Las pistas y senderos que conducen al nacimiento del Guadalquivir piden otro tipo de atención. No son difíciles, pero su silencio es mayor. La luz cae de forma más limpia entre pinares jóvenes; las sombras no son densas, se desplazan con rapidez cuando el viento decide. Se avanza con una sensación de acercamiento a algo que, sin ser monumental, posee una importancia serena.
El punto exacto del nacimiento aparece sin estridencias: una pequeña cavidad tapizada de musgo, una surgencia clara en la que el agua brota con una transparencia que casi niega la materia. Es un hilo inicial, un comienzo que parece pedir silencio a quien se asoma. Todo río guarda, al comienzo, una humildad que no se ve cuando ya ha crecido.
Comimos allí, tras recibir de unos guardias forestales la advertencia de llegar cuidado con encender fuego. Permanecemos allí lo suficiente para fijar una imagen que después se superpondrá, inevitable, a cada tramo del Guadalquivir que recordemos.
En el regreso, el santuario de Tíscar aparece encajado entre montañas que estrechan el horizonte. La blancura del conjunto destaca contra la piedra y la vegetación rala; la carretera que conduce hasta él serpentea con las indecisiones propias de una vía trazada contra la evidencia del relieve. El lugar conserva una calma antigua.
La vista desde las inmediaciones deja ver profundidades del valle y un juego de laderas que se cruzan como planos superpuestos. El viento, canalizado por el tajo, llega con una continuidad que limpia el pensamiento.
No hay grandilocuencia, hay medida. Es un cierre exacto para un viaje en el que el agua (naciendo, corriendo, cayendo o ausente) ha marcado las páginas. Volvemos con la sierra adentro, con la certeza tranquila de que algunas geografías no se abandonan: se quedan, como la temperatura de un baño frío en la piel, mucho después de haber salido del agua. Sería el primero de más visitas a la Sierra de Cazorla, con Aramar primero, con Sara después.






















