El amanecer en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido tiene algo de revelación.
Para comenzar nuestra visita, una vez dejado el coche en la Pradera de Ordesa iniciamos el descenso por la senda de Turieto Bajo hacia Torla. Caminar en descenso, siguiendo el curso del río Arazas, tiene algo simbólico: no se trata de conquistar, sino de acompañar.
Junto a la caseta de información del Parque cogimos el camino que avanza hacia la derecha en dirección a la Faja de Pelay. Tras unos doscientos metros pasamos el río Azaras y vimos un desvío señalizado, tomando dirección Torla por el GR-11 hasta el final.
Avanzamos en un primer momento por un ancho camino que atraviesa una zona llana conocido como La Vaqueriza. A nuestra derecha discurría en todo momento el río Azaras.
Recorridos ochocientos metros dejamos a nuestra derecha el Puente de las Fuentes, que nos dirige de nuevo a la pradera, siguiendo recto por una estrecha senda. El Tozal del Mallo hacia el Norte, se imponía con una verticalidad casi desafiante. El Pico Otal, al Oeste, completaba el horizonte. Las paredes de Diazas nos envolvían como un anfiteatro pétreo.
Transcurridos dos kilómetros desde el inicio encontraremos a un nuevo puente el monumento al pirenaista Lucien Briet, quien dedicó su vida a la conservación de estos parajes.
El bosque de hayas filtraba la luz en tonos verdes y dorados. El suelo húmedo amortiguaba los pasos. El aire olía a tierra antigua. No hablábamos mucho. No hacía falta.
Siempre con el río a nuestra derecha llegamos a la primera de las cascadas, la Cascada de Abetos, a la que accedimos tras un breve desvío.
Bajamos a su base utilizando unas fuertes escaleras metálicas ancladas a la pared de roca.
Quinientos metros más abajo, la Cascada de Tamborratera descargaba su energía sobre una poza cristalina. El agua no solo caía: modelaba la roca, pulía el tiempo.
El camino vira momentáneamente hacia el suroeste, para pasar por un esbelto bosque dominado por hayas y pinos; hasta llegar al mirador de la Cascada de Molinieto.
Nos quedamos en el mirador, divisando Torla en la distancia. Allí entendimos que la vida cotidiana puede esperar cuando el paisaje impone silencio.



































