28 de julio. A las cinco y media de la mañana alguno ya estaba despierto. Nos olvidamos de lo temprano que amanece por estas latitudes. Eso sí, nublado, como el día anterior. Los pronósticos del tiempo fluctuaban desde lluvia a sol pasando por nubes. Difícil fiarse de ellos. Bajamos a desayunar y comprobamos cómo era el bufet del Hilton. En este caso, espectacular. En cuanto a servicio, cantidad y calidad.
Después del acopio de energía para pasar la mañana salimos a la calle dispuestos a hacernos con un abono para utilizar de forma ilimitada el transporte público durante 24 horas (no era cuestión de repetir la experiencia de la tarde anterior, bonita pero agotadora). A cien metros del hotel teníamos la estación de metro de Florenc, donde lo conseguimos por 110 Kč.
Nuestro objetivo para esta mañana era visitar el Castillo de Praga. Sabíamos que la línea 22 del tranvía subía hasta él. Tomamos la línea 3 desde Florenc hasta Lazarská, donde nos bajamos para hacer el transbordo. En Novoměstská radnice tomamos la línea 22, eso sí, en sentido opuesto al deseado (Nádraží Hostivař). Tras percatarnos de que nos alejábamos del centro de Praga cambiamos de tranvía para dirigirnos, ahora sí a Pohořelec (sentido Bílá Hora), ya en lo alto de la colina en la que se sitúa la zona del Castillo.
La fortaleza original que dio lugar al Castillo de Praga data del siglo IX. Tenía una función básicamente defensiva, pero con el paso de los siglos se convirtió en la residencia de los reyes de Bohemia, es decir, en la sede del poder real y se le fueron añadiendo edificios, como la catedral, símbolo del poder religioso, hasta convertirse en el amplio recinto que podemos contemplar en la actualidad. Desde la colina del Castillo pueden contemplarse espectaculares vistas del barrio de la Malá Strana, que está a sus pies, así como del Puente de Carlos y, a lo lejos, de la Ciudad Vieja.
La entrada principal al recinto del Castillo está constituida por el Primer Patio o Patio Ceremonial. Se entra por una gran reja de hierro forjado flanqueada por dos estatuas que forman La Batalla de titanes (son copias de las que realizó el año 1770 el famoso escultor Ignaz Platzer). Del primer patio al segundo se pasa a través de la Puerta Matías.
En el segundo patio destaca, en el centro, la Fuente de Kohl (1686) y la Capilla de la Santa Cruz, donde durante siglos se guardaban las joyas del tesoro y ahora es un punto de información. En este mismo patio encontramos las antiguas Caballerizas Imperiales, que son una sala de exposiciones desde 1993, y la Galería de pinturas del Castillo. Desde este patio se puede acceder también a los Jardines Reales.
Nuestro primer objetivo era la Catedral de San Vito. Como la mayoría de estos edificios, se ha ido construyendo a lo largo de los siglos. La construcción primitiva parece que data del siglo IX (una pequeña rotonda que hizo construir el príncipe Wenceslao más o menos en el lugar en donde hoy se encuentra la Capilla de San Wenceslao). Hacia el año 1085 ya existía allí una pequeña basílica. Pero la construcción de la catedral propiamente dicha se inició hacia 1344, cuando el futuro Carlos IV era todavía el heredero del trono. La construcción la inició el arquitecto francés Matías de Arrás. Pero murió 8 años después y fue sustituido por el alemán Petr Parléř, quien trabajó en ella hasta 1399. Las obras quedaron inacabadas y no se reanudó la construcción hasta 1871, cinco siglos después. La catedral se dio por terminada en el año 1929.
La fachada que se contempla al entrar en el Tercer Patio es neogótica, de la última época de construcción. Impresionante el rosetón, de más de 10 metros de diámetro, en el cual se representa la Creación del mundo. A ambos lados del rosetón hay los retratos de los constructores de la catedral. Las torres están decoradas con las estatuas de 14 santos. En el centro de la puerta de bronce se ha representado la historia del edificio.
En el interior destacan las vidrieras, obras de artistas checos de finales del siglo XIX y principios del XX. Son especialmente interesantes los de la primera capilla a la derecha, obra de Max Swabinsky, y los de la tercera capilla a la izquierda, obra de Alfons Mucha, que posiblemente es el artista checo más conocido fuera de su país gracias a sus carteles art nouveau. La catedral tiene 21 capillas.
Tras admirar la magnífica bóveda de crucería gótica, de una altura notable, iniciamos la visita. Delante del coro hay un bajo relieve que explica un episodio muy importante en la historia de Praga: en 1620, los checos nacionalistas y los protestantes contra los invasores alemanes y católicos. Los checos fueron derrotados en la batalla de la Montaña Blanca. Este relieve explica como Federico del Palatinado, que había sido elegido rey por los nobles de Bohemia, huyó, permitiendo la victoria de las tropas católicas lideradas por Fernando II de Habsburgo. El Puente de Carlos aparece representado tal y como era en la época, desprovisto de estatuas y sólo decorado con una cruz. También aparece representada la Iglesia de Nuestra Señora de Týn, que todavía tiene entre sus torres el cáliz de oro (símbolo de los husitas), que después de la victoria católica se fundió para hacer el manto de la Virgen que ahora ocupa su lugar.
Continuando la vuelta a la catedral, llegamos al sepulcro de San Juan Nepomuceno, con unos recargadísimos ornamentos de plata. Este personaje fue utilizado por la dinastía Habsburgo como símbolo para recatolizar el país y eclipsar el recuerdo de Jan Hus.
Siguiendo por la derecha, llegamos al Oratorio Real, que era donde los reyes y sus hijos oían misa. Es de estilo gótico tardío. Está conectado con el Palacio Real por un pasadizo elevado que se ve desde el exterior.
A continuación encontramos la Capilla de San Wenceslao, que es la verdadera joya de la Catedral. Fue construida en el siglo XIV por orden del emperador Carlos IV para alojar el cuerpo del príncipe y santo Wenceslao, que vivió en el siglo X. Pero el hermano de Wenceslao, Boleslav, envidiaba su poder y lo asesinó cerca de una iglesia al norte de Praga.
La leyenda dice que Wenceslao pudo llegar moribundo a la iglesia y asió el picador de bronce que ahora se encuentra en la Capilla. Pronto el pueblo empezó a atribuir milagros al príncipe asesinado y finalmente, el hermano asesino se arrepintió de su crimen e hizo trasladar los restos de Wenceslao a la primitiva iglesia que se levantaba donde hoy está la catedral. Cuatro siglos más tarde, el emperador Carlos IV encargó a Petr Parléř la construcción de la Capilla. La puerta (dicen que cerrada bajo siete llaves) que hay al fondo alberga la Cámara de la Corona, donde se encuentran las joyas de la corona, que no se exponen al público.
Salimos de la Catedral y dimos la vuelta a la izquierda, rodeando la antigua Sala Capitular. Encontramos la estatua de San Jorge, que es una copia de la original, que se encuentra en la Basílica de San Jorge, en el mismo Castillo. Desde ese punto teníamos una magnífica vista de la fachada sur de la catedral, de su sistema de contrafuertes y de la torre de casi 100 metros de altura, pudiendo contemplar las ventanas enrejadas, con una “R” mayúscula (de Rodolfo II) y los dos relojes, el primero que marca las horas y el de debajo, los cuartos. Ambos son de la época de Rodolfo II.
En este patio encontramos el acceso al antiguo Palacio Real. En principio fue un sencillo castillo de madera que se construyó en el siglo IX. En el siglo XII ya se construyó el Palacio como residencia de los reyes de Bohemia. También ha sido sede de la Dieta o Parlamento. En el nivel inferior de construcción hay restos románicos. De hecho, los visitantes, lo primero que ven al entrar al Castillo es la llamada Habitación verde, que es de estilo románico, que fue una sala donde se reunían los tribunales y ahora alberga una biblioteca. Seguidamente llegamos a la magnífica Sala Vladislav, que fue construida durante el reinado del rey Vladislav (Ladislao) II Jagellón y es obra del arquitecto Benedikt Ried, que la diseñó en estilo gótico tardío. Su techo de nervaduras es realmente impresionante. Este salón se utilizó para fiestas, bailes, incluso torneos. Los caballeros accedían a este salón a través de la llamada Escalera de los Caballeros.
Desde una esquina del Salón Vladislav se abre un ala, perpendicular a éste, que lleva el nombre de Ala Ludwig, en honor al hijo del rey Vladislav. Esta zona del Palacio tiene básicamente una importancia histórica, ya que allí se produjo la segunda de las famosas Defenestraciones de Praga, en 1618, cuando dos gobernadores católicos fueron arrojados por una de las ventanas. Al parecer, los dos nobles se salvaron porque justo debajo de esa ventana había un estercolero, pero los católicos quisieron darle una explicación “divina” al hecho, y afirmaron que fue la Virgen quien salvó a los dos defenestrados. En esta ala se encontraban también las dependencias de la Cancillería.
Desde la Sala Vladislav, a la derecha, se accede a un balcón desde donde contemplar (y fotografiar) unas vistas magníficas de la Malá Strana.
A la izquierda, accedimos a la Sala de la Dieta (que era como se llamaba el Parlamento), decorada con cuadros de los antiguos reyes de Bohemia. Y con una magnífica estufa de porcelana de color verde, preciosa, típicas en los castillos y palacios de Bohemia.
Terminamos la visita al Palacio en la Sala de los Escudos de armas, saliendo del mismo por la Plaza de San Jorge, detrás de la Catedral (por el lado sur) está.
Allí se encuentra la Basílica del mismo nombre, con su exterior vistoso, de fachada roja y torres blancas. Fue la segunda iglesia más antigua del recinto del Castillo (la primera fue la rotonda de San Vito, ubicada donde hoy se levanta la Capilla de San Wenceslao, dentro de la catedral). Fue fundada en el siglo X por el príncipe Vratislav. En esta basílica se encuentra enterrada Santa Ludmila, primera mártir de Bohemia (siglo IX), viuda del príncipe Bořivoj, y que fue estrangulada por su nuera Drahomira mientras estaba arrodillada rezando. También están enterrados otros miembros de la dinastía Přemyslita, la primera familia real de Bohemia.
Su interior denota el origen románico de esta edificación, pero el gran incendio de 1142 destruyó la antigua iglesia, como ocurrió con otros muchos monumentos de la ciudad anteriores al siglo X. En el siglo XIII se añadió la Capilla de Santa Ludmila, donde reposan los restos de la mártir. La fachada que podemos contemplar en la actualidad se diseñó entre 1671 y 1691, en estilo barroco. La Capilla de San Juan Nepomuceno se encuentra incorporada a la fachada de la Basílica y es del siglo XVIII.
Nos dirigimos al Callejón Dorado o de los alquimistas (Zlatá Uličká), callejuela que debe su nombre a los orfebres que habitaron allí durante el siglo XVII. Es uno de los lugares más curiosos de Praga, por sus casitas pintadas de colores, que casi parecen de juguete. Se construyeron en el siglo XVI para los guardias del Castillo, en la época de Rodolfo II.
La leyenda dice que en esta calle vivían los alquimistas y magos que Rodolfo II había traído a su corte. Hacia el siglo XIX, las casitas fueron ocupadas por la población más pobre y marginal de Praga. A principios del siglo XX, los inquilinos intentaron rehabilitar sus casas e incluso se instalaron en ellas algunos intelectuales.
Por ejemplo, la casa número 22 fue alquilada por Ottla Kafka, la hermana preferida del famoso escritor Franz Kafka, parece que para poder encontrarse a solas con un amor más o menos clandestino, y la acabó cediendo a su hermano, que iba allí a escribir entre 1916 y 1917.
A su salida nos encontramos con la Torre Dalibor. Fue construida en el siglo XV por Benedikt Ried y tenía una función defensiva. Pronto pasó a convertirse en prisión, uso que tuvo hasta 1781. Su nombre se debe a su primer prisionero, el caballero Dalibor Kozojedi, que fue encarcelado en la torre hacia 1498. Dice la leyenda que Dalibor aprendió a tocar el violín mientras esperaba la muerte en su prisión, la música le servía de distracción, pero también conseguía mejor trato por parte de sus carceleros. La fama de las bonitas melodías que tocaba el prisionero se extendió por la ciudad y la gente se reunía al pie de la torre y le hacía llegar comida. De ahí el refrán checo “La miseria enseñó a Dalibor a tocar el violín“. Dalibor fue finalmente ejecutado al pie de la torre. La triste historia del caballero preso en la torre inspiró al músico checo Smetana la ópera Dalibor (1868).
En el interior de la torre se muestran las estancias donde los prisioneros eran torturados, lo cual, acompañado de la atmósfera un tanto tétrica que se crea al entrar en edificios de este tipo, hace que nos imaginemos lo que podía ser la vida miserable de los que allí estaban encarcelados.
Abandonamos el recinto del Castillo por la Torre Negra, construida en 1135, como parte de sus fortificaciones. Su nombre se debe al incendio que se declaró en 1541 y que, a causa del humo, la tiznó de negro durante algún tiempo. Pero antes de esto, curiosamente, era conocida como la Torre Dorada, porque la parte superior estaba cubierta de brillantes placas de plomo pintadas.
Nos adentramos entonces en los Jardines del Sur, que se fueron creando poco a poco en las laderas debajo del Castillo. Paseando por ellos se recorre la extensión total del sur del Castillo, desde la entrada principal hasta el extremo opuesto, que conecta con las antiguas escalinatas de subida al castillo. Los Jardines del Sur son, en realidad, tres jardines: el Jardín del Paraíso, el Jardín de las Murallas y el Jardín de Hartig.
Unas escalinatas nos permitieron regresar al tercer patio del Castillo para salir del recinto y dirigirnos al Loreto. Está compuesto por una iglesia, un claustro, la Santa Casa, algunos capillas y su famosísimo campanario. El Loreto de Praga fue construido en 1626 por encargo de Kateřina Lobkowicz, una aristócrata checa que deseaba promover la leyenda de la Santa Casa del Loreto en Bohemia. Según la leyenda, la casa donde el arcángel Gabriel se le apareció a la Virgen para anunciarle la concepción de Jesús era objeto de veneración entre los cristianos. Poco a poco, estos fueron llevándose trozos de la Santa Casa desde Nazaret y los depositaban en la ciudad italiana de Loreto. Otra leyenda más “atrevida” dice que los ángeles llevaron la casa completa por los aires desde Nazaret hasta Loreto a principios del siglo XIII. Otros dicen que una familia italiana, apellidada Angeli, se encargó de desmantelar la casa y depositarla en tierras italianas, de ahí la presunta intervención angélica en el traslado.
La devoción por el Loreto en tierras de Bohemia se inicia a raíz de las guerras entre católicos y protestantes a principios del siglo XVII. Durante la época de las sangrientas guerras de religión, los católicos construyeron más de 50 réplicas de la Santa Casa en Bohemia y Moravia, y la de Praga es la más grande y más importante. Ésta sería una estrategia clara de la dinastía Habsburgo y de la nobleza católica checa para “recatolizar” a los checos que profesaban ideas protestantes.
La fachada (en fase de rehabilitación en la actualidad) que da a la Plaza del Loreto fue construida entre 1721 y 1724 por Kilian Ignaz Dienzenhofer. El campanario es de 1634. Tiene un carrillón de 27 campanas que suenan cada hora. El carrillón de Loreto es protagonista de una de los centenares de leyendas que circulan sobre la ciudad de Praga. Se dice que durante la grave epidemia de peste que sufrió la ciudad a principios del siglo XVIII, una madre viuda veía como sus pequeños morían uno detrás de otro. Cada vez que moría uno de sus hijos, la madre pagaba para que las campanas del Loreto sonasen en recuerdo del niño muerto. Así sucedió hasta que murió el más pequeño y después de él, la pobre mujer. Nadie podía pagar para que las campanas tocasen en recuerdo de la desgraciada madre. Pero por intercesión de la Virgen, el carrillón sonó milagrosamente con una melodía tan hermosa que nadie nunca había oído nada igual.
En el patio del Loreto, además de la Santa Casa, contemplamos las dos fuentes que allí se encuentran: la de la Ascensión y la de la Resurrección, ambas de 1740. En el interior de la Santa Casa se pueden contemplar diversos cuadros que describen episodios de la vida de la Virgen y una talla de madera del siglo XVII.
Dedicamos unos minutos a dar un paseo por el claustro. La galería de la planta baja alberga varios altares y capillas. La más famosa es la de Santa Liberata. Es una mártir de origen español, que lleva un vestido hecho de reales y luce una barba auténtica. Se dice que el padre de Liberata la quería casar con un muchacho que no era cristiano. Ella pidió a Dios que hiciese algo que la liberase de aquel compromiso, así que Dios la escuchó e hizo que le creciera barba.
Después pasamos a la Iglesia de la Natividad y de Jesucristo, construida entre 1734 y 1737 y posteriormente visitamos el Tesoro, que se conserva en el primer piso del claustro. Contiene más de 300 piezas que forman una respetable colección de orfebrería de los siglos XVII y XVIII. Pero la joya entre las joyas es la custodia de diamantes llamada El Sol de Praga, que fue realizada en Viena entre 1696 y 1699. Tiene forma de sol del cual salen rayos formados por más de 6.000 diamantes.
Bajamos a la Malá Strana en tranvía. Su plaza fue fundada en 1227 y la mayoría de las casas que la rodean son, en origen, del periodo medieval, aunque todas se fueron reconstruyendo a lo largo del tiempo en estilo renacentista y barroco. Está dividida en dos partes, una más baja y otra más alta, ya que se adapta al desnivel del terreno, que empieza a elevarse en lo que es la colina del Castillo. La Iglesia de San Nicolás, la joya del barroco praguense, es el edificio que divide la plaza. Y fue nuestro siguiente objetivo antes de comer.
Fue construida durante la primera mitad del siglo XVIII por Kristof Dientzenhofer y por su hijo Killian Ignaz Dientzenhofer. Padre e hijo formaban una familia de arquitectos muy famosos de los siglos XVII y XVIII. La iglesia fue finalizada por su yerno, Anselmo Lurago. En el interior de la iglesia destaca la cúpula y las pinturas al fresco que la decoran. Esta cúpula, de más de 50 metros de altura, es el espacio interior más elevado de Praga, aunque dejamos su ascensión para otra visita a la ciudad.
También el fresco de la nave principal, obra de J. L. Kracker, representando a San Nicolás; el púlpito barroco; las estatuas de los Padres de la Iglesia que rodean la nave central, obra de F. Platzer; el órgano (que llegó a tocar Wolfgang Amadeus Mozart), el altar mayor y las capillas laterales y las pinturas que las decoran, obra de Karel Škréta.






























































