Praga, Budapest 2015 (4)

29 de julio. A las cinco y media de la mañana alguno ya estaba despierto. Nos olvidamos de lo temprano que amanece por estas latitudes. Eso sí, nublado, como el día anterior. Los pronósticos del tiempo fluctuaban desde lluvia a sol pasando por nubes. Difícil fiarse de ellos. Bajamos a desayunar y comprobamos, otra vez, la calidad del bufet del Hilton.

Después del acopio de energía para pasar la mañana salimos a la calle dispuestos a hacernos con un abono para utilizar de forma ilimitada el transporte público durante 24 horas, de nuevo en la estación de metro de Florenc.

Nuestro objetivo para esta mañana era visitar la colina de Petřin y el barrio judío de Praga. Había que tomar de nuevo la línea 22 del tranvía, pero esta vez nos desplazamos en metro desde Florenc hasta Karlovo náměstí. Volvíamos a estar en el parque inmenso que es la Plaza de Carlos.

Antes de tomar, justo en la plaza, el tranvía, tuvimos tiempo para entrar en la Iglesia de San Ignacio (Kostel svatého Ignáce). En los terrenos que ocupa construyó la Compañía de Jesús un segundo Colegio Jesuita, después del Klementinum. Cuando los jesuitas fueron expulsados en 1770 y la Orden disuelta, el convento se convirtió en hospital. La iglesia fue construida por Carlo Lurago entre entre 1665 y 1670.

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Cuando los jesuitas construyeron la iglesia, otras órdenes religiosas protestaron por el hecho de que se colocase en lo alto del frontón la estatua de San Ignacio en mandorla, es decir, en el limbo que rodea toda la figura, ya que esto se reservaba para las estatuas de Cristo y de la Virgen. Sin embargo, la estatua permaneció allí y allí continúa y ese limbo se ve brillar incluso a cierta distancia. En su interior, decorado en ese estilo barroco praguense tan característico, destaca la pintura en el altar mayor, la Gloria de Ignacio de Jan Jirí Heinsch.

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El tranvía nos condujo hasta la calle Újezd, en la base de la colina. Muy cerca del funicular que sube al parque de Petřin nos encontramos con el Monumento a las Víctimas del Comunismo. Este conjunto escultórico se diseñó en 2002 y consta de 7 figuras humanas que descienden por unas escaleras.

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Subimos a la colina tomando el funicular que sale desde el pasaje U Lanové Dráhy, al que se llega desde la calle Újezd. Tras pasear por las inmediaciones del Observatorio de Praga, disfrutamos de las mejores panorámicas de la ciudad desde el mirador de Petřin, una Torre Eiffel en miniatura. Tiene 63 metros de altura y se construyó en 1891, con motivo de la Exposición de ese mismo año. Sin embargo, no fue ubicada en el parque hasta 1932.

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A la parte más alta se accedía a través de una escalera de algo menos de 300 escalones o de un claustrofóbico elevador. La elección estaba clara…

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En el Parque encontramos también el Laberinto de los Espejos (cuya entrada se parece a la puerta de un castillo, construida también con motivo de la exposición de 1891) y la Iglesia de San Lorenzo, con su fachada con esgrafiados. Se encuentra delante del Laberinto, pegada al llamado Muro o Muralla del Hambre.

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Comenzamos el descenso de la colina a pie, como de costumbre, en busca de la “gruta mágica”, que nos condujo a la parada que el funicular realiza a la mitad del ascenso, Nebozízek, realizando la parte final del trayecto en este medio locomotor.

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Siguiendo la calle Karmelitská llegamos a la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y del Niño Jesús de Praga. Esta iglesia barroca es la más antigua de Praga de este estilo arquitectónico. Es, además, una de las más visitadas, ya que se expone la imagen del famoso Niño Jesús de Praga. Hasta el siglo XVI fue una capilla protestante, pero a principios del siglo XVII, durante las guerras de religión, con la victoria católica, se convirtió en un templo de esta religión, que era la del poder real.

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La imagen del Niño Jesús llegó a Praga como regalo de boda de la noble española Isabel Manrique de Lara y Mendoza para su hija, casada con un noble checo. De generación en generación pasó a Polyxena de Lobkowicz, quien la donó a la orden carmelita en 1628.  Durante las sucesivas guerras entre católicos y protestantes, la iglesia y el convento carmelita cayeron en el abandono. Dice la leyenda que un sacerdote católico llegó al lugar y oyó una voz infantil: parece que era la del Niño Jesús, pidiendo al sacerdote que lo restaurara y que, a cambio, traería la paz. Así lo hizo el buen hombre y el milagro se produjo. Llegó la paz, por supuesto, a favor de los católicos, ya que el Niño Jesús protegió la ciudad de la invasión sueca.

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Existe la tradición de vestir al Niño Jesús con una multitud de trajes, 85 en total, algunos de ellos muy elaborados. Una parte de ellos se expone en un pequeño museo dentro de la iglesia.

Tras realizar algunas compras, nos dirigíamos ahora hacia el barrio judío. Era la última vez que cruzábamos el Puente de Carlos y la última vez que paseábamos por la Calle Karlova, no perdiendo en esta ocasión la oportunidad de contemplar la estatua de la legendaria princesa Libussa, rodeada de rosas, en el número 22/24 de esta maravillosa calle.

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Callejeando (con rumbo) por las calles de la ciudad llegamos al recinto del Antiguo Cementerio Judío, comenzando nuestra visita por la Sinagoga Pinkas, que es la segunda más antigua de Praga. El primer edificio databa del siglo XI y en 1535, en unos terrenos propiedad del Rabino Pinkas, la familia Horowitz construyó la sinagoga en un estilo gótico tardío. La sinagoga ha sido reconstruida varias veces a lo largo de los siglos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la sinagoga se convirtió en un Monumento a los judíos de Bohemia y Moravia asesinados. El centro del edificio es una sola de estilo gótico, con las paredes cubiertas con los nombres y la procedencia de los más de 80.000 judíos checos y moravos deportados al campo de Terezín. Aparte, resulta interesante contemplar su mikbá o baño ritual, así como la galería para las mujeres.

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 Entrar en el recinto del Antiguo Cementerio Judío de Praga es como retroceder en los siglos. Aunque no se sabe la fecha precisa, lo más probable es que fuera fundado durante el primer tercio del siglo XV, ya que la tumba más antigua, la del Rabino Avigdor Kara, data de 1439. Hay opiniones que datan la apertura del cementerio en 1478 y opinan que las lápidas más antiguas fueron traídas de otro cementerio anterior ya desaparecido.

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Durante más de 300 años fue el único lugar donde los judíos de Praga podían enterrar a sus muertos. La falta de espacio la suplieron enterrando los cuerpos unos encima de los otros. Actualmente se pueden contemplar unas 20.000 lápidas, que son las que se encuentran en la superficie. Pero se calcula que en niveles inferiores hay unas 100.000 personas, repartidas en unos 12 niveles. El último entierro que se llevó a cabo en este cementerio se celebró en 1787.

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Muchas de las lápidas están decoradas con símbolos que hacen referencia a la familia a la que pertenecía el difunto, a su oficio o condición. Por ejemplo, algunas están decoradas con racimos de uvas (las uvas significan “abundancia”, lo cual quiere decir que el muerto era una persona rica); otros unas tijeras, que quiere decir que el difunto era sastre. Las lápidas en donde hay grabadas un león significa que la persona que está enterrada pertenecía a la tribu de Judá.

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La tumba más famosa del cementerio es la del Rabino Löw, que murió en 1609. Fue un personaje muy famoso en su época, incluso era muy respetado por el emperador por su sabiduría. La leyenda dice que fue el creador del Golem, el monstruo hecho de barro que protegía a la comunidad judía de los continuos ataques cristianos. El Rabino Löw tenía fama de taumaturgo y de poder obrar milagros. También se dice que concede los deseos que se le piden. Su tumba está cerca de la entrada del cementerio, pegada al camino y en la pared que hay delante una placa indica de quién es la tumba.

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Además, no pasa desapercibida, no sólo por sus dimensiones, sino porque está llena de papelitos y piedras. Veréis que la gente deja sobre la tumba los papelitos con sus deseos escritos, esperando que el santo rabino se los conceda. Después, se colocan algunas piedrecitas. Los judíos, en lugar de flores, ponen piedras en las tumbas, en recuerdo de los 40 años que el pueblo de Israel anduvo por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. Las piedras servían para señalizar el lugar donde iban enterrando a los que murieron durante el éxodo por el desierto.

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Probablemente la tumba más bonita del cementerio sea la de Hendele Bassevi, la esposa del primer judío de Praga que consiguió un título de nobleza, y que data de 1628. Se encuentra entrando en el recinto, pasando por detrás de la Casa de Ceremonias, delante de una torre con la cúpula de color verde que pertenece al Museo de Artes Decorativas. La tumba de Hendele Bassevi se reconoce porque está coronada por la figura de un león, símbolo de la tribu de Judá. Está muy cerca de la tumba del Rabino Löw.

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Otra tumba importante es la de Mordechai Maisel, el alcalde de la Ciudad Judía y constructor de la Sinagoga Maisel, que murió en 1601. La tumba queda delante del muro que da al Museo de Artes Decorativas, a la izquierda de las tumbas de Hendele Bassevi y del Rabino Löw.

Junto al Antiguo Cementerio se encuentra la Casa de Ceremonias. Es un edificio de estilo neorománico construido entre 1911, en el mismo lugar donde se levantaba la Hebrá Kadishá, la Sala Ceremonial de la Sociedad Funeraria Judía de Praga, fundada en 1564. En ella se encuentran diferentes exposiciones.

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Saliendo del cementerio, a mano derecha, encontramos la Sinagoga Klaus, que fue construida a finales del siglo XVII, siendo renovada en 1884. Esta sinagoga lleva el nombre de Klausova (Klaus), porque antes de 1689, cuando tuvo lugar un incendio, este lugar estaba ocupado por pequeñas escuelas judías que recibían el nombre deklausen, y estaban dirigidas por el Rabino Löw. En la sinagoga se guarda una colección de manuscritos y grabados hebreos, así como una exposición sobre la historia de la comunidad judía de Praga desde la Edad Media, que pertenece a la colección del Museo Judío. Esta colección permite conocer cómo era la vida cotidiana en el antiguo ghetto. Por lo que respecta al edificio, fijaos en la bóveda de cañón y sus decoraciones de estuco, de estilo barroco.

La Sinagoga española está un poco apartada del resto de edificios del Barrio Judío. Durante 20 años estuvo cerrada al público y se utilizaba como depósito de objetos del Museo Judío. Después de un periodo de acondicionamiento, volvió a abrirse al público en 1999.

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Fue construida a principios del siglo XVI por judíos españoles expulsados de España en el año 1492 y en ella se reunían los judíos de origen sefardita. Ocupa la ubicación de una antigua sinagoga del siglo XII, llamada la Vieja Escuela. A lo largo de su historia, la sinagoga sufrió varios incendios, por lo que tuvo que ser restaurada, la última de ellas en 1836, cuando se convirtió en la sede de la Comunidad Judía Reformista. Por eso hay un órgano en su interior, ya que los judíos reformados usan este instrumento en su liturgia.

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Se construyó imitando el estilo morisco. Su planta es cuadrada con una preciosa cúpula central y tres galerías. El interior está decorado con arabescos en las paredes, puertas, galerías y estucos, y con unas vitrinas de colores magníficas. En la sinagoga se continúa la exposición sobre la vida de cotidiana de los judíos que tiene su primera parte en la Sinagoga Klaus.

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Después de la visita al barrio judío tocaba comer. El lugar elegido era Lokál (Diouhá 33). Además de las cervezas de rigor, tomamos tlačenka s cibulí a octovou zálivkou, vepřové ledvinky dušené na cibulce, dušená rýže y pečené hovězí žebro, špenát.

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No sabemos si para facilitar nuestro descanso, el camarero que nos atendió “traspapeló” nuestra comanda, y pasamos un buen rato en el local. Eso sí, las cervezas corrieron por su cuenta.

Tras la comida nos dirigimos a la Iglesia de San Jaime, también conocida como Iglesia de Santiago (Kostel Svatého Jakuba), en Malá Stupartská. Construida hacia finales del siglo XX, posee unas dimensiones gigantescas: una vez que nos encontremos en su interior, nos quedamos absortos por el largo de su nave central, así como por la vertiginosa altura de 30 metros.

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El incendio que destruyó una gran parte de la Ciudad Vieja en 1689 obligó la reconstrucción parcial del edificio. En la nueva fachada encontramos tres bajo-relieves de gran tamaño, cuyas escenas representan la apoteosis de San Francisco, Santiago el mayor rodeado de pelegrinos y la apoteosis de San Antonio de Padua.

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En el interior destacan sobre todo dos obras maestras del arte barroco: la pintura del altar que representa el Martirio de Santiago y la imponente monumento funerario esculpido del gran orador de a orden de Malta, Jan Václav de Mitrovice. La bóveda está decorada con frescos en trampantojo.

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Detrás de la Iglesia de Nuestra Señora de Týn queda el Ungelt o Patio de los Mercaderes, entre las calles Mašná y Malá Štuparská. Era un antiguo patio donde los mercaderes de Praga hacían sus transacciones comerciales hasta el siglo XVII. También allí era donde los comerciantes tenían que pagar el derecho de aduana de la Ciudad Vieja.

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Volvimos al hotel, evitando así otro remojón. Había que empezar a preparar el equipaje para nuestra marcha y, más tarde, visitar la típica U Fleků, en la calle Křemencova (si el tiempo acompañaba). Eso sí, un reconfortante café en el Café Bistro del hotel no era una mala idea …

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Cerca de las siete de la tarde cesó de llover. Era el momento de salir. El metro nos dejó en la estación de Národní třída, saliendo a un centro comercial en las inmediaciones de la calle Spálená. Al salir de él tropezamos con una estatua que no para de moverse, inaugurada el pasado 31 de octubre de 2014. Es la cabeza del escritor Franz Kafka.

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La obra tiene 42 bloques/segmentos metálicos (once metros de altura), y en su construcción se han empleado veinticuatro toneladas de hojalata inoxidable. En total pesa 39 toneladas. Sin embargo, lo que más llama la atención es el movimiento constante de todos los bloques, que giran independientemente gracias a un motor que alimenta un kilómetro de cables.

Bajando por la calle Myslíkova nos encontramos otra peculiar escultura antes de llegar a U Fleků, uno de los lugares de visita obligada en Praga.

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Un ambiente pintoresco de grandes mesas de madera en donde un músico de acordeón amenizaba la velada mientras degustábamos la imprescindible cerveza negra de fabricación propia y comíamos algo.

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Peculiares hasta para anotar las comandas y hacer la cuenta…

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Al salir tocaba volver al hotel. Al día siguiente tomábamos el tren en dirección a Budapest y había que madrugar algo más de la cuenta.

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