Cazorla 1991 (2)

La ruta de la Cerrada de Elías comienza con un gesto inequívoco: el pinar estrecha el paso y el Borosa aparece en secuencias, a la izquierda, a la derecha, casi siempre ahí, imponiendo su tono verde y su transparencia. El aire es más fresco a ras de agua; las orillas guardan un mosaico de piedras pulidas donde el sol, al colarse entre copas altas, deja manchas móviles de luz.

El sendero, bien trazado, se acomoda a las formas del valle. En los tramos en que el río se abre, la calma del agua permite ver el fondo como si un cristal separara dos mundos: arriba, la claridad; abajo, un mapa de gravas y sombras de peces que cortan la corriente con una economía perfecta de movimientos. La mirada aprende rápido a distinguir lo vivo de lo inmóvil, lo profundo de lo próximo.

A medida que avanzamos, el valle se estrecha. Las paredes verticales acumulan sombra y devuelven el sonido del agua con resonancias graves. La humedad se siente en la piel incluso sin contacto. Ese tramo previo a la pasarela es un pequeño teatro de penumbras y reflejos.

Entonces aparece la pasarela de madera, pegada a la roca, en equilibrio exacto con el cauce que discurre debajo. Caminar por ella impone un paso más corto, más alineado. La vista tiende a bajar y a buscar el movimiento del agua; la mano, a rozar la pared húmeda que guarda un frío mineral. Es un pasillo suspendido donde el río respira con otro ritmo.

Al salir de la cerrada, la geometría del valle se relaja. Aparecen claros que invitan a detenerse y un tramo en el que el bosque abre un pequeño anfiteatro natural. Es entonces cuando el sendero nos conduce a la confluencia del arroyo de las Truchas con el Borosa. La unión de ambos forma una poza amplia, de bordes suaves, con un verde casi lechoso allí donde la luz cae frontal. El agua, quieta en apariencia, organiza una circulación lenta que se adivina en el movimiento de las algas finas y en las sombras que dibujan los peces a media agua.

Nos bañamos. La sensación de frescor baja de golpe por la piel, quita capas, despierta. El cuerpo, sumergido, entiende de inmediato el origen. Las piedras del fondo se ven con una nitidez limpia, como si los años no hubieran pasado por ese rincón. Permanecemos lo justo; salir es volver a sentir el calor del aire como una manta tibia. En la toalla, con la espalda contra la hierba rala, el bosque suena con su rumor exacto: el agua, un pájaro ocasional, algún roce de ramas. Ese baño ordena el día.

A partir de ahí, el regreso por el mismo sendero tiene otra cadencia. El cuerpo ha retenido la temperatura del agua y todo parece alinearse: la luz, el ritmo del paso, el olor a resina que sube cuando el sol golpea los troncos. La Cerrada de Elías, al final, no es una sola imagen, sino una secuencia de respiraciones cortas que el río pauta a su manera.

El Parque Cinegético Collado del Almendral ofrece algo que la sierra concede pocas veces: proximidad. No se trata de domesticar lo salvaje, sino de permitir la observación pausada. Los recintos, amplios, sombreados, con cambios de pendiente y zonas de roquedo, permiten ver sin prisas. Los gamos cruzan de sombra en sombra con una economía de gesto impecable; el movimiento del lomo revela una flexibilidad fina. Los ciervos, en reposo o desplazándose, conservan una solemnidad natural que no necesita énfasis. Los muflones, más compactos, hacen del terreno irregular su estancia natural.

Verlos así, sin sobresalto, permite fijarse en lo que suele pasar desapercibido: el brillo mate del pelo a contraluz, el matiz del color en las patas delanteras, la forma en la que el viento viaja por el pelaje corto y lo ordena, el modo en que la oreja, independiente, busca sonidos que no llegan. Es un aprendizaje de ritmo. Ninguna prisa, ninguna estridencia. Solo un estar allí, en una cadencia que no coincide con la humana.

La visita al Centro de Visitantes Torre del Vinagre completa ese aprendizaje desde otro ángulo. En los paneles, el mapa a escala del parque natural revela su tamaño real y sitúa con claridad los nombres que hemos pisado: ríos, cerradas, embalses, sierras encadenadas. Las maquetas exhiben, simplificando, los perfiles del relieve; las vitrinas recuerdan la diversidad botánica que, en ruta, se confunde en el gran conjunto: tejos, sabinas, enebros, pinos con edades dispares, aromáticas que el sol activa.

Salimos con otra comprensión: la sierra no es un escenario, sino un sistema. Y estar dentro de un sistema exige respeto, paciencia y una forma de mirar que acepte los tiempos largos.

Esta entrada fue publicada en 1991, Cazorla, Viajes, Viajes por España y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.