Añisclo, Aigüestortes 1994 (2)

Aquel día, cuando llegamos al Aparcamiento de San Úrbez, sentimos de nuevo esa mezcla de expectación y respeto que siempre nos han provocado los Pirineos. Era ya nuestra tercera visita juntos a estas montañas, y sin embargo seguían sorprendiéndonos como la primera vez: siempre había un rincón nuevo, un valle recóndito o un sendero que parecía haber estado esperándonos desde hacía años.

El punto de partida, escondido al final de la sinuosa carretera HU‑631 que asciende desde Escalona, imponía desde el primer momento. Las curvas estrechas, la visibilidad limitada y los tramos donde apenas cabían dos vehículos nos recordaban que estábamos entrando en un territorio agreste, moldeado por la roca y el agua durante milenios.  Es aquí donde arranca la red oficial de senderos del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, la puerta de entrada al salvaje Cañón de Añisclo.

Nada más comenzar a caminar, el sonido del río Bellós nos acompañó como un guía invisible. Sus aguas frías y cristalinas corrían encajonadas entre paredes calizas, formando reflejos turquesa y esmeralda que cambiaban con cada giro del cauce. El aire era húmedo, impregnado del olor de la vegetación que prospera a la sombra del desfiladero. Helechos, musgos y líquenes se aferraban a las rocas, mientras hayas y bojes formaban un dosel verde que tamizaba la luz. Esta extraña convivencia de especies atlánticas y mediterráneas, propia del cañón, lo hacía sentir como si camináramos por un bosque de otro tiempo.

De vez en cuando, levantábamos la vista y distinguíamos siluetas majestuosas sobrevolando las paredes: quebrantahuesos y buitres leonados, eternos dueños del cielo pirenaico, giraban en círculos aprovechando las corrientes térmicas. Eran la confirmación silenciosa de que el valle seguía siendo un refugio natural casi intacto.

El sendero nos condujo hacia el Puente románico de San Úrbez, un paso estrecho que se alza sobre un tramo especialmente encajonado del Bellós.  Desde allí, un breve ascenso nos llevó a la Ermita de San Úrbez, excavada parcialmente en la roca. La pequeña construcción parecía mimetizarse con la montaña, como si formara parte de ella desde el origen del cañón. Mientras observábamos la cueva que albergó al eremita, el rugido lejano del río seguía marcando el ritmo del paisaje, un recordatorio constante de que el agua era la auténtica escultora de aquel mundo pétreo.

Al dejar atrás la ermita, el sendero se adentra en un tramo boscoso especialmente húmedo, donde el Bellós alterna pequeñas cascadas con pozas profundas de un azul casi sobrenatural.  El sol apenas penetraba entre las ramas, y el ambiente fresco y umbrío hacía que cada paso se sintiera como parte de un túnel vegetal. Caminábamos acompañados por el rumor del agua, los crujidos suaves del bosque y el eco lejano de las paredes del cañón.

Finalmente, tras un tramo en el que la senda serpentea siguiendo fielmente el cauce del río, el paisaje se abrió en un espacio amplio y luminoso: La Ripareta.  Fue como llegar a un claro secreto tras un largo pasaje sombrío. El Bellós discurría allí con calma, formando meandros suaves y pequeñas playas de grava donde el agua brillaba tranquila. Era imposible no probar sus frías aguas…

Las praderas sustituían al bosque denso, y el cielo se veía amplio por primera vez desde el inicio de la ruta. Nos detuvimos un buen rato, escuchando el murmullo del río y observando cómo las rapaces continuaban surcando las alturas. Era uno de esos lugares donde resulta difícil no quedarse a vivir, aunque sea unos minutos más.

Desde La Ripareta, el sendero asciende suavemente hacia Fuen Blanca, uno de los enclaves más espectaculares del cañón.  El bosque queda atrás y el paisaje empieza a transformarse en alta montaña: praderas abiertas, cascadas múltiples y barrancos que confluyen en un anfiteatro natural repleto de sonido y movimiento. Aquí, el río Bellós muestra toda su fuerza, alimentado por manantiales y deshielos que descienden desde las alturas. Los saltos de agua resuenan en las paredes, formando un eco profundo que impregna el valle.

Avanzar por este tramo es sentirse en el corazón vivo del Cañón de Añisclo: las praderas vibran con la luz, los arroyos se precipitan en terrazas calcáreas, y el aire parece cargado de la energía del agua que ha dado forma a este lugar durante siglos. Con la llegada a Fuen Blanca, la ruta revelaba uno de sus puntos culminantes: un cruce natural de caminos, de aguas y de paisajes que reúne todo lo que hace del Añisclo un paraje único.

Y mientras contemplábamos aquel escenario poderoso, recordamos que éste era ya nuestro tercer viaje a los Pirineos, y aun así seguíamos descubriendo rincones capaces de dejarnos sin palabras. Era como si cada visita nos permitiera asomarnos un poco más al alma de estas montañas, siempre salvaje, siempre nueva, siempre inesperada. No sería la última…

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