumbo del viaje estaba a punto de cambiar.
En Benicàssim nos instalamos sin más pretensión que partir el viaje y descansar antes de continuar hacia el norte. Paseamos al anochecer por el paseo marítimo. El mar estaba en calma y el verano aún se resistía a marcharse. Fue allí donde recibí la noticia. Mi madre había sido la encargada de estar pendiente.
Me habían dado Vera. Recuerdo la confusión inicial: ¿Vera o Huércal-Overa? Y, casi inmediatamente, la certeza de que Andorra quedaba descartada. No tenía sentido alejarnos cuando el sur nos reclamaba.
Decidimos permanecer unos días en la cercana Peñíscola y, tras el fin de semana, bajar hacia Almería para presentarme en el Instituto de Formación Profesional de Vera. El viaje dejaba de ser una escapada. Se convertía en tránsito vital.
Peñíscola nos recibió con su silueta imponente, coronada por el Castillo de Peñíscola, encaramado sobre el peñón como una nave de piedra varada frente al Mediterráneo.
Recorrer el castillo fue adentrarse en una arquitectura sobria y defensiva: gruesos muros templarios, patios interiores donde el viento parecía hablar en susurros antiguos, escaleras estrechas que conducían a estancias austeras.
En la Sala de Armas el espacio se abría con solemnidad, y desde el Torreón la vista era sencillamente sobrecogedora: el mar extendiéndose sin límites y el casco antiguo desplegado a nuestros pies, con sus calles blancas y empedradas.
En aquel contexto histórico, la exposición de Santiago Serrano resultaba especialmente sugerente. Sus grabados y obras, producidos entre 1988 y 1989, dialogaban con la piedra medieval desde la abstracción y el uso de materiales industriales. El contraste entre lo contemporáneo y lo templario producía una tensión estética fascinante.
La ciudad, además, estaba inmersa en sus fiestas patronales en honor a la Virgen de Ermitana. Las calles se llenaban de música, desfiles, actos religiosos y verbenas nocturnas. Había pasacalles, tracas que estallaban contra el cielo oscuro, bandas municipales y escenarios improvisados.
Tuvimos la fortuna de asistir al concierto de La Unión, liderada por Rafa Sánchez, que atravesaba uno de los momentos más brillantes de su carrera tras la publicación de Vivir al Este del Edén. Cuando sonaron “Más y más” y “Maracaibo”, la plaza vibraba. La mezcla de música, verano tardío y esa incertidumbre personal convirtió la noche en una especie de despedida anticipada de la juventud despreocupada.





































