El 16 de julio finalizaba nuestro viaje. Tocaba desmontar de nuevo, cargar el coche con el equipaje y recorrer algo más de quinientos kilómetros con parada en Teruel. No pudimos visitar a los Amantes, pero sí la Fuente del Torico, situada en una de las plazas más emblemáticas de Teruel.
La primitiva fuente que se construyó en este lugar eran unos aljibes y databa de 1375, aunque fue sustituida dos veces para que en 1858 se erigiera la actual. Esta fuente tiene una gran columna que está coronada por un toro de reducido tamaño, de ahí que se le denomine ASÍ.
Nos acercamos a la iglesia de San Martín, que ya existía en 1196, aunque el templo actual es obra de finales del siglo XVII. Tiene tres naves, girola, bóveda de cañón con lunetos en la nave del centro y de arista en las laterales. La parte más antigua es la torre gótico-mudéjar, fechada en 1315. Está decorada con ladrillo y placas de cerámica, es de planta cuadrada. En la base tiene una bóveda apuntada que da paso a una calle.
También a la Catedral de Santa María de Mediavilla, cuya torre, techumbre y cimborrio forman parte del Patrimonio Mundial UNESCO. El templo se erigió sobre la iglesia de Santa María de Mediavilla. Posee tres naves de mampostería y ladrillo, como consecuencia de la ampliación de la anterior estructura románica de 1171.
La torre mudéjar data del siglo XIII y presenta un paso inferior cubierto por una bóveda de cañón apuntado que da acceso a la calle. Es de planta cuadrada y posee tres cuerpos profusamente decorados con cerámica.
Volvimos a casa con el convencimiento de algo que con los años se ha confirmado: aquel viaje no fue una excepción. Fue un modelo.
En Ordesa aprendimos que caminar juntos exige acompasar ritmos. En la tormenta entendimos que la estabilidad se construye tensando cuerdas. En Zaragoza descubrimos la importancia de la pausa. En el Monasterio de Piedra vimos cómo la constancia transforma la roca más dura.
Volvíamos a casa con una idea clara: regresaríamos. A los Pirineos. A los hayedos húmedos y al Arazas. A sentirnos pequeños bajo el Tozal del Mallo. A la Cola de Caballo. A Andorra, porque las promesas cumplidas merecen repetirse.
Con el tiempo entendimos que no era solo deseo de volver a un lugar. Era deseo de seguir siendo quienes fuimos allí. Y quizá de eso trata todo viaje compartido: no de llegar lejos, sino de aprender a caminar juntos.




















