Andorra, Ordesa, Monasterio de Piedra 1990 (4)

Al día siguiente, 14 de julio, comenzábamos el camino de regreso, con escala en Zaragoza. Tras desmontar el campamento recorrimos los 165 kilómetros que la separa de Torla.

Después de la verticalidad pirenaica, la ciudad ofrecía amplitud. El calor era distinto, más seco. La llegada a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar fue impactante. Sus torres se elevaban con firmeza sobre el Ebro, y las cúpulas brillaban bajo el sol.

Entrar fue cambiar de registro. Del rugido de las cascadas al silencio arquitectónico. Caminamos despacio. Observamos techos, columnas, altares. Allí uno siente el peso de los siglos.

Paseamos por las calles cercanas, comimos sin prisa, hablamos del viaje. Zaragoza fue equilibrio: ni la exaltación de la montaña ni la intimidad del bosque, sino la serenidad de lo humano. Sin lugar a dudas, se merece una visita más pausada que intentaríamos, con algo de desgracia, más tarde.

Por la tarde continuamos hasta Nuévalos y acampamos en el Camping Lago Resort. El duro suelo nos obligó a insistir con las piquetas mientras que los vecinos del piso superior disfrutaban del espectáculo. Pero ya no éramos novatos. La experiencia de la tormenta nos había dado confianza.

Si Ordesa es monumentalidad, el Monasterio de Piedra es intimidad. En mi primera visita familiar me había parecido exultante, espectacular. Ahora, con el precedente de la inmensidad de las cascadas de Ordesa, parecía si no algo minúsculo, sí inferior en majestuosidad.

Los muros del monasterio del siglo XIII, esconden ocho siglos de historia desde su Consagración, en 1218. En él se pueden contemplar las principales características de la arquitectura Cisterciense. La Iglesia es el edificio central, con un claustro anexo en torno al cual se disponen las estancias monacales: Sala Capitular, Cillería o almacén, Cocina, Refectorio y Calefactorio.

El recorrido por el Parque Natural del Monasterio de Piedra comienza viendo el Lago de los Patos. Se trata de una zona arborada y llena de vegetación, con abundante agua y dejando ver al fondo las dos primeras cascadas. El Baño de Diana y al fondo la Cascada La Caprichosa, posiblemente la más estética, bonita y simétrica de todas. Es una parada imprescindible para hacer buenas fotografías. Además tiene un mirador vallado de madera y es particularmente bonita.

Más adelante encontramos la Cascada Trinidad, en la que el agua cae rodeando totalmente la roca. Todo un espectáculo. El agua circula por una fina capa alrededor de todo el borde exterior. Más adelante subimos a la zona alta y ver el puente del río Piedra.

El circuito sigue su curso hasta las Cascadas de Los Fresnos altos y bajo. Al igual que la anterior, toda el agua se funde en la roca hasta una canalización que te acompaña a través de unas escaleras.

Volvimos casi al punto dónde comenzamos el recorrido para ver la joya y la cascada más importante. Se trata de la Cola de Caballo, la más impresionante y alta de todas con más de cincuenta metros. El ruido es muy intenso debido a la cantidad de agua que cae del río Piedra.

Continuamos por el recorrido marcado bajando una serie de escaleras, pasadizos y pequeños túneles en la roca. Por el camino encontramos numerosas ventanas en las que vimos como cae el agua.

Así hasta llegar a la base, dónde nos encontramos una de las sorpresas del Monasterio de Piedra. Estamos situados justo en el interior de la Cascada Cola de Caballo, viendo como cae el agua desde dentro. Desde aquí podemos acceder al interior de la cueva, pudiendo ver la vegetación tan increíble y el verde intenso de la cueva. Salimos de la cueva y continuamos el recorrido para observar la cascada desde abajo con todo su esplendor.

Siguiendo el camino, llegamos al Lago del Espejo. Un lugar bastante apacible, enigmático y silencioso, en el que el agua no se mueve y parece como si se hubiera parado el tiempo. Seguimos a través de las pasarelas de madera disfrutando el lago y del cañón en el que está situado.

Comimos en el restaurante del Monasterio. Caminar por los túneles húmedos, sentir la bruma en el rostro, observar el mundo filtrado por miles de hilos transparentes… fue casi simbólico. Ver desde otro lado. Entender que la perspectiva lo cambia todo.

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