La carretera que nos llevó a la Sierra de Cazorla en el verano de 1991 parecía jugar a desaparecer en cada curva, como si la montaña se divirtiera ocultando el siguiente tramo para obligarnos a mirarla con atención. Desde Santiago-Pontones, donde nace nuestro río Segura, la sierra fue creciendo en verticalidad y en presencia. Las pendientes se volvieron más severas; los barrancos, más hondos; el verde de los pinos, más compacto. Era el tipo de paisaje que obliga al cuerpo a afinar los sentidos y a la mente a bajar el ritmo.
El embalse del Tranco surgió al final de una curva larga, inmenso y silencioso, con el tipo de quietud que solo aparece cuando el agua y la montaña se aceptan mutuamente. Nos quedamos un momento a observarlo desde el arcén. La superficie, lisa como un vidrio, duplicaba el contorno de las laderas y el cielo sin una sola arruga. Ese espejo invertido devolvía la sensación de estar en un lugar contenido, resguardado, donde cada sonido viajaba lejos. El embalse era un prólogo inmejorable: no imponía, invitaba. Entrábamos en la Sierra de Cazorla.
Cuando llegamos al Camping Fuente de la Pascuala, la tarde ya había bajado de intensidad. Las parcelas se escalonaban siguiendo la forma del terreno, como si hubieran sido dejadas allí por el propio bosque. Un olor a resina, tierra húmeda y madera antigua envolvía el ambiente. El río cercano, oculto por la vegetación, marcaba un ritmo grave, medido, que parecía regularlo todo. Ese pulso nos acompañaría día y noche.
Montar la tienda tuvo una calma de ritual. Las piquetas entraban en un suelo mullido de agujas de pino; los vientos tensaban el lienzo con un murmullo discreto; la luz se doraba al atravesar las copas altas. May ordenó las cosas esenciales con esa claridad que tienen quienes entienden el valor de la sencillez: lo justo y necesario, bien dispuesto, sin ruido. Hacía que aquella tienda pareciera un verdadero hogar. La temperatura descendió en cuanto se fue el sol; el bosque se recogió en un silencio profundo solo interrumpido por algún chasquido de ramas y el rumor invariable del agua.

Cenamos de forma sencilla, como corresponde a los lugares que no piden más que atención. Después, al apagar nuestro Campingaz, el cielo se abrió de golpe: un negro sin contaminación, tachonado de estrellas nítidas, con la Vía Láctea extendiéndose como un trazo lechoso de horizonte a horizonte. Fue imposible no quedarse quietos, respirando más despacio, con la impresión de que el bosque entero escuchaba. Dormimos con una sensación limpia de pertenencia. El cansancio justo, el frío de alta sierra colándose por la tela de la tienda, el rumor del río marcando el compás. Al despertar, el aire olía a madera humedecida por el rocío. La sierra, sin exigencias, ya nos tenía dentro.
A la mañana siguiente bajamos a Cazorla cuando las calles todavía sostenían restos de la noche: fachadas frescas, sombras largas, ese silencio previo a la actividad de cualquier pueblo de montaña en verano. Había que comprar cartuchos para iluminarnos y cocinar.
El caserío trepa con naturalidad hacia el castillo de la Yedra, que desde su atalaya no domina: acompaña. Caminamos sin plan aparente, dejando que los pasos decidieran dónde detenerse. Las calles estrechas obligaban a mirar de cerca: un dintel gastado por manos antiguas, una reja con geranios desbordados, la cal que reflejaba la luz con un brillo suave.
En una fuente pequeña, el agua caía con el ritmo exacto de las cosas útiles. Las plazas, una detrás de otra, abrían respiros entre el entramado de cuestas; los miradores ofrecían, de pronto, el panorama hacia el valle con la sierra sosteniéndolo todo en el fondo. La sensación era la de estar insertos en una geografía que había encontrado, con los siglos, un equilibrio entre piedra, agua y pendiente.
De vuelta a la sierra paramos en La Iruela, que guarda un carácter distinto. Más vertical, más frontal, con el castillo colgado sobre la peña como un gesto de desafío al vacío. La subida, breve pero intensa, desvela un paisaje que se abre en oleadas: laderas sucesivas, densidades distintas de pinar, tajos y lomos encadenados que avanzan hacia un azul cada vez más lejano.
El viento corre sin obstáculos allí arriba y trae aromas de monte bajo, un eco de hierbas secas y resina. La vista no tiene prisa; se queda, barre despacio, recoge capas. Fue el punto exacto en el que comprendí la escala real de lo que la sierra nos iba a ofrecer: no solo kilómetros, sino profundidad.
Volvimos al camping con la sensación de haber reconocido el umbral entre lo humano y lo natural, entre el pueblo que mira a la sierra y la sierra que permite ser mirada.






























