Praga, Budapest 2015 (5)

30 de julio. Nos despertamos antes que de costumbre. Había que terminar de preparar todo para el traslado a Budapest. Amaneció un día estupendo, con un sol radiante, al contrario que los anteriores. Bajamos a desayunar y nos preparamos para nuestro traslado a la Estación Principal de Praga (Praha hlavní nádraží), a menos de 500 metros de la Ópera estatal.

El interés turístico de esta estación, construida en 1871 en honor al emperador Francisco José, es la decoración art nouveau de su interior, obra de Josef Fanta, realmente impresionante.

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Abandonábamos Praga. Si Joaquín Sabina vino a Praga a romper una canción por motivos que no nunca explicó, nosotros la dejábamos con la convicción de que era una de las ciudades más bonitas que habíamos visitado. Y como él, también aprendimos que si hay que pisar cristales, que sean de Bohemia.

Llegamos a la estación con tiempo más que suficiente. Incluso tuvimos que esperar que los monitores avisaran el andén por el que partiría nuestro tren hacia Budapest. Algo menos de 450 kilómetros que tardaríamos en recorrer algo menos de siete horas, con bastantes paradas entre las que destacaban las de las conocidas Brno y Bratislava.

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Compartíamos vagón con cuatro chicas, dos de nacionalidad japonesa y dos centroeuropeas. Un auténtico crisol de culturas… Nos tocó comer en el tren unos estupendos bocadillos preparados en el desayuno.

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A la hora fijada llegamos a la estación Budapest-Keleti, y nos dio tiempo a recorrerla de punta a punta antes de que nuestro traslado apareciera y nos condujera al hotel Marriot Budapest en nuestro primer contacto con la ciudad.

Tras el rápido “checking in” comprobamos que teníamos una estupenda habitación con unas espectaculares vistas sobre el Danubio, el Puente de las Cadenas y toda la parte de Buda. Más no se podía pedir.

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Rápidamente, como ya es costumbre, a la calle, a patear la ciudad. Problema: “habíamos perdido los papeles”. El instinto nos llevó a la Plaza Vörösmarty, y allí se encontraba la famosa pastelería Gerbaud, la más famosa de Hungría. Fue fundada en 1858 por Henrik Kugler y desde entonces sus pasteles y tartas han ido haciéndose cada vez más conocidos. Su cafetería tiene más de 300 sillas, y la terraza exterior tiene un tamaño similar. Cómodamente sentados en su interior nos tomamos un Capuccino Frappé y una Gerbeaud Lemonade que nos supieron a gloria.

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Esa noche embarcábamos para disfrutar de un crucero por el Danubio con cena incluida. El punto de encuentro se encontraba en el Palacio Danubio y decidimos pasear por el centro de la ciudad para llegar a él y evitar algún contratiempo.

Cruzamos un gran parque ubicado en Deák Ferenc tér, con una enorme noria a la que, a pesar de que las intenciones eran otras, finalmente no subimos. Cruzamos József Attila utca y en breves minutos nos encontrábamos en Zrínyi utca, y allí estaba el Palacio Danubio.

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Quedaba tiempo de sobra antes de volver al hotel y prepararnos para el crucero… y el Danubio estaba a muy pocos pasos. A él nos dirigimos, cruzando, por primera vez, el fastuoso Puente de las Cadenas, uno de los ocho que conectan las orillas del Danubio. Estos puentes no son sólo una vía de comunicación, sino que son parte de la identidad de la ciudad.

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La construcción de este puente, el primero de Budapest, fue idea del conde István Széchenyi, que había formado, en 1832, la Asociación de los Puentes de Budapest para dar una solución definitiva al cruce del Danubio.

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En uno de sus viajes, Széchenyi tomó contacto con el ingeniero inglés William Thierney Clark, a quien encomendó el diseño. El puente se construyó en piedra, entre 1842 y 1849, bajo la dirección del ingeniero escocés Adam Clark. Hasta la inauguración de este puente, de 380 metros de largo, sólo se podía cruzar el Danubio en embarcación.

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En 1853 se emplazaron las cuatro estatuas de leones que custodian las entradas del puente, realizadas en piedra por el escultor Janos Marschalko. Cuenta una leyenda que estos leones son los guardianes de Hungría, y cobrarán vida el día que el país esté en peligro, y detendrán al invasor.

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En 1945, el puente original (al igual que los otros puentes de Budapest) fue dinamitado por las tropas alemanas, ya en retirada. Fue reconstruido idéntico al original, y re-inaugurado en 1949, para su centésimo aniversario.

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Nos encontrábamos ahora en la Plaza Clark Ádám Ter, justo en la estación inferior del funicular de Budapest (Budavari Sikló) con el que se puede llegar hasta el Castillo de Buda. Inaugurado en 1870, el funicular de Budapest fue el segundo que se construyó en Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial el funicular quedó prácticamente destruido pero, posteriormente, se reconstruyó siguiendo fielmente el modelo original y la línea abrió de nuevo en 1986. Justo aquí está situado el Kilómetro 0 que se utiliza para medir las distancias en Hungría.

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En la muralla de ladrillos, junto al funicular, pudimos ver el escudo histórico de Hungría, con la Corona Sagrada en su cúspide, el símbolo más antiguo y hasta hoy el más importante del estado húngaro.

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Según la leyenda, fue el papa Silvestre II quien la envió en el año mil d.c. para la coronación del rey, San Esteban, reconociendo el derecho del estado húngaro de figurar entre los países cristianos de Europa.

Decidimos pasear por la orilla del Danubio opuesta al hotel hasta el Puente Erzsébet, en honor a la emperatriz Sisi, esposa de Francisco José, un personaje muy querido en Hungría y que apoyó activamente el acuerdo por el que el imperio pasó a ser una doble monarquía Austro-Húngara que daba a los húngaros amplia autonomía bajo el dominio Habsburgo.

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El puente se inauguró en 1903, cinco años después del asesinato de Elisabeth, y fueron los propios budapestinos quienes pidieron que fuera nombrado en honor a su amada reina. Pese a ese amor mutuo, el de Elisabeth es el único puente que no fue reconstruido según la forma original tras la Segunda Guerra Mundial.

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De vuelta a Pest, decidimos adentrarnos por vez primera en la famosa avenida Váci útca. Había que comprar una guía que subsanara la pérdida de papeles. Y ya de paso se aprovechó para realizar alguna que otra compra.

Volvimos al hotel. Prisas de última hora para maquearse y dirigirse al Palacio Danubio, al que llegamos a la hora fijada. Un rápido desplazamiento hasta el barco y listos para zarpar. La cena consistía en un buffet libre que se realiza en una sala acristalada del barco. Incluía un numeroso surtido de platos típicos de la gastronomía local demasiado extenso para enumerarlos todos aquí.

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Después de la cena pudimos disfrutar de unas maravillosas vistas de ambas orillas del Danubio desde la terraza exterior del barco.

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Ya en tierra, volvimos paseando al hotel, situado muy cerca del muelle. La noche incitaba a ello. El día tocaba a su fin y nuestro primer contacto con la ciudad había resultado excitante. Estábamos, sin duda, ávidos de que amaneciera un nuevo día que nos permitiera seguir disfrutando de la maravillosa Budapest.

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