Alpujarras 1993 (1)

Se acercaba el final de 1993 y tres parejas de amigos decidimos pasar unos días en la Alpujarra granadina. El día amaneció claro en Alcantarilla, como si supiera que tocaba levantarse con ánimo viajero. A primera hora de la tarde, las primeras parejas, May y Jose, y Elena y José Antonio, partimos con tiempo, cargados de maletas, mochilas y esa ilusión tranquila que acompaña los viajes que se planean con cariño.

El paso por Granada fue el perfecto preludio del paisaje que nos esperaba. Tras atravesar las llanuras, las montañas comenzaron a elevarse suavemente, anunciando lo que vendría: barrancos, laderas imposibles y pueblos que parecen flotar en la montaña.

Nos alojamos en Bubión, en una casa rural sita en la Calle Carretera, número 45, a orillas de la A‑4129, que se convirtiría en nuestro campamento base durante las tres noches siguientes. Era sencilla, acogedora, y tenía ese encanto propio de la Alpujarra: chimenea, techos de vigas, paredes blancas y vistas que cambiaban de luz a cada hora del día.

Las primeras horas las dedicamos a instalarnos, abrir ventanas para dejar entrar el aire fresco de la sierra y comentar qué haríamos los días siguientes. Desde la terraza se veía parte del valle, y cada vez que alguien miraba hacia el horizonte soltaba un “¡qué maravilla!” de manera casi inevitable.

Antes de que cayera la noche, comentamos la llegada de Paqui y Ginés, que tendrían que incorporarse al día siguiente por motivos laborales. Aunque los echábamos de menos, su ausencia se notaba más como una cuenta atrás: cada ocurrencia, cada chiste, llevaba detrás la frase “cuando lleguen mañana, verás”.

A la mañana siguiente, dimos un paseo por los alrededores antes de la llegada de la última pareja, que marcó el verdadero inicio del viaje. A partir de ahí, las conversaciones fluyeron con la naturalidad de quienes se conocen de siempre y disfrutan simplemente de estar juntos. El buen humor se instaló sin pedir permiso.

Con el grupo reunido, pusimos rumbo a Pórtugos para visitar uno de los parajes más singulares de la Alpujarra: Fuente Agria.

Nada más llegar, nos sorprendió el entorno: un barranco cubierto de vegetación, sombras frescas de castaños y ese sonido continuo del agua que acompaña cada paso. El sendero nos llevó hasta el famoso manantial ferruginoso, cuyas aguas rojizas parecen brotar directamente del corazón de la tierra.

El olor mineral, el color intenso del hierro y el contraste con el verde del entorno crean un paisaje difícil de describir con palabras. No es solo un lugar bonito; es un rincón que cuenta historias antiguas. Sabíamos que antiguamente se levantaron allí unos baños para aprovechar las propiedades curativas del agua, y eso no hizo más que añadirle misticismo a la visita.

Nos detuvimos largo rato: unos sacaron fotos desde todos los ángulos imaginables, otros comentaban el color del agua, y alguno bromeaba diciendo que con un sorbo aquello “te curaba hasta los males del alma”.

Pero más allá del paisaje, lo que hizo especial la visita fue la compañía: las conversaciones pausadas, las ocurrencias espontáneas, las miradas compartidas hacia el barranco, como si quisiéramos guardar ese momento para siempre.

De regreso hacia Bubión, dedicamos la tarde a recorrer las calles empinadas, los talleres artesanos y los miradores de la zona. Pampaneira, Capileira, Bubión… pueblos donde cada rincón parece hecho para ser fotografiado.

La luz del atardecer caía sobre Sierra Nevada, tiñendo de dorado las montañas. Los seis caminábamos sin prisa, comentando lo vivido y lo que nos esperaba al día siguiente. Fue un día lleno de calma, belleza natural y amistad.

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