El valle de Pineta nos recibió con un silencio frío, casi afilado, de ese que solo se encuentra en los rincones hondos de los Pirineos. Habíamos llegado en pleno verano, pero allí, en el Camping Pineta, encajado entre paredes inmensas y bosques de aguja perenne, el calendario parecía otra cosa. Al caer la tarde, el aire se volvía tan fresco que costaba creer que a pocos kilómetros, en el valle, la gente buscara sombra. En la montaña, todo es diferente; también el verano.
Instalar la tienda fue casi una ceremonia. Mientras clavábamos las piquetas, las cumbres se teñían de rosa y las sombras crecían deprisa. Había algo profundamente reconfortante en sentir el frío temprano, la hierba húmeda, el olor constante a pino negro. Era un recordatorio amable pero firme de que allí éramos visitantes, invitados de la montaña.
Una mañana subimos por la estrecha carretera hacia el Parador de Monte Perdido, un edificio que parece resistir la intemperie desde otro siglo, como una atalaya sobre el valle. Desde su mirador contemplamos por primera vez las cascadas del río Zinca, un desplome de agua que rasga la roca en múltiples hilos blancos, brillando bajo el sol.
No imaginábamos entonces que, tan cerca de nosotros, se escondía la ruta hacia los Llanos de La Larri, uno de los tesoros del valle. Pasarían años y varios viajes antes de volver para descubrir aquel sendero que, sin saberlo, habíamos tenido al alcance de la mano. A veces los lugares más bellos del viaje son los que quedan pendientes.
Otro día decidimos cruzar la frontera por el túnel de Bielsa, una obra de ingeniería que perfora literalmente la montaña y que, en cuestión de minutos, nos dejó en un paisaje distinto. Francia nos recibió con pastos verdes, caseríos de piedra oscura y un aire húmedo que olía a hierba fresca. Yo, aficionado al ciclismo desde siempre, tenía una intención secreta: subir, aunque fuese en coche, alguno de los puertos míticos del Tour de Francia, esos nombres que de niño había escuchado cientos de veces en las narraciones de radio y televisión.
Comenzamos por el Col d’Aspin, un ascenso amable, flanqueado por colinas suaves y vacas que parecían ajenas a la épica ciclista. Pero luego llegó el Col du Tourmalet, el gigante. Solo el nombre ya imponía. La carretera serpenteaba por un paisaje más duro, más mineral, con pendientes que parecían hechas para poner a prueba a los héroes del ciclismo.
Subirlo fue una mezcla de emoción infantil y respeto silencioso. Había algo profundamente simbólico en coronar aquel puerto, aunque el esfuerzo lo hiciera el coche y no nuestras piernas.
Con tiempo aún por delante, seguimos hasta Lourdes, casi como quien decide alargar una historia porque aún no quiere que termine el día. La visita a la famosa gruta fue breve, pero el lugar tenía un tipo de silencio diferente al de la montaña: más íntimo, más recogido. Entre el murmullo de peregrinos y el sonido constante del agua, todo parecía estar hecho de una calma antigua.
Aquella primera etapa de nuestro viaje quedó grabada como una mezcla de frío inesperado, paisajes poderosos, carreteras míticas y descubrimientos aplazados. En Pineta y sus alrededores aprendimos que la montaña no se entrega del todo en la primera visita. Siempre guarda un secreto más, un sendero que espera su momento, una experiencia que revela cuando uno está listo para vivirla.





























