Local de Ensayo 🌞🌞

Desde que David López trasladara su Local de Ensayo desde Puente Tocinos al centro de Murcia no habíamos encontrado la ocasión de volver a visitarlo. Nuestra tradicional “comida de Navidad” era una excusa más que perfecta para hacerlo.

Optamos por el Menú Endocardio, comenzando por los tradicionales Snacks, consistentes en Caldo con pelotas (qué mejor inicio con las fechas navideñas a la vuelta de la esquina), Manzana ácida/anguilla ahumada/furikake, Bombón de zarangollo/yema cuajada y Tartar de tomate/merengue de aguafaba. Exquisitos bocados que dejan entrever la técnica del chef.

Ya en faena nos dispusimos a dar buena cuenta de los Entrantes. Uno tras uno fuimos degustando la Berenjena blanca/pimiento de cristal/ajo negro; el Arroz cremoso de níscalos/manitas/tupinambo; Sepia/guiso de sus huevas y, para finalizar, Estofado de setas/yema de huevo campero/judía verde/papada de Bellota. Fondos potentes y texturas y sabores bien conseguidos.

Para terminar, Rape negro/pil pil de colágeno/piquillo a la brasa y Poularda rellena/rebozuelo/salsa de castaña, plato este último que nos presentó el mismo David, con el que tuvimos ocasión de conversar largo y tendido sobre lo humano y lo divino, demostrando que la cocina no lo es todo, y que el trato cercano y humano, el culto al alma, cuenta tanto como el culto al cuerpo.

Si la poluarda nos había terminado de imbuir por completo el espíritu navideño, el espectacular flan parecía el colofón a una excepcional comida. Postre acompañado por una exquisita copa de cava, gentileza de nuestro anfitrión.

El café y unos siempre sorprendentes Petit fours, con su más que típico y tradicional caramelo de Hellín, que no puede faltar, dimos por finalizada la velada.

Con estrella o sin estrella, algo que muchos no terminamos de entender, Local de Ensayo es garantía de éxito. Hasta la próxima visita.

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La canción de nuestra vida

Tras dejar escapar su visita al Teatro Circo de Murcia el pasado 20 de abril nos prometimos no dejar pasar la oportunidad de asistir en el Teatro Principal de Alicante al concierto de presentación del “penúltimo” trabajo de Ismael Serrano, “La canción de nuestra vida”, pues ya ha publicado su nuevo álbum, “Sinfónico”, que esperamos que venga también a Murcia, Alicante, o a donde sea que se pueda uno desplazar para disfrutar, en vivo y en directo, de esta pequeña joya musical.

Tras no haber podido asistir finalmente a la presentación de su anterior gira (“Seremos”) en el Teatro Capitol de Cieza el 30 de agosto de 2022 (los avatares del destino), no cumplíamos con la “obligación, entre comillas” de asistir a uno de sus conciertos desde 2018. Algo ha llovido desde entonces.

En este álbum Ismael, junto a sus nuevas canciones, ha incluido sorpresas como la reinterpretación de un viejo tema (“Un muerto encierras”) y alguna versión de un autor admirado (“Burbujas de amor”, de Juan Luis Guerra). Sin embargo, priman esas canciones que se empeñan en encontrar en nuestras pequeñas batallas domésticas esa épica que no siempre somos capaces de ver, esa poesía oculta en las pequeñas cosas.

Los versos de “La canción de nuestra vida” celebran el presente, a pesar de las incertidumbres, y nos hablan del reto que supone crecer, invitándonos a amigarnos con el paso del tiempo. Como dice en una de esas canciones, “Somos hermosos porque somos reales”.

El concierto se desarrolló de manera íntima y austera. En el centro del escenario, Ismael con su guitarra acústica y un micrófono de diadema, de estos que van acoplados y fijos frente a la boca, que suelen ser utilizados por los artistas que se mueven mucho por el escenario y no quieren estar atados al pie de micro. Le acompañaba, a su derecha, Jacob Sureda en el piano y programaciones.

El tono fue acústico y recogido durante toda la velada, formato que siempre le viene bien a la canción de autor, pues así se realza más la verdadera esencia de las composiciones: las letras y las melodías. Tras casi tres décadas de carrera, Ismael Serrano se ha ganado un lugar de honor en este género, a veces tan denostado; sin embargo, nunca ha querido el madrileño acomodarse en los estereotipos que rodean a la figura del cantautor, y en Alicante volvió a demostrarlo.

Comenzó con una canción de este “penúltimo” disco, “Esta no es una canción de desamor”, en la que se ríe de algunos tópicos tristones y derrotistas. El álbum fue el protagonista, como se esperaba, de la noche, aunque Ismael tiene ya un largo camino escribiendo las canciones de la vida nuestras y de sus seguidores, y, lógicamente, no pueden faltar en sus repertorios.

Todo apuntaba a un concierto normal cuando irrumpió el elemento teatral de su nueva propuesta. El cantante anunció que Belén, su productora, se paseaba por el pasillo del patio de butacas, micrófono en mano, para recoger las peticiones y sugerencias que el público quisiera aportar.

Y hubo quien pronto se lanzó al ruego. La primera petición fue “Vértigo”. Más tarde, una madre acompañada de su hija, a la que inició en la música de Ismael en este mismo escenario hace ya, algunos años, pidió “Pequeña criatura”, petición que suscitó el aplauso unánime de todos los presentes. Excusas para que Ismael saliera por jocosas peteneras.

Sin embargo, todo el protagonismo fue para una chica que teníamos sentada en la fila de atrás, que intentó poner en aprietos al cantante “pidiendo que tocara alguna canción alegre”. Tras algún diálogo posterior con el cantautor la sorpresa fue que salió al escenario a acompañarle en lo que quedaba de concierto. Enseguida comprendimos que no se trataba de una espontánea sino, como se encargó de presentar más tarde, de la actriz María Pascual.

El rumbo de la actuación a partir de entonces justificó el micro de diadema, pues los dos construyeron una auténtica obra de teatro, moviéndose por el escenario, con diálogos bien construidos y mucho humor inteligente, que utilizaban para ir introduciendo las canciones.

Con ese hilo argumental que trenzaban, fueron cayendo temas de todas sus épocas, del último disco y clásicos de toda la vida: “Vine del norte”, “Cállate y baila”, “Burbujas de amor”, “Ana”, “Un vestido y un amor”, “Vértigo”, “Me amo”, «Papá cuéntame otra vez«, “Los amantes invisibles”, “La llamada”, «La canción de nuestra vida«… y esa «Pequeña criatura» de la que pudimos disfrutar en los bises. La versión del clásico de Antonio Vega «Lucha de gigantes» puso fin al espectáculo con el público puesto ya en pie.

Si bien es cierto que hubo partes más de teatro que de concierto, y estábamos ávidos de sus canciones, todo fluyó con naturalidad y junto al resto del público disfrutamos, reímos y aplaudimos en esas dos horas, largas, de concierto, en la que pudimos comprobar que la canción de nuestra vida se sigue escribiendo cada día.

Hasta “Sinfónico”.

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Treinta y cinco años no es nada

Siempre es importante y trascendente, para un docente, un día como este. Un día que, cuando alguien se inicia en la docencia con veinticinco años, parece que no va a llegar, o que falta mucho tiempo para que llegue. Pero, al final, llega. Es cierto que se ha podido retrasar, pero no es menos cierto que llega en un momento en el que deja un buen sabor de boca tras todos estos años, con la satisfacción del trabajo realizado y, por qué no decirlo, todavía con el “gusanillo” de la tiza (tal vez mejor decir de la pizarra digital) tras el inicio de este nuevo curso escolar.

Estoy muy agradecido de haber podido ejercer mi vocación durante treinta y cinco años en tres destinos que llevaré siempre en el corazón: Vera, Cartagena y Alcantarilla. En los tres me he sentido apreciado y a los tres he correspondido con un afecto recíproco. En los tres he compartido docencia con grandes profesionales de la enseñanza y en los tres esa relación ha traspasado los límites de lo profesional hasta convertirse en una sincera amistad. Sería injusto nombrar a unos y dejar en el tintero a otros al escribir estas palabras, pero nunca podré olvidar el trabajo realizado junto a algunos de ellos.

En los tres he ejercido un cargo directivo, el de Jefe de Estudios, que no es el mayor motivo de orgullo. Más bien lo es el haber contribuido a la formación, a la educación, de tantas promociones de alumnos a lo largo de mi carrera docente. Mi máximo empeño siempre ha sido ser capaz de descubrir sus capacidades y desarrollarlas adecuadamente.

El paréntesis de dos años como Asesor Técnico Docente en la entonces Consejería de Educación y Cultura me permitió también trabajar codo con codo con dos grandes referentes en el mundo de la enseñanza, a los que admiro y aprecio. Ellos saben quiénes son.

No puedo dejar de mencionar la enorme huella que ha dejado el Bachillerato de Investigación en los últimos años de mi etapa profesional. Trece promociones, más de trescientos alumnos, y muchos compañeros de profesión que consolidaron este programa de especialización curricular en mi último destino.

Ha sido, precisamente, el alumnado el “generador” de las mayores satisfacciones en todo este tiempo. En primer lugar, en el trabajo diario en el aula, ya sea en las materias específicas de la modalidad de Ciencias impartidas o en las más generales, y optativas, dedicadas a la metodología de la investigación y a la elaboración del prescriptivo proyecto.

También, en la coordinación de proyectos, cincuenta y dos en todos estos años. Ha sido un verdadero lujo trabajar con estas alumnas y estos alumnos en sus proyectos y he sacado muchos aprendizajes de ellas y de ellos en todos los aspectos.

A nivel personal, durante mucho tiempo comenté, sin rubor, que una de mis mayores satisfacciones profesionales había sido la presencia en la fase final del XXV Certamen Nacional de Jóvenes Investigadores celebrado en septiembre de 2012. Los avatares del destino han querido que los últimos días como Coordinador de este programa los pasara, nuevamente, en mi querida Mollina, como tutor de uno de los proyectos finalistas del XXXV Congreso de Jóvenes Investigadores. Un final de película.

Tampoco puedo olvidar el Proyecto IDIES, del que comenzamos siendo participantes como centro y terminé coordinando junto a un maravilloso equipo de personas, comprometidas con los beneficios de la investigación en tantos y tantos alumnos.

Utilizando las palabras de un admirado cantautor, ahora es el momento de volver a empezar; brindemos que hoy es siempre todavía, que nunca me gustaron las despedidas. Seamos sinceros, llevo muy mal las despedidas. Por eso no pretendo detenerme mucho en este aspecto, ya que todo va a seguir su curso normal al margen de las personas que dejamos de estar en activo. Así lo he comentado a todos los que me cuestionaban que por qué no continuaba en esta bendita profesión, aduciendo que he hecho lo que más me ha gustado, enseñar durante tantos y tantos años, tantos y tantos cursos, a tantos y tantos alumnos. Pero he considerado, consideré hace ya algunos años, que este era el momento de “retirarme a mis aposentos” y dejar paso a savia nueva.

Entiendo este momento como un cambio de actividad, y no como inactividad. Vamos a intentar convertirla en transición de una actividad a otra igualmente digna y útil, un tiempo nuevo para metas nuevas. Estoy convencido de que nunca se deja de ser profesor, por el carácter marcadamente vocacional de nuestra profesión, y seguro que voy a tener oportunidades para sentirme como tal.

No puedo terminar estas palabras sin expresar mi más sincera gratitud a la persona que, con su sacrificio personal, ha permitido que desarrolle mi labor profesional durante todos estos años.

Mis mejores deseos para todos los que me han acompañado en esta singladura.

Hasta siempre.

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Viena 2024 (y 9)

A la salida nos dirigimos hacia el centro por Kärntner Strasse, la calle comercial más famosa de Viena, que conecta las dos plazas principales de la ciudad: Karlsplatz (Plaza Carlos) y Stephansplatz (Plaza de San Esteban). Las innumerables tiendas de suvenires y las cafeterías hacen que esta calle peatonal sea la preferida por los millones de turistas que visitan la capital austriaca cada año. Además, los vieneses aprecian el ambiente festivo y la marea de personas que se mueven por aquí cada día. Aquí se localiza realmente el corazón de Viena, y no es una coincidencia que las grandes marcas compitan por tener un escaparate en esta zona de la ciudad.

En vez de buscar restaurante para comer decidimos volver a la plaza del Ayuntamiento y disfrutar de la zona gastronómica que ofrece y que garantiza un viaje culinario por el mundo: 26 puestos ofrecerán platos recién preparados de muchos países diferentes desde las 11.00 horas hasta medianoche. Ciertamente, no es que fuéramos muy originales, pues nos decantamos por el más castizo acompañado, eso sí, de un par de cervezas locales.

Tras la comida cogimos un tranvía que nos condujo hasta Hundertwasserhaus (Kegelgasse 36-38, 1030 Wien), un complejo residencial de 50 apartamentos construidos, por encargo del Ayuntamiento, entre 1983 y 1985 por Friedensreich Hundertwasser.

Aunque ha dado lugar a una viva polémica, sobre todo debido a su elevado coste, la Casa Hundertwasser (Hundertwasserhaus) se ha convertido rápidamente en una de las visitas obligadas tanto para turistas como para los propios vieneses, debido a su interesante y exótica ruptura con todos los esquemas arquitectónicos contemporáneos.

Aquí podemos contemplar una construcción donde no existen las aristas ni los ángulos rectos pero donde existen más de 250 árboles y arbustos, fusionándose de esta manera las formas irregulares con la vegetación. El toque exótico viene dado por una serie de jardines colgantes escalonados en terrazas que podemos contemplar entre los dos cuerpos de escalera acristalados.

Apretaba el calor, y decidimos tomarnos un breve descanso en Warenhandlung (Marxergasse 13, 1030 Wien) para planificar el resto de la tarde tomando un delicioso affogato. El Danubio era nuestro próximo objetivo…

La iglesia de San Francisco de Asís (Franz-von-Assisi-Kirche), también denominada iglesia Trinitaria (Trinitarierkirche) o iglesia Conmemorativa de Francisco José (Franz-Josef-Gedächtniskirche), fue construida para conmemorar los cincuenta años de gobierno del emperador Francisco José I. Levantada e inaugurada en 1898 (aunque realmente las obras continuaron hasta 1913), la iglesia de San Francisco de Asís está situada en la Plaza de México, a orillas del Danubio.

Esta enorme iglesia, una de las mayores de Viena, se construyó en estilo historicista, recordando el estilo románico, según los planos del arquitecto Victor Luntz. Tiene un característico aspecto exterior, con su ladrillo blanco y su tejado rojo, y su aspecto de fortificación. El mismo año de su inauguración, 1898, la emperatriz Elisabeth (Sisí) fue asesinada en Ginebra; en su recuerdo se construyó una pequeña capilla, la Elisabeth Kapelle, dentro de la propia iglesia de San Francisco de Asís. Desde 1917 la iglesia de San Francisco de Asís ha estado al cuidado de la Orden Trinitaria (de ahí que también sea conocida como iglesia Trinitaria).

Junto a la iglesia se puede acceder a la orilla del río y disfrutar de la vista de la Torre del Danubio y de la zona más moderna de la ciudad. Una excelente manera de acercarse al final del viaje mientras contemplamos el río.

¿Qué tal otra relajante espera haciendo cola para coger mesa? Estábamos un poco alejados del centro, pero para eso está el transporte público. Unos cuantos metros, y autobuses, nos dejaron en la puerta del Café Central. Imposible reservar hasta septiembre, algo que no pueda remediar un buen ratito de espera.

Este café, que forma parte del Palacio Ferstel (siglo XIX), fue abierto por los hermanos Pach en 1876. Desde 1900 fue la casa de artistas, literatos, políticos y científicos, tales como Franz Kafka, Alfred Polgar, Robert Musil, Hugo von Hofmannsthal, Arthur Schnitzler, Sigmund Freud y Peter Altenberg, entre otros.

Hasta 1918 fue el único café literario de Viena. En 1925, para celebrar su cincuenta aniversario, fue renovado completamente y reabierto un año después como café-restaurante. Cerró sus puertas en 1943 para abrirse de nuevo en 1982, después de una magnífica restauración.

Tras degustar, días antes, la Sacher-Torte, hoy era el turno de la Wiener Apfelstrudel mit Vanillesauce oder Eis und Schlagobers, bien acompañada, por cierto… Además de sus exquisitas tartas caseras y sus cafés, el Café Central nos ofrece la posibilidad de disfrutar de su decoración, su ambiente y de la música de piano interpretada cada día.

Atardecía cuando dimos por cumplimos prácticamente todos los objetivos de nuestra estancia en Viena. Algunas compras de última hora y una agradable cena ponían final a nuestra última noche en la ciudad.

Nuestro último día en Viena tenía como principal objetivo regresar a casa. El vuelo salía minutos antes de las cuatro de la tarde y había que desplazarse hasta el aeropuerto.

Tras ultimar el equipaje, desayunar y hacer el ckeck out en el hotel nos quedaban un par de horas para realizar alguna visita, y el Wiener Stadtpark, o “parque de la ciudad”, fue el destino elegido. Con sus 65.000 m2, se extiende desde el Parkring (el Ring), en el primer distrito, hasta Heumarkt, en el tercero, y está atravesado en toda su longitud por el río Wien. Diseñado al estilo de los jardines ingleses por el pintor de la Corte Joseph Selleny y el director de jardines Rudolf Sieböck, fue inaugurado el 21 de agosto de 1862.

El Stadtpark es el parque con más monumentos y esculturas de toda Viena. En él encontramos abundantes estatuas de personajes importantes, como, entre otras, las de los compositores Schubert, Léhar, Stolz o Bruckner, las de los artistas Makart o Amerling, y las de otros vieneses ilustres.

El monumento más famoso y uno de los más fotografiados de toda Austria, es el monumento a Johann Strauss hijo (1825-1899). Realizado por E. Hellmer e inaugurado el 26 de junio de 1921, está compuesto por un altorrelieve semicircular de mármol dentro del cual está la estatua en bronce dorado de Johann Strauss; ésta fue restaurada en 1991, cuando volvió a este lugar después de ausentarse desde 1935.

Un edificio muy importante dentro del Stadtpark es el Kursalon, inaugurado en 1867 como lugar de curas hidroterapeúticas, pero que desde 1868 funciona como palacio de conciertos y bailes.

En cuanto a la flora del parque, se caracteriza por su amplia variedad de especies, las cuales, tal y como era típico en el siglo XIX, florecen intercaladamente durante todas las estaciones del año.

Ahora sí, hora de volver. Vuelta al hotel para recoger el equipaje dejado en consigna, metro ya con maletas hasta Landstrasse, CAT hasta el aeropuerto, y autockeck in en el mismo (las novedades de los grandes aeropuertos). Todo ello, con tiempo más que suficiente para evitar sobresaltos. Aunque el avión partió con unos minutos de retraso llegamos a Valencia sin novedad. Un rápido traslado al parking de larga estancia para recoger el vehículo, y a casa.

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Viena 2024 (8)

Antes de nuestra partida habíamos contratado un tour guiado en castellano en la Ópera del Estado de Viena (Wiener Staatsoper), y hacia este emblemático edificio nos dirigimos raudos y veloces tras el desayuno. Este tour guiado recorre desde el vestíbulo a través de la escalera festiva y las salas de estado (Salón de té, Sala de mármol, Vestíbulo Schwind, Sala Gustav Mahler) hasta el auditorio (con vista al escenario).

La Ópera de Viena (Opernring 2, 1010 Wien), una de las más famosas del mundo, fue construida entre 1861 y 1869 por E. van der Nüll y A. van Siccardsburg, siendo el primer edificio construido en la Ringstraβe. Al principio el edificio fue muy criticado, incluso por el propio emperador Francisco José I, lo que hizo que E. van der Nüll se suicidase a principios de 1868 y que A. van Siccardsburg falleciese dos meses más tarde, tras haber sufrido una apoplejía.

Los vieneses encontraban el edificio de poco gusto e incluso lo denominaban la «caja sumergida» debido a que no estaba elevada ni tenía una escalinata de acceso, sino que se encontraba construida a nivel del suelo. De estilo neorrenacentista, la Ópera del Estado fue finalmente inaugurada, y con gran éxito, el 15 de mayo de 1869, con la ópera Don Giovanni de W. A. Mozart. En 1945 fue gravemente dañada por los bombardeos, fue reconstruida y reinaugurada en 1955 con la ópera Fidelio de Beethoven.

La programación de la Ópera del Estado de Viena tiene lugar entre septiembre y junio. Durante esos meses, cada día se cambia el escenario, debido a que diariamente hay representaciones diferentes, tales como óperas, operetas, ballets, conciertos,…

En febrero se celebra además el tradicional “Baile de la Ópera” (Wienner Opernball), que tiene lugar desde 1935 y al que asisten, para ser presentados, los jóvenes de la alta sociedad. Además, durante los meses de julio y agosto, la Orquesta Mozart de Viena ofrece algunos días conciertos del compositor de Salzburgo, W. A. Mozart.

Entre los directores de la Ópera del Estado de Viena se encuentran personajes históricos del mundo de la música tan conocidos como Gustav Mahler, Richard Strauss, Herbert von Karajan o Lorin Maazel.

Una pena que nuestra visita a Viena no coincida con el periodo de representaciones… aunque pudimos vivir la historia de la Ópera Estatal en una visita guiada, echando un vistazo entre bastidores a la compañía de repertorio más grande del mundo y aprendiendo muchos datos interesantes sobre la historia de la casa, su arquitectura y su funcionamiento.

Nuestro objetivo tras la visita a la Ópera era el palacio que hoy en día ocupa el Museo Albertina, situado justo detrás. Construido en 1776, hoy en día alberga importantes colecciones y es uno de los museos más visitados de Austria.

En 1760, el duque Alberto de Sajonia (1734-1822), hijo del Federico Augusto de Sajonia, contrajo matrimonio con su prima segunda, María Cristina de Habsburgo-Lorena (1742-1798), hija predilecta de María Teresa y Francisco I, recibiendo el ducado de Teschen y pasando a denominarse Alberto de Sajonia-Teschen. Además, el duque, gracias a la gran aportación de su esposa, inició la colección de arte que iría ampliando a lo largo de los años. En 1780 el duque Alberto es nombrado gobernador general de los Países Bajos Austriacos, y la pareja se traslada a Bruselas. Esto le abriría las puertas hacia el comercio artístico con Holanda, Francia, Alemania e Inglaterra.

Después de que Austria perdiese los Países Bajos en 1793, los duques regresan a Viena, llevando el exquisito mobiliario estilo Luis XVI (procedente de los talleres franceses de París y Versalles) a un palacio situado en un bastión de las murallas de Viena, el antiguo palacio del conde Silva-Tarouca. Los duques se instalan en dicho palacio, el cual pasa a denominarse “Albertina”, nombre que proviene de la unión del nombre de los duques: Alberto y Cristina. Entre 1802 y 1804 el duque Alberto hizo ampliar este palacio urbano barroco añadiéndole una imponente ala de lujosos salones, obras que fueron llevadas a cabo por el arquitecto belga Louis de Montoyer.

Hasta su fallecimiento en 1822, el duque Alberto fue ampliando y organizando su colección. Sus adquisiciones más importantes incluyen obras de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael, así como gráficos y dibujos de la Biblioteca Imperial. De este modo, junto a importantes obras de Rubens, Rembrandt y Van Dyck, la famosa colección de Durero, antigua propiedad del emperador Rodolfo II, pasó a formar parte también de la colección de Albertina. En 1816 el duque Alberto declaró la colección por fideicomiso como patrimonio inajenable e indivisible. La colección conserva hasta hoy el recuerdo de su fundador en su nombre.

En 1822 el archiduque Carlos (1771-1847), hijo de Leopoldo II –hermano de María Cristina- y de María Luisa de Borbón, e hijo adoptivo y heredero del duque Alberto y María Cristina, heredó el palacio Albertina y la colección de arte. Carlos, quien derrotó a Napoleón en la batalla de Aspern (1809), junto con su esposa, Enriqueta von Nassau-Weilburg, continuó ampliando la colección de arte. También encargó una remodelación completa del Palacio, renovando los ahora Salones Reales de los Habsburgo en estilo imperial francés y equipando al palacio de elegantes muebles y artísticos suelos de parquet, remodelación que fue llevada a cabo por Joseph Danhauser entre 1822 y 1825. En 1823 la princesa Enriqueta hizo poner en el Palacio para sus hijos el árbol de Navidad decorado que inició esa tradición en toda Austria.

En 1847 el archiduque Alberto (1817-1895), primogénito de Carlos, heredó el patrimonio y las posesiones de su padre, generando enormes riquezas mediante la aplicación de modernas tecnologías como la máquina a vapor en tractores, y convirtiéndose en el administrador y dueño de la gran colección. Su estatua ecuestre ante el palacio le honra como vencedor de la batalla de Custozza (1866). A él se debe el aristocrático e histórico aspecto de la fachada del palacio, que data de 1867. La denominación de “colección Albertina” fue utilizada por primera vez en 1870.

El último ocupante de Albertina fue el archiduque Federico (1856-1936), quien fue adoptado por su tío, el archiduque Alberto, tras la muerte de su padre, en 1874. Él fue quien, en 1895-1897 llevó a cabo la última fase de remodelación del palacio, los llamados “Aposentos Españoles”, única residencia permanente de la familia real española fuera de su país. Pero cuando se declaró la República de Austria en 1918, el archiduque Federico, Comandante en jefe de la Armada Real e Imperial durante la I Guerra Mundial, fue expropiado perdiendo el palacio así como la colección de grabados en él conservada. Su familia se exilió en Hungría, aunque se le permitió llevarse todos los bienes móviles, tales como candelabros de cristal, tapices y tresillos. El Palacio pasó a manos de la República de Austria en 1919 y los 21 Salones Reales de los Habsburgo (repartidos en dos plantas) sirvieron como lujosas salas de representación, como depósito, biblioteca y oficinas.

Después de la I Guerra Mundial hubo varios intentos de vender la colección para, por ejemplo, pagar las deudas que exigían los nuevos países que se habían formado después de la caída de la monarquía. Tras varios decenios de decadencia, sobre todo después de la II Guerra Mundial, se emprendió la restauración de los Salones (en estilo clásico) y la renovación de la histórica fachada bajo la dirección de Klaus Albrecht Schröder.

Desde su reapertura, en el año 2003, el Museo Albertina alberga una de las más amplias colecciones del mundo de arte gráfico, una colección de fotografías y una colección de arquitectura. Del gótico al arte contemporáneo, las colecciones de Albertina cuentan con obras de los más importantes personajes de la historia del arte, tales como Alberto Durero, Pierre-Paul Rubens, Miguel Ángel, Rembrandt, Egon Schiele, Andy Warhol o Georg Baselitz, siendo la pintura más famosa, sin duda alguna, La Liebre, de Alberto Durero.

En mayo de 2007 las colecciones de Albertina se vieron ampliadas gracias al préstamo permanente de la colección de Rita y Herbert Batliner de Liechtenstein, una de las colecciones privadas más importantes de Europa: más de 500 obras que incluyen obras maestras de Monet, Renoir, Cézanne, Chagall, Picasso (gracias a la colección Batliner el Museo Albertina cuenta con una de las muestras más amplias de obras de Picasso), Modigliani, Matisse, Kandinsky, Roy Lichtenstein y Francis Bacon.

Y mientras visitamos el Museo Albertina, el mobiliario de la época y las 21 salas (los Salones Reales de los Habsburgo) de este antiguo palacio de la dinastía Habsburgo nos permitieron realizar un viaje en el tiempo dentro de una atmósfera imperial.

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Viena 2024 (7). Music of the spheres World Tour

Terminamos nuestra reseña del concierto de Coldplay en Barcelona (28 de mayo de 2023) con estas palabras: “Volveremos, Coldplay”.

Y es que, aunque Viena era un destino deseado para una de nuestras escapadas, fue la confirmación, en julio de 2023, de que su Music of the Spheres World Tour se prolongaría durante 2024, celebrando conciertos en Grecia, Rumanía, Hungría, Francia, Italia, Alemania, Finlandia, Austria e Irlanda, el detonante para la preparación de nuestro viaje a Viena. Pero antes había que conseguir las entradas…

Conocidas las fechas (21 y 22 de agosto de 2024) y conseguido el código exclusivo de preventa, el 25 de julio de 2023 nos pusimos delante del ordenador, al igual que cientos de miles de personas, para conseguir la deseada entrada, cosa que conseguimos, no fácilmente, para el jueves 22, pero esta vez para vivir la “experiencia pista”.

Y en nuestra tercera jornada en Viena había llegado el día. No sin sustos por las recientes cancelaciones de los tres conciertos de Taylor Swift unos días antes por motivos que nunca deberían suceder. Y con extremas medidas de seguridad.

Salimos con mucho tiempo para el Ernst-Happel Stadion, alejado unos cincos kilómetros del centro de Viena. Nuestra primera intención era acceder al estadio sobre las siete de la tarde, pero los avisos de los organizadores y del propio grupo de llegar con suficiente tiempo de antelación hicieron que llegáramos sobre las seis de la tarde, prácticamente tres horas antes del inicio del plato fuerte. Los controles, más exhaustivos que de costumbre, nuestras chapitas y nuestras pulseras de luces xyloband, y a prepararse para el espectáculo.

La espera la amenizaron Oska y Maggie Rogers. Dos estilos diferentes. La primera, cantante y compositora austriana de indie pop, ganadora del codiciado XA Music Export Award en el Festival Waves de Viena 2020.

La segunda, cantautora y productora estadounidense, tras haber buscado la fama pop y encontrarla gracias a cierto video viral en compañía de Pharrell, decidió que igual el estrellato masivo no era para ella. En su último disco, “Don’t forget me”, suena más despreocupada y natural que nunca, ajena a las expectativas y decidida a ser feliz.

Pero el plato fuerte estaba por llegar. El graderío se entretenía “haciendo la ola”, como si de una final de un Mundial de fútbol se tratara. No era para menos. Minutos después de la hora fijada para el inicio, el archiconocido «Flying Theme» que John Powell compuso para la banda sonora de E.T. sonaba mientras ellos avanzaban hacia el escenario. Comenzaba el viaje sideral de “Music for the spheres”.

El concierto, el número 158 de la gira, se divide, como siempre, en cuatro secciones espaciales –Planets, Moons, Stars y Home– en las que los visuales y los efectos especiales tienen mucha importancia a la hora de reflejar la temática galáctica y alienígena de su noveno álbum. Esta fue nuestra particular “playlist”…

El inicio fue de órdago. Tras el subidón de verlos sobre el escenario y de que se iluminara por vez primera nuestra pulserita, la actuación comenzó con “Higher Power”.

No habían pasado ni cinco minutos y un estadio entregado coreaba el archiconocido “You’ve got, yeah, you’ve got a higher/ You’ve got» Oh-oh-oh-oh-oh-oh-oh”, acompañadas de las primeras explosiones de confetti (reciclable).

La primera parte concierto supone todo un subidón en el que se encadenan algunos de sus hits más coreables. “Adventure of a Lifetime” y “Paradise”, entre otros.

Chris Martin nos invitaba a cantar muy bajito junto a él el estribillo de esta última como si formásemos una pequeña familia. Su carisma es innegable. La épica de los estadios llenos es poderosa y él es un showman experto, que dirige las emociones como quiere. Por si fuera poco, se metió al público en el bolsillo (si era necesario) hablando en su peculiar alemán, que pone de manifiesto la humildad de alguien al que cada mes escuchan millones de personas.

Así llegó “The Scientist”, para poner un poco de calma al final de este primer bloque con su homenaje a los “swifties” con unas estrofas de “Shake It Off”.

El desplazamiento al satélite central dio paso a “Viva la vida”, que coreamos al unísono como si no hubiera mañana. Y, a continuación, “Hymn for the Weekend”, que subió las pulsaciones…

…para más tarde bajarlas con “Don’t Panic”, en compañía de una fan, y “God Put a Smile Upon Your Face”, hasta llegar a la mítica “Yellow”. No se puede negar que siempre es uno de los momentos más especiales de la noche, con todo el estadio iluminado por los millares de pulseras en amarillo antes siquiera de que sonara el primer acorde de la canción.

Notas, sientes, que estás a punto de vivir un momento único. Sin duda, se genera una energía distinta, una conexión cósmica que explicar por qué Coldplay son capaces de agotar cuatro estadios olímpicos, y los que les echen, porque, en el fondo y aunque cambien las formas, puede que nunca hayan dejado de ser la banda que nos conquistaron con sus primeros discos.

En el tercer bloque se sumergen en su último trabajo. Comienza con “Human Heart” y “People of the Pride” para rememorar éxitos como “Clocks” y “Something Just Like This”, que finaliza con un remix de Martin Garrix.

Su “My universe”, cantando al unísono con los coreanos BTS desde las pantallas, dio paso a otro de los momentazos de la noche, “A sky full of stars”. Nos quedamos con la miel en los labios, dispuestos a cantar el primer estribillo, cuando paraban, de golpe, para que Chris, después de una improvisada reunión de toda la banda, como si de un “tiempo muerto” se tratara, nos animara a dejar los móviles y disfrutar del momento. ¡¡Carpe Diem!!

El traslado al pequeño escenario del fondo se acompaña de “Sunrise”, con la alocución de Louis Armstrong de su “What a Wonderful World”, para tocar “Sparks” y “The Jumbotton Song”, aprovechando el momento para presentar a la banda.

Un espectacular “Fix you” iniciaba el final del concierto que es imposible que defraude a alguien. Nos faltaba un regalito, el adelanto de su nuevo trabajo, “Moon Music”, anunciado para primeros de octubre. “Good Feelings” y ya la archiconocida “feelslikeimfallinginlove” fueron las elegidas. Si “todo el mundo es un extraterrestre en alguna parte”, qué mejor lugar y qué mejor momento que el 22 de agosto de 2024 en el Estadio Ernst Happel de Viena.

Son, en definitiva, dos horas de concierto que, además de incluir muchos de sus mejores temas, auténticos himnos, repasan de forma bastante completa (qué pena que no sonase “Let somebody go”) y le dan protagonismo a esa “Music Of The Spheres” que hace de hilo conductor del espectáculo, acompañada en esta ocasión del adelanto de “Moon Music”.

Sin duda, la calidad del directo y lo medido que está el show justifican el éxito de la gira y, sobre todo, generan una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida. Al menos, una. Si son dos, mejor. Pero, en todo caso, todas las que puedas.

La vuelta del estadio Ernst Happel se produjo sin muchas novedades para el gentío que lo abandonaba y se dirigía al centro de la ciudad que, en nuestro caso, implicaba la utilización de tres líneas de metro con sus correspondientes transbordos. El visionado de fotos y videos tomados durante el concierto ponía fin a un trepidante tercer día de viaje.

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Viena 2024 (6)

Comenzamos nuestro tercer día en Viena visitando la iglesia de San Carlos Borromeo (Karlskirche), situada en la Plaza de Carlos (Karlsplatz), en el distrito cuatro aunque muy cerca del primer distrito. Es, sin duda, una de las más bellas obras del barroco en Austria, si bien combina varios estilos arquitectónicos: fachada central de estilo griego, columnas exteriores de inspiración romana y decoración interior barroca.

Fue mandada erigir por el emperador Carlos VI, padre de María Teresa, como agradecimiento a San Carlos Borromeo por la extinción de una peste en 1713. Fue iniciada en 1716 por J.B. Fischer von Erlach el Viejo (probablemente su obra maestra), y fue terminada en 1737 por J.E. Fischer von Erlach el Joven. Para su construcción se tomó como modelo la iglesia de San Pedro del Vaticano.

Exteriormente podemos apreciar un monumental cuerpo central cubierto por una cúpula de 72 metros de altura y flanqueado por dos torres. En la fachada principal (estilo griego) hay seis columnas que sujetan un frontón, en el cual se representan los desastres de la peste; todo ello está precedido de una escalinata flanqueada por dos columnas (estilo romano), de 33 metros de altura, inspiradas en la columna trajana de Roma, y cuyos bajorrelieves en espiral, realizados entre 1724 y 1730, narran la vida de San Carlos Borromeo.

El interior de la iglesia, de planta oval, se presenta amplio y luminoso gracias a su enorme cúpula oval y a los grandes ventanales. En la cúpula se puede contemplar el fresco La Gloria de San Carlos Borromeo, de J.M. Rottmayr. Muy destacable también es la rica decoración barroca del interior.

A la salida teníamos el tiempo justo para desplazarnos al Belvedere, amplio conjunto palaciego formado por un palacio barroco, compuesto a su vez por los edificios del Alto Belvedere o Belvedere Superior, Bajo Belvedere o Belvedere Inferior, el invernadero (Orangerie) y el Prunkstall (antiguos establos), así como por unos maravillosos jardines barrocos que separan el Belvedere Superior del resto.

El área se extiende a lo largo de un terreno en ligera pendiente, decorado con una fuente formada por escaleras a modo de cascada, esculturas barrocas y unas impresionantes puertas de hierro forjado.

Desde 1903, el Palacio Belvedere alberga uno de los mayores museos de arte de Austria, con obras principalmente nacionales que abarcan desde la Edad Media hasta la Edad Contemporánea; pero el Museo Belvedere también cuenta con importantes obras del Modernismo Clásico.

Sin embargo, este museo debe si fama mundial principalmente al hecho de poseer la mayor colección de obras del pintor Gustav Klimt así como las mayores colecciones de obras de artistas como Egon Schiele y Oskar Kokoschka, entre otros.

Actualmente, desde la reforma de 2007-2008, el Belvedere Superior alberga las colecciones permanentes del arte desde la Edad Media hasta la actualidad. Destacan las colecciones de pintura y escultura de los siglos XIX y XX, entre las cuales la más importante es la colección más grande del mundo de Gustav Klimt, con obras tan famosas como El beso y Judit; las mejores obras de Egon Schiele y Oskar Kokoschka; destacadas obras de los impresionistas franceses (como Monet y Renoir); y la colección más importante del arte Biedermeier vienés, además de una imponente colección escultórica, entre otras obras maestras.

El Belvedere Inferior y la Orangerie, que antes albergaban las colecciones del arte barroco y de la Edad Media respectivamente (las cuales ahora se encuentran en el Belvedere Superior) están dedicados en la actualidad a acoger exposiciones temporales.

En los Prunkstall, los antiguos establos del Príncipe Eugenio (quien ordenó la construcción del Palacio Belvedere), se construyó la “Cámara del tesoro de la Edad Media”, un depósito expuesto al público en el que exponen las existencias restantes del arte medieval que hasta ahora habían permanecido almacenadas en el depósito.

Gustav Klimt goza de fama mundial. Fue el principal pintor del Fin de Siècle vienés y la figura central de la Secesión de Viena. Su obra representó el punto culminante de la pintura del Art Noveau den Europa. Aún hoy, más de cien años después de su muerte, se destaca como ningún otro artista en el arte austriaco, especialmente en el Arte Vienés del año 1900. Además de su cuadro más famoso, El beso, el Belvedere posee obras maestras de todas las fases de su labor, y expone la colección de Klimt más prestigiosa del mundo.

En El beso, acabado en 1909, encontramos una pareja de amantes en una pradera llena de flores en ese momento tan prometedor antes del beso. El hombre está de pie. En su cabeza lleva una corona de hiedra. Se acerca a los labios de la mujer que sin fuerzas ha caído de rodillas ante él. Ella le ofrece su boca y su mejilla para el beso. Llena de devoción ha cerrado los ojos y envuelve con el brazo el cuello del hombre, rozando suavemente su mano. Los rasgos del hombre son angulosos y el ornamento de su túnica es de forma rectangular. Suaves y blandos son, en cambio, los rasgos de la mujer y su vestido muestra un estampado floral como la pradera de flores.

Klimt envuelve al hombre y a la mujer en una aureola dorada apartando así a la pareja de amantes de la realidad. Eleva al beso a un símbolo intemporal y universal del amor. El fondo parece ser un cielo estrellado. Tan solo el prado de flores constituye una referencia terrenal en el infinito del cosmos.

La mirada de Judith (1901) es lasciva. Sus ojos entreabiertos, la boca ligeramente abierta. La bíblica Judith, seductora, es la figura principal y domina la escena de la obra. Su torso está al descubierto, sólo un delicado velo de un color violeta azulado cubre su pecho derecho. Las joyas lujosas decoradas con piedras preciosas y el paisaje como el fondo dorado de un retablo medieval acentúan su sensualidad. Con cierta ternura apoya su mano sobre la cabeza degollada de Holofenes, como queriendo empujarla fuera del cuadro.

Entre el Museo de Historia del Arte (KHM) y el Museo de Historia Natural (NHM) elegimos este último, tal vez atraídos por la monumentalidad del edificio que lo alberga.

Sobre la Ringstraβe, en un hermoso palacio del siglo XIX, se encuentra el Museo de Historia Natural de Viena (Naturhistorisches Museum Wien), aunando ciencia y arte, el cual, en sus más de 8.000 m² de superficie de exposición, presenta una colección recopilada durante más de 250 años que cuenta con más de 25 millones de objetos.

Dicha colección fue fundada por el emperador Francisco Esteban de Lorena, el esposo de María Teresa, en 1750, y es, hoy en día, una de las colecciones más antiguas del mundo.

El Museo de Historia Natural te invita a descubrir gran parte de la historia natural y cultural de nuestro planeta, en el lujoso ambiente del palacio, el cual constituye un marco incomparable para una de las colecciones de minerales más antiguas y extensas del mundo.

Un paseo a través del histórico edificio nos condujo desde los primeros signos de vida hasta la inmensa diversidad del mundo animal de la actualidad.

Minerales únicos, valiosas piedras preciosas, animales extraordinarios, los terrarios y acuarios más modernos, enormes esqueletos de dinosaurios, el exclusivo ramo de piedras preciosas de la emperatriz María Teresa, y la famosa Venus de Willendorf (de más de 25.000 años de antigüedad).

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Viena 2024 (5). Wiener Musikverein

Teníamos entradas para esa noche en el Wiener Musikverein, el palacio neorrenacentista de la Sociedad de Amigos de la Música y actual sede de la Orquesta Filarmónica de Viena, que fue construido entre 1867 y 1870 por Theophil Hansen, e inaugurado en 1870 bajo la presencia del emperador Francisco José I.

Posteriormente fue reformado en el año 1911, momento en el que se construyó la más famosa de sus salas, la Sala Dorada (Großer Saal), con capacidad para casi 2.000 personas y 400 maestros de orquesta. Dicha sala está considerada como una de las salas de mejor acústica del mundo y es en ella donde tiene lugar el conocido concierto de Año Nuevo, interpretado por la Orquesta Filarmónica de Viena, que se celebra cada 1 de enero desde 1939 y que es retransmitido a nivel mundial. También otras orquestas, como la Orquesta Mozart de Viena, ofrecen conciertos en esa y en las demás salas del Musikverein a lo largo de todo el año.

La sala de conciertos no es única solo gracias a su impecable acústica, también lo es por otros asuntos sensibles para los arquitectos. Por ejemplo, su volumen interno rigurosamente prismático, su disposición de  gran salón con la orquesta integrada a la audiencia y su aceptación de la luz natural que entra por altos ventanales que rodean todo el recinto.

El edificio que la alberga contiene también la Sala Brahms para música de cámara y otras salas menores de construcción reciente que conviven sin interferencias de modo que sorprende dada la sencillez del edificio y el reducido tamaño de los vestíbulos y trayectos internos: la cuestión central es la sala misma.

La planta es rectangular (1400 puestos, 280 en palcos laterales y 300 puestos de pie en balcones laterales y de fondo) y el piso es de madera, horizontal, sin pendientes, sobre una estructura que deja un vacío inferior ocupado por depósitos. Desde éstos se aprovisiona la sala eventualmente para otros usos, a través de trampas ubicadas en un pasillo central que divide la zona de asientos y es el acceso principal desde cada uno de los lados largos.

La orquesta se sitúa en un escenario escalonado en uno de los extremos como un componente más del salón, sin la diferenciación entre lugar de la orquesta y lugar del público típica de casi todas las salas de concierto. Los palcos laterales están a la misma altura del escenario.

La Orquesta Mozart de Viena fue fundada en 1986 por renombrados músicos de las más conocidas orquestas y grupos de cámara de esta ciudad. La finalidad que perseguían era la de cultivar música del clásico vienés, lo que en Viena forma parte de la tradición musical y del patrimonio cultural desde hace siglos.

Las obras de Wolfgang Amadeus Mozart, quien, habiendo nacido en Salzburgo, encontró su hogar en Viena, constituyen el leitmotiv para los treinta músicos. Además de las obras sinfónicas del Maestro, la orquesta interpreta numerosos conciertos para instrumentos solistas (conciertos de violín, piano e instrumentos de viento), así como arias y dúos de sus más famosas óperas. La escenificación con vestuario del siglo XVIII es un atractivo muy especial de los Conciertos Mozart de Viena. La selección del programa, los trajes de época y pelucas, el entusiasmo de los músicos y el típico ambiente vienés crean una atmósfera capaz de transportarte al siglo XVIII cuando era usual tocar solo fragmentos de sinfonías y conciertos interponiendo arias o dúos de óperas conocidas.

Esta noche conducía la orquesta Pierre Pichler y cantaban la soprano Paulina Ovadkova y el barítono Kyros Patsalides, interpretando un repertorio que agrupa más de cien obras del Maestro del Clásico Vienés, Mozart. El concierto se presenta según el estilo de las “Academias Musicales” del siglo XVIII. Por ello se presentan las obras más apreciadas de Mozart, como un movimiento de la “Pequeña Serenata Nocturna” y un movimiento de la Sinfonía Nº 40 en sol menor, así como algunas arias y duetos de “Las Bodas de Fígaro”, del “Don Juan” y de “La Flauta Mágica”.

La sorpresa fue el final del concierto, pues no esperábamos el conocido del Concierto de Año Nuevo. Con todo, nos deleitamos con el vals de El Danubio Azul y la Marcha Radetzky, siguiendo con todo el público el ritmo con palmas.

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Viena 2024 (4)

Tras el agradable paseo por los jardines del palacio volvimos sobre nuestros pasos para regresar al hotel y dejar las compras realizadas en el mismo. Seguía amenazando lluvia por lo que, en esta ocasión, utilizamos el autobús (57A) que podíamos coger en la misma puerta de nuestro alojamiento para desplazarnos hasta Burgring y continuar nuestro itinerario, que incluía la visita al Palacio Hofburg.

Accedimos a él por la Plaza de los Héroes (Heldenplatz), amplio patio exterior que fue utilizado para desfiles militares. La Burgtor (puerta clásica con columnas dóricas construida en el siglo XIX, en cuya ala oriental se halla el santuario a los Caídos en la I Guerra Mundial) la abre al llegar desde la Ringstraβe, en el lado por el que llegamos; mientras que el ala Leopoldina (1547-1552, aunque varias veces reformada), la delimita en el lado opuesto, donde se encuentra actualmente la residencia oficial del Presidente de la República.

Al fondo, a nuestra derecha, encontramos la fachada de la Sala de Ceremonias (Zeremoniensaal, siglo XIX), construida para ser el salón del trono, seguida de la Sala de Fiestas (Festsaal, principios del siglo XX), una sala de fiestas de mil metros cuadrados; ambas salas forman hoy en día parte del centro de congresos. En el lateral derecho de la Plaza de los Héroes encontramos el inconfundible edificio de estilo historicista-ecléctico y fachada cóncava del Palacio Nuevo (Neue Burg, 1881-1914), en el cual podemos visitar varios museos: el de Éfeso, el de Etnología (el penacho de Moctezuma…), la Colección de Instrumentos Musicales o la Colección de Armas.

Delante del Palacio Nuevo se alza la estatua ecuestre en bronce (siglo XIX) del príncipe Eugenio de Saboya y, frente a ésta, la correspondiente al archiduque Carlos. El lateral de la Plaza de los Héroes frente al Palacio Nuevo lo cierra el jardín Volksgarten.

Accedimos al Patio In der Burg («en el Castillo«), presidido por el monumento en bronce de Francisco José I (1846) y flanqueado por edificios renacentistas y barrocos. El ala que queda a espaldas del monumento a Francisco José es el Castillo de Amalia, esposa de José I, construido a finales del siglo XVI; en el siglo XVIII se añadió la Torre del Reloj con el reloj astronómico. El ala a continuación, frente a la Leopoldina, es la de la Cancillería Imperial, realizada en el siglo XVIII en estilo barroco tardío. A la derecha se encuentra la última ala, precedida por el antiguo foso, la cual forma parte del Palacio Antiguo, de tipo fortaleza, a la que se accede a través de la renacentista Puerta de los Suizos (1552).

Al otro lado de la Puerta de los Suizos (Schweizertor) se encuentra el Patio de los Suizos (Schweizerhof), donde antiguamente estaba el cuerpo de la guardia suiza. A la derecha de éste se abre el portón que conduce a la monumental escalera de los Embajadores y un poco más adelante la escalera exterior que nos lleva hasta la gótica Capilla Imperial (siglo XV), donde se puede escuchar a los famosos Niños Cantores de Viena cada domingo, de septiembre a junio.

Un pasaje cubierto lleva hasta la plaza de José II (Josefsplatz), rodeada de edificios del siglo XVIII. En el centro de la plaza se encuentra la estatua ecuestre de José II (1807) y a su espalda la Biblioteca Nacional, cuya fachada está rematada por varios grupos escultóricos, entre los que destaca el de la diosa de la sabiduría, Minerva sobre su cuadriga. Fundada por Carlos VI, la Biblioteca Nacional contiene más de dos millones de libros, manuscritos, globos terráqueos, mapas, partituras musicales, archivos de fotografías y otras piezas, entre las que sobresalen la Biblia de Gutenberg y el Tratado de Medicina de Dioscórides entre otras.

Abandonamos el Palacio Hofburg por la puerta de San Miguel, situada en la plaza del mismo nombre (Michaelerplatz). La entrada está decorada con una fuente a cada lado, con columnas y cúpulas, y bajo un zócalo decorado con un grupo escultórico que representa Los trabajos de Hércules. Al pasar bajo la gran cúpula de San Miguel encontramos el acceso al Museo de la Mesa y de la Platería de la Corte, a los Apartamentos Imperiales, al Museo de Sisí (sold out) y al Museo del Esperanto.

De camino a la Casa de Mozart (Mozarthaus Vienna) nos acompañó una fina lluvia, la última de nuestra estancia en Viena. Esta casa presenta la vida y obra del genio musical, los algo más de diez años que Mozart vivió en Viena (sus últimos años hasta su fallecimiento en la capital austriaca), los años de apogeo de su producción creadora, durante los cuales creó muchas de las obras que le aseguraron un puesto único en el mundo de la música.

A través de una de las entradas reconstruida como sector de entrada, accedimos al hall de entrada, donde se encuentra la taquilla y el guardarropas. El edificio posee cuatro plantas, pero la cuarta son viviendas privadas, por lo que comenzamos la visita por la primera planta.

En ella, la vivienda histórica, la antigua planta señorial. Nos encontramos en la elegante vivienda en la que Mozart y su familia vivieron durante dos años y medio, en los cuales Mozart compuso obras tan importantes como Las bodas de Fígaro. La casa está formada por cuatro habitaciones, dos gabinetes y una cocina.

La presentación en la segunda planta “…y para mi mester el mejor lugar del mundo…” (continua diciendo Mozart) se centra en Mozart como compositor de óperas, dedicando tres de las salas a tres de las grandes óperas del compositor, Las bodas de Fígaro, Cosi fan tutte y Don Giovanni. En estas salas destacan además las decoraciones de estucos y las pinturas murales, originales. El área de tránsito está dedicada al Réquiem y al doble enigma de los dos mensajeros de la muerte al final de la vida de Mozart. En la última sala se analiza la ópera de Mozart más conocida, La flauta mágica, donde una instalación multimedia “la flauta mágica – la risa divina” presentada por Papageno, el eterno preferido del público, muestra que Mozart no pertenece a ningún país ni a ninguna ciudad sino al mundo entero.

En la tercera planta se ofrecen detalles de la Viena de la época en la que vivió Mozart : “…os aseguro que éste es un lugar magnífico…” (palabras de Mozart) así como de la vida del compositor en Viena: los diferentes lugares donde vivió y actuó, quiénes fueron sus amigos y benefactores, su relación con los masones, su pasión por el juego,… Una instalación audiovisual enfrenta al público con la situación personal y social de Mozart en la Viena del siglo XVIII, pone en relación el aspecto urbano de la Viena barroca con la persona. En otra zona se muestran las personas principales de referencia del genio: el emperador, comitentes, benefactores, colaboradores, amigos, funcionarios de teatros y otros contemporáneos suyos. Se tematizan igualmente la relación de Mozart con los masones, su actitud libertina frente al erotismo y su comportamiento no siempre conforme con la sociedad.

Al abandonar la casa pensamos que ya era una buena hora para comer. Queríamos visitar más tarde el Café Sacher, situado detrás de la Ópera del Estado de Viena, por lo que nos dirigimos hacia esta zona, eligiendo la Trattoria La Scala Pizzeria (Elisabethstraße 13, 1010 Wien), que ya habíamos localizado la tarde anterior. En nuestro camino hacia la trattoria pasamos por la Plaza María Teresa (Maria-Theresien-Platz), en la que se encuentran dos prestigiosos museos.

Dado que era imposible reservar mesa, nos tocó hacer cola en la puerta del Café Sacher Wien (Philharmoniker Str. 4, 1010 Wien) para degustar la original tarta Sacher (Sacher-Torte), cuya receta se mantiene en secreto desde que fue creada en 1832 por el joven aprendiz de cocina Franz Sacher para agasajar a los invitados del Príncipe de Metternich y desde entonces es conocida internacionalmente.

Como quedaba tiempo antes de regresar al hotel para prepararnos para la ocasión, y dada su cercanía a la Ópera, decidimos pasear, ya con un sol casi radiante.

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Viena 2024 (3)

Hay que ver qué pronto amanece en estas latitudes… Tras el completo desayuno en el Kolping Wien Zentral tomamos la línea U4 del metro, en la cercana parada de Kettenbrückengasse, hasta la de Schönbrunn, junto al palacio del mismo nombre.

Y dirigiéndonos hacia la entrada nos cayó una copiosa lluvia que nos acompañaría buena parte de esa mañana.

Este palacio, conocido como el Versalles vienés, es, quizá el más famoso de todos los palacios imperiales austriacos. Situado en las afueras de la ciudad y rodeado de una zona de bosque, el Palacio Schönbrunn debe su nombre a una “bella fuente” (Schönen Brunnen) descubierta en los alrededores por Matías de Habsburgo, hijo de Maximiliano II. Fue la residencia de verano de los Habsburgo y, desde 1996, está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La historia de Schönbrunn se remonta a la Edad Media cuando, a principios del siglo XIV, existía aquí ya un terreno (con una casa, un molino de agua, un establo, un jardín y una huerta) conocido como Katterburg y perteneciente al monasterio de Klosterneuburg.

En 1569, Katterburg pasó a pertenecer a la dinastía de los Habsburgo, al ser adquirido por el emperador Maximiliano II, quien se interesaría principalmente en la ampliación del parque con vegetación autóctona y aves locales.

Después de la muerte de Maximiliano II, Katterburg pasó a Rodolfo II y, posteriormente, al emperador Matías, quien lo convirtió en pabellón de caza. Fue el propio Matías quien, según cuenta la leyenda, descubrió en 1612 la bella fuente, la cual daría el nuevo nombre al lugar.

A lo largo del siglo XVII el pabellón de caza fue transformado en Palacio, recibiendo el nombre de Schönbrunn, por primera vez documentado como tal en 1642.

En 1683, el Palacio de Schönbrunn fue víctima de los turcos durante el asedio de Viena. Leopoldo I decide reconstruir el Palacio y, en 1688, J. B. Fischer von Erlach el Viejo presenta al emperador un grandioso primer proyecto de reconstrucción que competía en lujo con el Palacio de Versalles. Las obras fueron iniciadas por Fischer von Erlach en 1696 en la orilla derecha del río Wien, siguiendo el primer proyecto simplificado por el propio arquitecto, y se terminaron a principios del siglo XVIII, obteniendo como resultado una impresionante construcción palaciega barroca.

Pero sería María Teresa quien marcaría el inicio de la época dorada para Schönbrunn, ya que ella lo convirtió en el centro de la vida política y cortesana, además de realizar importantes reformas y ampliaciones y convertirlo en residencia veraniega de los Habsburgo.

A principios del siglo XIX, Schönbrunn fue ocupado en dos ocasiones por Napoleón, en 1805 y en 1809, quien instaló aquí su cuartel general. Más tarde, entre 1814 y 1815, fue en el Palacio de Schönbrunn donde tuvieron lugar las sesiones del Congreso de Viena. Fue entonces cuando se vio necesaria la realización de algunas obras de restauración, las cuales se llevaron a cabo entre 1817 y 1819; parece que fue entonces cuando se dio a las fachadas del palacio su característico color “amarillo Schönbrunn”.

Fue también en el Palacio de Schönbrunn donde, en 1830, nació Francisco José y donde pasó los veranos de su infancia y juventud. Cuando subió al trono, en 1848, llegó la segunda época dorada para este palacio, ya que Francisco José I lo eligió como su residencia preferida pasando la mayor parte de su vida en él. Francisco José I también realizó algunas obras en el palacio como, por ejemplo, el invierno anterior a su matrimonio, cuando preparó las dependencias de su futura esposa.

De nuestra visita por los “State Apartments” destacamos la Gran Galería y la Pequeña Galería. La gran galería, situada en el centro del palacio, fue utilizada por la familia imperial para bailes, recepciones y banquetes de gala. Con una longitud de más de 40 metros y un ancho de casi 10 metros, la gran galería brindaba el marco ideal para las celebraciones de la corte.

Decorado con espejos, adornos dorados y frescos de techo, constituye una obra de arte total del periodo rococó. Los frescos son obra del pintor italiano Gregorio Guglielmi y glorifican el reinado de María Teresa.

En el fresco central puede ver a Francisco Esteban y María Teresa en el trono, franqueados por las personificaciones de las virtudes monárquicas, así como por alegorías de los dominios de la monarquía.

Las dos grandes arañas doradas en talla de madera eran armadas con 70 velas cada una, antes de ser electrificado el palacio en 1901.

Desde el final de la monarquía, la Gran galería se utiliza para celebrar conciertos. En el año 1961 tuvo aquí lugar el legendario encuentro entre el presidente Kennedy y Chruschtschow.

La Pequeña galería, vecina de la grande, está situada en la parte del palacio que da al jardín. Se utilizó para la celebración de santos y cumpleaños, y ofrece una maravillosa vista al parque de palacio y a la Glorieta, erigida en la colina opuesta ya en tiempos de María Teresa. En su última restauración, la pequeña galería recuperó el revestimiento blanco brillante original del siglo XIX.

A ambos lados de la Pequeña galería se encuentran los gabinetes Chinos: a la izquierda el oval, a la derecha el redondo. María Teresa tenía predilección por la cultura china y japonesa, muy de moda en la época. En ambos gabinetes destacan valiosos paneles Chinos lacados e insertados en revestimiento blanco de madera. De sus marcos dorados surgen pequeñas consolas, sobre las que descansan porcelanas azules y blancas. Dignos de atención son también los suelos de parquet con sus incrustaciones artísticas. Ambos gabinetes servían de sala de juegos y de conferencias. En el gabinete Chino redondo celebraba María Teresa con su canciller, el príncipe Kaunitz, las conferencias secretas de estado y las reuniones.

La Sala del Carrusel debe su nombre a las dos grandes pinturas de la izquierda. Se muestra el carrusel de mujeres que María Teresa organizó en 1743 en la Escuela de Equitación del Hofburg, para celebrar la reconquista de Praga en la Guerra de Sucesión austriaca. En esta Escuela de Equitación (hoy denominada Escuela Española de Equitación) se realizan todavía exhibiciones de lipizanos.

También María Teresa cabalga en el centro del cuadro delante de sus damas de honor sobre un lipizano. A la izquierda puede observar el retrato de Carlos VI, padre de la emperatriz, en ostentoso gabán español.

En la Sala de Ceremonias se celebraban en tiempos de María Teresa fiestas familiares, como los bautizos y las bodas. La serie de pinturas que adornan esta sala muestran los actos referentes al casamiento del hijo mayor y sucesor de María Teresa, José, con la princesa Isabel de Parma, de la dinastía borbónica. Este ciclo de pinturas incluye el famoso retrato de la emperatriz, que se presenta como “la primera dama de Europa” en un vestido de puntas de Bruselas. La mayor de estas pinturas muestra la marcha nupcial de Isabel con un cortejo de noventa y ocho carrozas, en las que todos los invitados asistentes (la alta aristocracia europea al completo) muestran en sus carruajes sus escudos familiares.

El parque del Palacio de Schönbrunn (Schönbrunner Schlosspark), con alrededor de 120 hectáreas, fue abierto al público hacia 1779 y desde entonces se ha convertido en un área recreativa para los vieneses y visitantes.

Con sus jardines, fuentes, estatuas, estanques, terrazas, cafés, la Glorieta, el Jardín Botánico, el Zoológico más antiguo del mundo (creado en 1752 por Francisco I de Lorena, esposo de María Teresa), el invernadero con plantas exóticas y el Teatro de Marionetas entre otras distracciones, este parque pertenece, junto al propio palacio, al Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1996.

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