Tras Ordesa nos dirigimos al Valle de Arán, donde planeábamos explorar a fondo sus pueblos y rincones. En Vielha nos alojamos en el Verneda Camping Mountain Resort, un lugar acogedor, rodeado de árboles y aire puro, donde se respiraba tranquilidad pirenaica.

Sin embargo, allí el Ford Escort decidió decir “hasta aquí”. Los problemas mecánicos, que ya venían insinuándose, comenzaron a hacerse más serios. Tuvimos que renunciar a alguna excursión prevista en el valle, ya que el coche no estaba en condiciones de afrontar demasiados desplazamientos. A pesar de ello, aprovechamos para disfrutar de lo esencial del valle.
Decidimos continuar viaje hacia Seo de Urgell, y allí finalmente el coche fue reparado. Era un momento curioso para visitar la ciudad: se preparaba entonces para ser sede olímpica en los Juegos de Barcelona 1992, en la modalidad de piragüismo en aguas bravas. El canal olímpico estaba en plena actividad, lleno de operarios, entrenamientos y ambiente preolímpico, lo que añadió un toque histórico a nuestro paso por la zona.
Durante esa etapa hicimos dos entradas a Andorra la Vella, más orientadas a compras y paseos que a grandes rutas, ya que todavía estábamos pendientes del vehículo. Andorra en aquellos años tenía un ambiente muy característico: tiendas libres de impuestos, avenidas llenas de visitantes y ese aire de pequeño país alpino que siempre fascina.
El viaje de vuelta a Murcia nos deparó la anécdota que con el tiempo se convirtió en una de esas historias que siempre se cuentan. Paramos en un área de servicio de L’Hospitalet de l’Infant, donde May dejó olvidado su bolso sin darse cuenta. Solo lo advertimos al llegar a Puzol, y dimos media vuelta inmediatamente.
Al regresar, y después de estar casi a punto de poner una denuncia en el cuartel de la Guardia Civil, nos informaron de que el bolso había sido entregado por error a otra chica de Castellón que también había olvidado el suyo. Una especie de intercambio accidental. La contactamos y quedamos en plena madrugada para recuperar el bolso y devolver el suyo. Entre faros de coches, cansancio acumulado y cierta incredulidad en la situación, realizamos el intercambio, casi como si se tratase de una escena clandestina.
Solo entonces, ya avanzada la noche, retomamos el viaje hacia Murcia, llegando a casa esa misma mañana. Cansados, sí, pero con la sensación de haber vivido un viaje lleno de paisajes, imprevistos, anécdotas y recuerdos imborrables.



























