Tras pasar esos días en Peñíscola iniciamos la bajada. El viaje ya no era improvisación turística; tenía fecha y propósito.
En Calpe nos detuvimos ante la rotundidad del Peñón de Ifach, masa pétrea que parecía custodiar el litoral. Paseamos por el puerto, observando la vida marinera y el ritmo lento de la tarde.
Intentamos acampar en Jávea, llegando hasta el Cabo de San Antonio. Buscamos algún rincón discreto donde montar la tienda, pero no encontramos ninguno. Aquella negativa del paisaje fue casi simbólica: no todos los lugares están destinados a retenernos.
Terminamos durmiendo en Altea, en pleno paseo marítimo, con el rumor constante del mar como banda sonora.
Un lunes de mediados de septiembre me presenté en el instituto, el que creía que era mi primer destino. Allí me recibieron Dita y Serafín. La incertidumbre de comenzar una nueva etapa y que pareciera que no tenía horario. Situaciones nuevas para mí. El edificio, los pasillos, los despachos… todo olía a inicio. Allí comenzaba una etapa que marcaría el resto de mi vida profesional.
Pero aún quedaban días antes de incorporarnos ambos al trabajo. Decidimos pasar el resto del tiempo en el Cabo de Gata. La acampada libre estaba prohibida y la Guardia Civil era inflexible, así que cada jornada se convertía en un pequeño ritual: montar al atardecer, desmontar al amanecer.
Las playas de Almería nos sorprendieron por su desnudez. Nada de grandes paseos marítimos ni urbanizaciones invasivas. Solo arena dorada, formaciones volcánicas y un mar intensamente azul. Desde el Mirador de la Amatista contemplábamos la Playa de los Escullos extendida como una lengua clara entre acantilados oscuros. El viento modelaba el paisaje y parecía arrastrar cualquier duda.
Había algo primitivo en aquel entorno: la sensación de estar en un territorio todavía intacto, donde la luz era más cruda y el horizonte más amplio.
La visita a las antiguas minas de Rodalquilar fue quizá la experiencia más sobrecogedora. Entre estructuras abandonadas, tolvas oxidadas y edificios industriales en ruinas, el paisaje tenía un aire fantasmagórico. El silencio allí no era ausencia de sonido, sino presencia de historia.
El contraste entre el pasado minero (la fiebre del oro, la actividad frenética) y el abandono posterior resultaba impactante. Las construcciones se integraban en el paisaje volcánico como si la tierra las hubiera reclamado.
Aquel lugar simbolizaba perfectamente lo que yo sentía: una etapa que terminaba y otra que comenzaba, con incertidumbre, pero también con una promesa latente.
Aquel septiembre de 1989 no llegamos a Andorra. Pero llegamos al lugar donde empezaba mi vida profesional.































