Andorra, Ordesa, Monasterio de Piedra 1990 (3)

De vuelta a la pradera de Ordesa, y maravillados por la inmensidad de este paraje de ensueño, decidimos subir por la margen izquierda del río para recorrer la ruta de las cascadas.

Nada más entrar en la zona boscosa, comprobamos que había dos itinerarios. Nosotros tomamos el de la izquierda que se dirige hacia Soaso y Cola de Caballo, el camino de la derecha es la senda de los cazadores y pensamos que ya la recorreríamos.

El sendero de la izquierda que se adentra profundamente en un sombrío bosque de abetos y que discurre paralelo al río Arazas que está a nuestra derecha todo el camino de ida. Tres kilómetros bajo hayedo hasta Arripas. El sonido constante del agua acompañaba cada paso.

En unos cuarenta minutos llegamos a la primera cascada. La Cascada de Arripas se abría amplia y escalonada, casi didáctica, mostrando cómo el río aprende a descender. Aún siendo un espectacular salto de agua, lo mejor estaba por llegar.

Continuamos para llegar a la Cascada del Estrecho, dónde ya sea desde el mirador o metiéndonos dentro por las rocas, podremos apreciar y escuchar la grandeza de la naturaleza.

La Cascada del Estrecho concentra la fuerza del valle: el agua comprimida entre rocas, cayendo con potencia casi vertical, como si el río afirmara su carácter.

Para llegar a la última cascada desandamos el camino y volvimos al cruce de las dos cascadas, tomando esta vez la opción de la Cascada de la Cueva, para llegar en un par de minutos a nuestro destino y poder comprobar el azul verdoso intenso de la poza que forma la Cascada.

La Cascada de la Cueva ofrece un carácter más íntimo, recogido entre paredes húmedas. Nos quedamos allí un buen rato. El estruendo no impedía la calma. Al contrario: la ordenaba.

Retrocedimos sobre nuestros pasos hasta la cascada de Arripas para cruzar su puente y regresar por la otra orilla. Y comprendí algo que solo se entiende caminando: el mismo paisaje cambia según el lado desde el que se mire. Como las conversaciones. Como la convivencia. Ordesa no fue solo senderismo. Fue una lección sobre ritmo, escala y permanencia.

Después de la maratoniana jornada en Ordesa regresamos a Torla y recorrimos sus calles.

Por la noche había que reponer fuerzas y cenamos en un restaurante en Broto, del que recordamos su comida y, especialmente, el vino que nos sirvieron, Sangre de Toro. Momento para fotografiarse junto a la Fuente Alcalde de Blas Latre, camino a la Torre de la Cárcel.

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