Cazorla 1991 (3)

La Cerrada de Utrero concentra el carácter más abrupto del parque. Aquí el protagonista es el Guadalquivir joven, todavía cercano a su nacimiento, pero ya marcado por el encajonamiento de la roca. El cauce se tensa entre paredes que lo obligan a avanzar con energía. Hay un murmullo continuo, más grave que en el Borosa, una vibración que sube por las piedras y se queda en el aire.

El sendero, atento a la forma del desfiladero, alterna pasos estrechos con balcones naturales desde los que se domina un tramo de cauce. Los rayos de sol, cuando consiguen atravesar el corte de la roca, dejan parches luminosos que encienden, por segundos, el agua. Las plantas que prosperan aquí están hechas a la humedad: hojas más gruesas, verdes profundos; musgos que se mantienen encendidos incluso en verano.

En una zona más abierta, el río ordena una serie de pozas claras, con bordes de piedra lisa y fondos que parecen pulidos. El agua, transparente, invita a comprobar su temperatura sin engaños.

Volvemos a bañarnos. La frialdad tiene otro timbre aquí: más mineral, más vertical, quizá por la profundidad y el contraste con los paredones que devuelven la luz en ráfagas. La inmersión deja al cuerpo en un estado de alerta serena, un equilibrio exacto entre el impacto del frío y la calma del entorno. Se entiende por qué este tipo de agua reordena.

El camino prosigue hacia el circo rocoso de Linarejos. El escenario, incluso sin agua, impone: un anfiteatro de piedra con marcas claras que delatan el recorrido habitual de la cascada. Es verano y la pared está seca; queda el trazo pálido que baja desde lo alto, como una escritura geológica que describe, sin una gota, la caída. La ausencia no resta fuerza: el eco suave, la proporción de los muros, la sensación de cul-de-sac natural que retiene el sonido, todo configura un lugar que insiste en ser observado con respeto.

La Laguna de Valdeazores exige un avanzar atento, con un ascenso que, sin ser duro, pide constancia. El paisaje va cambiando con discreción: el pinar alto cede espacios a claros desde los que se perciben laderas más abiertas; el matorral toma protagonismo; el aire se vuelve más seco y el viento llega sin tantas interrupciones. Se notan las líneas de agua antiguas en el terreno, pequeñas vaguadas que han perdido el cauce pero conservan la forma, huellas del fluir paciente de inviernos y primaveras.

De forma casi repentina, el terreno se recoge en una depresión suave, y ahí aparece la laguna. No hay dramatismo geológico: hay una quietud esencial. La superficie del agua es un plano tan liso que el cielo parece haberse posado con cautela, sin romperlo. El color cambia con el ángulo del sol: acero pálido con nubes altas, verde tenue cuando la brisa apenas roza la piel del agua, un azul apagado en reposo pleno.

A su alrededor, el escenario es sobrio: matorral bajo, alguna mata aislada que resiste el viento, pinos dispersos, suelo de hierba corta con manchas de tierra clara. La laguna no reclama, está. Y esa presencia discreta obliga a bajar el volumen interior. Comer algo allí, apoyar la espalda en el tronco de un pino joven y dejar que el tiempo no apremie, tiene el efecto de un descanso más profundo que el sueño.

Se distinguen detalles mínimos: un insecto que traza una elipse idéntica varias veces, una brizna que flota y avanza solo cuando el viento decide, un reflejo de nube que se deforma con un temblor casi invisible. Es un lugar que pide mirar sin intención, escuchar sin esperar nada. Cuando retomamos el camino, la laguna queda atrás con la sensación de haber sido visitados por ella, no al revés.

La ruta desde la Laguna de Valdeazores hacia la Cerrada de Elías es un espectacular descenso de unos doce kilómetros que incluye el paso por túneles excavados en la roca, la Laguna de Aguas Negras, impresionantes cascadas como la de los Órganos, y la pasarela de la Cerrada de Elías. Quedó para una próxima visita.

Esta entrada ha sido publicada en 1991, Cazorla, Viajes, Viajes por España y etiquetada como , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario