Tercer día en Ámsterdam. De nuevo tocaba madrugar para desayunar, pues las entradas para el Museo Van Gogh las teníamos para las nueve y media de la mañana. La ruta era la habitual. Paseo hasta la Plaza Dam, por una todavía dormida ciudad, y tranvía hasta la Museumplein, la zona de los museos de Ámsterdam, con el Museo Van Gogh entre el Rijksmuseum y el Museo Stedelijk.

Nuestra buena costumbre de llegar temprano a todos los sitios nos permitió disfrutar, por unos minutos, de Volendan Park antes de acceder al museo.


Si bien es cierto que a lo largo de nuestros viajes por el mundo hemos admirado una buena cantidad de obras del genial pintor holandés (posiblemente el Musée D’Orsay de París y The Metropolitan Museum Of Art de New York sean de los más recordados), es muy probable que en ningún otro museo del mundo encontremos jamás tantas obras de Vincent Van Gogh reunidas.

Su colección permanente contiene alrededor de 200 pinturas, además de 500 dibujos y grabados y unas 700 cartas, que Van Gogh escribió en gran parte a su hermano menor, Theo, como obras seleccionadas de artistas contemporáneos a Van Gogh (Gauguin, Monet y Signac, entre otros).
El museo consta de dos estructuras construidas en épocas diferentes. El edificio principal fue diseñado por el arquitecto Gerrit Rietveld entre 1963 y 1964, y a su muerte prosiguieron su trabajo sus colegas Joan van Dillen y J. van Tricht.

El museo se inauguró en 1973 y con el paso del tiempo sufrió diversas modificaciones, la más importante en 1999, con el agregado de una nueva ala, obra del arquitecto japonés Kisho Kurokawa, financiada con donaciones de The Japan Foundation. A partir de entonces, el viejo edificio alberga sólo la colección permanente, mientras que el nuevo sector presenta exposiciones temporarias y oficinas.


En su atormentada y corta vida (1853-1890), Vincent Van Gogh produjo 864 pinturas, 150 acuarelas y 1037 dibujos en el término de tan sólo diez años, antes de sucumbir a los embates de una enfermedad mental que lo afectó toda la vida y lo llevó al suicidio. Fue su hermano menor Theo la única persona que lo comprendió y lo asistió económicamente y a quien dirigió cientos de cartas.

A su muerte sólo había logrado vender un par de cuadros, y toda la colección quedó en manos de Theo, quien falleció poco tiempo después. La viuda de Theo, Johanna van Gogh-Bonger, heredó la colección y fue gracias a ella que la obra de Vincent se hizo conocida. Si bien vendió parte de sus obras, especialmente las que Vincent reproducía varias veces, conservó buena parte de ellas, especialmente las más representativas de cada etapa creativa.

Cuando Johanna falleció en 1925, su hijo Vincent Willem van Gogh conservó las obras hasta 1962, cuando se firmó un acuerdo con el estado holandés, cediéndole a la Fundación Van Gogh la colección completa del genial pintor, así como obras de Gauguin que Van Gogh había conservado, cientos de dibujos y cartas. Esta fundación fue la base del futuro Museo Van Gogh.

Entre las obras más destacadas presentes en el museo se encuentran:
- De sus primeros años hasta 1886: Casas de campo, Iglesia de Nuenen con feligreses, Calavera con cigarrillo, Comedores de patatas, Mujer con el pelo suelto, Naturaleza muerta con tres botellas.

- De 1886 a 1887, comprende sus obras realizadas en París: Autorretrato con sombrero, Vista de los tejados de París, Autorretrato con pipa, Naturaleza muerta con botella y limones, Un par de botas, Boulevard de Clichy, El puente de la Grande Jatte sobre el Sena, Entrada de un restaurante en Asnières.

- De 1888 a 1889, abarca las obras realizadas en Arles: La casa amarilla, Anciana de Arles, Barcas de pesca cerca de Saintes-Maries, El zuavo, La habitación de Van Gogh, Girasoles, Camille Roulin, Hombre tuerto, Melocotonero en flor, Peral en flor, Silla de Gauguin.


- De su estancia en el Hospital de Saint-Remy 1889-1990: Vestíbulo del Hospital de Saint-Paul, Almendro en flor, Olivar con el cielo azul, Pietá, Trigal con segador a la salida del sol.

- De su estancia en Auvers hasta su muerte: Vista de Auvers, Trigal con cuervos, Trigal bajo un cielo tormentoso, Jardín de Daubigny, Amapolas y mariposas, Raices y troncos, Espigas.

Tras las compras de rigor salimos al exterior, todavía impresionados por la calidad de la pintura que acabábamos de contemplar. Sin duda, y a pesar de que la visita estaba incluida en nuestra ya famosa city card, había sido una gran idea sacar las entradas con tanta antelación y no esperar a que hubiera o no posibilidad de contemplar el museo con ella.
Eso sí, la entrada al Museo Stedelijk (Museo de arte contemporáneo) sí que estaba incluida y no había que dar ni diez pasos…

Los orígenes de este museo, dedicado al arte moderno, se remontan al año 1895, cuando fue creado para albergar una colección privada donada a la ciudad por una excéntrica burguesa entendida en arte llamada Sophia Augusta de Bruyn.

Se trataba de una gran colección muy heterogénea de objetos tales como monedas, joyas, relojes antiguos, platería… Todo ello, junto a ambientaciones de casas de la época que habían sido demolidas durante la apertura de calles, constituyó la base de las primeras exposiciones.

El arquitecto A.W. Weissman, inspirado en el estilo renacentista holandés del siglo XVI, diseñó un edificio de ladrillos rojos con detalles en piedra y una pequeña torre. Con el paso del tiempo el edificio sufrió transformaciones, especialmente las llevadas a cabo por los directores David Roëll y Willem Sandberg, respondiendo a necesidades de espacio para albergar nuevas colecciones como también a aspectos funcionales (espacio para oficinas, restaurante, bar) debido al aumento constante de afluencia de público.

Gracias a importantes donaciones el museo logró reunir una considerable colección de arte de fines del siglo XIX y comienzos del XX, albergando además las obras de Vincent Van Gogh hasta la creación del Museo Van Gogh en 1972. Durante la dirección de Sandberg se incorporaron obras del movimiento CoBrA y del expresionismo, así como la fotografía y el diseño gráfico e industrial también ganaron su lugar en el Stedelijk.

En 1959 se incorpora una colección única de trabajos del artista ruso Kazimir Malevich, así como obras de artistas pertenecientes al movimiento holandés De Stijl: Mondrian (Composición en rojo, negro, azul, amarillo y gris), Van Doesburg, Van der Leck, Rietveld (Butaca roja y azul), entre otros.

De Stijl (el estilo) era un movimiento surgido allá por el 1917 que propugnaba la simpleza en las obras y que no sólo trabajaba en pintura sino también en arquitectura, escultura, poesía y diseño de muebles. Moore, Saura, Van Velde, Visser, Tajiri y Zadkine son otros autores de renombre que tienen su espacio en el museo.

Posteriores adquisiciones incorporaron el American Pop Art, con obras de Kienholz, entre otros, y también obras de Matisse, Newman and Rauschenberg.



En la década de los ochenta se inauguró una sala dedicada al video y se adquirieron trabajos del movimiento italiano Arte Povera y el minimalismo, y constantemente se siguen incorporando nuevos autores.

Además de la colección permanente, tuvimos ocasión de contemplar la exposición de la artista austriaca Maria Lassnig (1919–2014), reconocida internacionalmente como una de las artistas mujeres más destacadas de los siglos XX y XXI. Se hizo su nombre con sus pinturas «Körperbewusstseinsbilder» o «conciencia del cuerpo», en las que describe las sensaciones que experimenta su cuerpo, mediante las cuales define su relación con el mundo.

A la salida, el sol (nada que ver con el día anterior en nuestra visita al Rijksmuseum) invitaba a descansar un momento mientras tomábamos un tentempié y algo de líquido. Pero el momento de relax duró poco, porque enseguida tomamos un tranvía que nos acercaría a la zona de Leidseplein, un antiguo aparcadero donde las personas debían dejar sus carruajes antes de entrar a la ciudad.

Hoy la Plaza Leidse o Leidseplein y sus alrededores es uno de los centros de animación nocturna más atractivos de Amsterdam. La gran cantidad de bares, restaurantes, clubes nocturnos y discotecas, la variada oferta artística, teatral y musical, así como el Casino de Holanda y numerosas salas de cine congregan tanto a los habitantes de la ciudad como a los turistas.

A plena luz del día, numerosos artistas callejeros daban sus espectáculos tratando de obtener el favor del público, poblando la plaza de malabaristas, tragafuegos, mimos, músicos, estatuas vivientes…
Frente a la plaza se encuentra el Teatro Municipal (en holandés, el Stadsschouwburg), un enorme edificio neo-renacentista construido en 1894 para funciones de ópera, en reemplazo de teatros anteriores que fueron destruidos por incendios.

Caminábamos por el concurrido centro de la ciudad en dirección al Mercado de las flores cuando tropezamos con la tienda de Henri Willig. Demasiada tentación…

Desde el año 1862, el Mercado de las Flores de Ámsterdam no es sólo un atractivo turístico, si no que es el lugar preferido por los amsterdaneses para comprar flores y plantas.

En sus orígenes, hace más de 140 años, llegaban a diario hasta Bloemenmarkt cientos de embarcaciones con plantas y flores para su venta. El gusto de los holandeses por las flores es algo que nunca han perdido. Hoy en día apenas se nota que se trata de un mercado flotante, ya que está dispuesto en plataformas y barcazas muy bien sujetas al borde del Canal Singel.

En el Mercado de las Flores podréis encontrar todo tipo de flores, tulipanes de todos los colores, semillas de plantas muy variadas y artículos de jardinería. El producto estrella para los turistas son los bulbos de tulipán, sin duda uno de los mejores regalos que podíamos llevarnos como recuerdo de nuestro viaje a Ámsterdam. Alguno de ellos, incluso, intentaremos utilizarlos con finalidad científica…

Sin duda, el Mercado de las Flores es un placer para los sentidos (al menos para la vista y para el olfato) y era una muy buena manera de finalizar aquella intensa mañana de arte en la Venecia del norte.
Regresamos al hotel para dejar las comprar de la mañana y dirigirnos al Begijnhof y buscar un sitio para comer.















