Nos dirigimos, por Rokin, a la Plaza Spui, un agradable lugar donde pasear sin prisa, tomar un café, leer o conseguir obras de arte y libros.

En esta plaza se alza una pequeña estatua llamada Het Lieverdje, que representa a la juventud de Ámsterdam.

Antes de convertirse en la Plaza Spui que hoy recorríamos, esta zona era un cuerpo de agua que marcaba el límite donde terminaba la ciudad de Ámsterdam, hasta que en 1882 la zona fue «rellenada» para convertirse en la pequeña y agradable plaza, sede del movimiento «Provo» en los años sesenta.

Uno de los principales atractivos de la Plaza Spui son los mercados que cada semana ofrecen a sus visitantes la oportunidad de encontrar todo tipo de obras literarias o artísticas. También podemos encontrar puestos con flores.

Queríamos aprovechar para visitar antes de la comidael barrio de Begijnhof que se encuentra en las proximidades de la Plaza Spui, siempre que lo encontráramos… pues dimos alguna que otra vuelta antes de dar con él.
El término Begijnhof designa un espacio, un patio (hof), rodeado de viviendas que fueron en épocas medievales ocupadas por grupos de mujeres religiosas, las beguinas, que se dedicaban a servir a la comunidad. Si bien estas mujeres hacían voto de castidad para entrar a la congregación, las reglas no eran tan estrictas como en un convento y podían dejar la congregación cuando se les presentara la oportunidad de casarse o simplemente si así lo deseaban.

En Amsterdam se cree que si bien ya existía una congregación de beguinas alrededor del año 1346, la existencia del Begijnhof como tal sólo está documentada en 1389. El apacible patio está rodeado por 47 viviendas muy altas que enfatizan aún más su carácter privado. La mayor parte de ellas datan de los siglos XVII y XVIII, puesto que las antiguas casas de madera fueron arrasadas por incendios y reconstruidas cada vez hasta que en 1521 fue prohibida la utilización de madera en la construcción.

No obstante, una de las dos únicas casas de madera que subsistieron en Amsterdam se encuentra en el Begijnhof: La Houten Huis, en el número 34, que data de 1470.


Dentro del Begijnhof fue construida una capilla en 1419 para ser utilizada como lugar de plegaria, llamada con el tiempo Engelse Kerke (Iglesia inglesa), en la que destaca especialmente el campanario. En 1578, en tiempos de la Alteración, los calvinistas tomaron la iglesia para cederla luego a los protestantes y después pasó a manos de ingleses presbiterianos, de donde quedó el nombre. Iglesias clandestinas instaladas en las residencias, como en los números 29 y 30, testimonian la resistencia de las beguinas a abandonar sus prácticas católicas.

La beguina más famosa fue Cornelia Arens, quien falleció en octubre de 1654, de quien cuenta la leyenda que a punto de morir se negaba a ser sepultada en la capilla, que había sido «profanada» por los presbiterianos, pidiendo ser sepultada en el patio. Hicieron caso omiso a su deseo dándole sepultura en la capilla, pero cada vez su ataúd aparecía en el patio. Repitiéndose el hecho un par de veces más, finalmente se le dio sepultura en el patio. Otra versión dice que su alma no encontró la paz en la capilla y que aún deambula por el Begijnhof hasta que se la sepulte afuera…

El vecindario fue completamente renovado en 1979. Actualmente, ya no quedan beguinas en el Begijnhof (la última de ellas falleció en 1971) y las casas son ocupadas por alrededor de una centena de mujeres solas y estudiantes.
Con su «pequeña» entrada, y siendo escenario a aquella hora del día de una boda, algo típico en nuestros viajes por el mundo, no es de extrañar que nos costara más de la cuenta dar con el Begijnhof.

Definitivamente, era la hora de comer. Y apetecía pescado. Casualidades de la vida, en la misma Plaza Spui se encontraba The Seafood Bar.

Nada que ver el exterior con el inmenso espacio interior, a varias alturas. El lugar, de momento, prometía.

No sólo el interior, también los mostradores de pescados y mariscos…

Era difícil elegir en aquella carta. También parecía difícil equivocarse.



Las céntricas calles por las que paseábamos después de comer estaban llenas de gente. Nos encaminamos hacia el Palacio Real por Gedempte Begijnensloot, pasando por la entrada del Amsterdam Museum, que quedó pendiente para una nueva visita.


Ubicado frente a la plaza más importante de Amsterdam, la Plaza Dam, el imponente Palacio Real es el edifico público más importante de la ciudad. Su construcción comenzó en 1648 y finalizó en 1665, siendo el autor del proyecto el arquitecto Jacob Van Campens y Daniël Stalpaert, el arquitecto de la ciudad, quien tuvo a su cargo la ejecución. La construcción de un gran palacio obedecía a la necesidad de dotar de una nueva sede al Ayuntamiento de la ciudad, que hasta entonces ocupaba un antiguo palacio gótico medieval, ya falto de espacio para cubrir las necesidades administrativas de una Amsterdam en pleno desarrollo y cuyo estado de deterioro ponía en peligro a sus ocupantes.

Además de las razones prácticas, la ciudad necesitaba mostrar al resto de Europa su confianza en sí misma, su riqueza y poder, lo cual alentó a sus administradores a elegir el más prestigioso de los proyectos presentados por los arquitectos del momento.
Construido en un estilo bastante austero por fuera, el edificio asienta sobre 13659 pilotes de madera. Considerando al ladrillo como un material muy común, fue utilizada para el exterior una piedra amarillenta traída de Alemania, que oscureció con el correr de los siglos. Llama la atención la ausencia de una gran puerta única de acceso; se ingresa a traves de siete sencillos arcos al nivel de la acera, sin escalera, para reforzar la idea de que el ayuntamiento era accesible a todos.
En contraste, el interior, totalmente de mármol, deslumbra por su rica decoración. Famosos pintores, Rembrandt y Ferdinand Bol entre otros, contribuyeron a su esplendor. Destaca la Burgerzaal (Sala de los Ciudadanos), de unos 34 metros de largo por 17 metros de ancho y 25 metros de altura, que era utilizada como lugar de reunión de los ciudadanos de Amsterdam.

En el piso se encuentran representados los hemisferios este y oeste, indicando en ellos la influencia colonial de Holanda y las rutas seguidas por la Compañía de las Indias Orientales, y en el cielorraso, una representación de las constelaciones en el cielo tal como se ven en el hemisferio norte; el conjunto parece indicar que Ámsterdam no sólo estaba en el centro del mundo sino también del universo…


El frontón, representando escenas marinas, fue realizado por el escultor flamenco Artus Quellin y desde el domo, coronado por una veleta con forma de barco, podía observarse toda la bahía y los barcos que llegaban o partían hacia destinos lejanos.

Hasta 1806 el imponente edificio fue sede del Ayuntamiento, año en el cual Luis Bonaparte, hermano de Napoleón, se convirtió en rey de Holanda. El nuevo rey residió al principio en La Haya, hasta que en 1808 decidió mudarse a Ámsterdam transformando el antiguo ayuntamiento en su palacio real.


Se ocupó de decorarlo según el llamado «estilo imperio francés», época de la que se conservan aún mobiliario, tapicerías, relojes y extravagantes candelarios, y estableció un museo de arte en el palacio, el predecesor del actual Rijksmuseum.


Luis Bonaparte abdicó en 1810 y Holanda fue anexada a Francia. El nuevo gobernador, Charles Lebrun, ocupó entonces el palacio.

Luego de la caída de Napoleón Bonaparte, el príncipe Guillermo de Orange, posteriormente rey Guillermo I, hizo del palacio la sede real, y no fue sino hasta 1936 que pasó a ser propiedad del estado.
En la actualidad el Palacio Real es utilizado sólo en ocasiones por la familia real, para recepciones oficiales o visitas de estado, así como la entrega de los premios Erasmus, Príncipe Claus y los Premios Reales de Pintura. Cuando no es utilizado por la realeza es abierto al público y en verano se realizan exposiciones históricas y artísticas relacionadas con el edificio.

Se acercaba la hora de cierre de los distintos monumentos y nos quedaba toda la tarde por delante para pasear tranquilamente por la ciudad. La Plaza Dam era un hervidero de gente, venida de todos los rincones del planeta, y algunos, con las reivindicaciones más extrañas que te puedas imaginar en aquellas latitudes.
Comenzamos a pasear por Nieuwezijds Voorburgwal hacia Rokin, con la intención de llegar hasta el Puente de los puentes, esta vez de día.


La tarde y, sobre todo, la compañía, invitaban al tranquilo y sosegado paseo. Nuestros pasos nos llevaron al río Amstel, junto a nuestro hotel, desde donde contemplar, de nuevo, la Ópera Nacional y el conjunto de hermosos puentes que lo cruzan por doquier.



De nuevo avanzamos hacia el conjunto de canales de la ciudad, encontrando bonitos rincones alejados de la zona más turística de Ámsterdam.


El Magere Brug era la excusa perfecta para pasar a la otra orilla del río Amstel. Es, posiblemente, el puente más famoso de Ámsterdam. Fue construido en 1934 y une las dos riberas a la altura de la Kerkstraat. Sin embargo, el puente original que había en este lugar, el Kerkstraatbrug, data de 1691. Como este puente fue bastante estrecho, se le conoció desde el principio como el «puente delgado».


Hasta 1994, dos guardias se encargaban de abrir y cerrar manualmente el puente, que ha sido renovado varias veces. No era fácil, porque las dos partes debían coincidir exactamente en el centro. Los guardias lo conseguían haciendo contrapeso con su propio cuerpo hasta la posición de equilibrio, circunstancia esta que fue prohibida en ese año, lo que provocó su mecanización.

Habíamos dejado para nuestra última mañana en Ámsterdam las visitas al Hermitage y a la Casa Rembrant, lo que no evitaba que nuestro agradable paseo nos condujera a ambos lugares.


En las inmediaciones de la Casa Rembrandt nos encontramos con una peculiar casa torcida que habíamos divisado en nuestro crucero por los canales de la primera tarde, más concretamente al navegar por el canal lSint Antoniesluis. Se trata de una antigua casa de torreros, hoy ocupada por el Café De Sluyswacht.


La torre Schereierstoren (Torre del Llanto, o Torre de las Lloronas) estaba un poco más adelante, en dirección a la Estación Central. Se trata de un torreón defensivo semicircular que se halla en la calle Prins Hendrikkade 94.

Construida en 1482, lo que lo convierte hoy en la torre más antigua de la ciudad, formaba parte de la muralla baja medieval en la zona que hoy corresponde al Barrio Rojo. Su propio nombre original, en holandés antiguo, que era Schreyhoeckstoren, hacía alusión a un recodo muy agudo formado por dos canales. De ahí, por deformación fonética probablemente se llegó al actual, Schreierstoren, que significa algo muy diferente: el Torreón del Llanto, o de las lágrimas, o de las lloronas.

Cualquiera valdría porque narra una historia tan bonita como incierta: de aquí zarpaban los barcos para los largos viajes y por eso las mujeres de los marineros se arremolinaban alrededor para despedir llorando a sus maridos. En 1609 de aquí zarpó Henry Hydson con su Halve Maen (Media Luna) hacia América, donde descubrió la isla de Manhattan y fundó Nueva Amsterdam, después rebautizada Nueva York cuando pasó a manos inglesas.
Casi, de nuevo, en las inmediaciones de la Estación Central, decidimos dirigirnos hacia el Barrio Rojo, recordando que no habíamos contemplado una de las más populares de las estatuas anónimas de Ámsterdam, al lado de la Ouderkerk.
Aunque en nuestros paseos por esa zona nos había pasado inadvertida, puesto que se haya incrustada en el pavimento ocupando el lugar de un puñado de adoquines, suscitó polémica desde el mismo instante en que apareció de la nada en medio de la vía pública. Los vecinos protestaban porque el ruido que hacían las bicicletas al pasar sobre la placa no les dejaba dormir, y hubo una señora añadió que era de muy mal gusto y no encajaba con el vecindario.

En menos de una semana, el Ayuntamiento procedió a retirarla ante las miradas atónitas de los curiosos que estaban por la zona, que fueron testigos de como al levantar lo que parecía una fina placa de bronce salía adherido un bloque de hormigón de más de un metro de largo. ¿De qué clase de recursos disponía el misterioso escultor para haber incrustado semejante mamotreto en el suelo sin que nadie se diese cuenta?

Lo suyo debió de haberle costado, pues se cuenta que unos días después del incidente el susodicho se presentó indignado en el Ayuntamiento para desfacer el entuerto. Ambas partes llegaron a un acuerdo: El artista modificaría la figura para insonorizarla en la medida de lo posible y el ayuntamiento volvería a colocarla en su sitio correspondiente. Además la ciudad pasaría a ser propietaria de todas las estatuas a condición de seguir manteniendo en secreto la identidad del artista. El misterio había sido oficialmente revelado, pero sólo a unos pocos escogidos.

El paseo era, sin duda, muy agradable, pero los kilómetros comenzaban a sentirse en nuestras piernas. Una excusa perfecta para sentarse en el Rock Planet (Oudezijds Voorburgwal 246), junto al canal, y tomarse una cerveza, bien ganada, por cierto.


Posiblemente hubiéramos podido prescindir de la cena, pero la extraordinaria compañera de viaje se quedó prendida de la Pizzería Burrata (Halvemaansteeg 9-11) nuestra primera noche en la ciudad. Un par de deliciosas pizzas, acompañadas, eso sí, por una copa de vino de Brunello Di Montalcino, en recuerdo de nuestra visita a Florencia…

















