Dejamos el Pirineo aragonés para trasladarnos al catalán. De Bielsa a Taüll, un encantador pueblecito de casas de piedra situado en un entorno natural pirenaico de primer orden, una población que tiene el sello «Poble amb Encant» que otorga la Agencia Catalana de Turismo, por su atractivo y belleza, junto con once localidades catalanas más. Además, ha sido escogido para representar a Catalunya en la red de pueblos con encanto europea Charming Villages.
En Taüll, en pleno corazón de la Vall de Boí, las montañas parecen vigilar un legado que lleva casi mil años resistiendo el paso del tiempo: las iglesias románicas de Santa María y Sant Climent, dos templos que nacieron con apenas un día de diferencia, en diciembre de 1123, y que hoy continúan dialogando en silencio con el viajero que se adentra en el pequeño pueblo de piedra y madera.
La iglesia de Sant Climent, consagrada el 10 de diciembre de 1123 por el obispo Ramon Guillem, se levanta sobre un templo anterior del siglo XI. Es el modelo perfecto de la arquitectura románica lombarda: planta basilical de tres naves, cabecera con tres ábsides semicirculares y un campanario esbelto que es uno de los símbolos más reconocibles de todo el románico catalán.
El interior, sobrio y armónico, custodia fragmentos de pintura mural original, que hoy conviven con un videomapping que permite contemplar, de forma fidedigna y emocionante, cómo lucía el Pantocrátor de Taüll, la imagen más emblemática del románico catalán, cuyo original se conserva en el MNAC. Esta proyección no es un simple recurso visual: es una puerta al siglo XII que ilumina la iglesia tal como fue concebida, devolviendo al visitante la intensidad de un arte que nunca estuvo pensado para el silencio del tiempo.
La Unesco declararía el conjunto románico de la Vall de Boí Patrimonio de la Humanidad años más tarde, en el año 2000, reconociendo en Sant Climent una obra cumbre de este estilo arquitectónico.
A menos de cien metros, ascendiendo apenas un pequeño tramo del núcleo antiguo, aparece la iglesia de Santa María, consagrada el 11 de diciembre de 1123, solo un día después que Sant Climent. También de planta basilical y con tres naves rematadas por ábsides, este templo se sitúa en el centro del pueblo y combina una estructura del siglo XII con una torre aún más antigua, probablemente del siglo XI, que conserva rasgos lombardos en su construcción.
A lo largo de los siglos, Santa María sufrió numerosas transformaciones: bóvedas añadidas, capillas laterales, cambios litúrgicos… Pero en la década de 1970 se emprendió una restauración destinada a recuperar, en la medida de lo posible, su aspecto medieval. Aun así, sigue siendo un edificio vivo, donde se percibe la superposición de épocas, usos y manos que fueron cambiando la iglesia según las necesidades de la comunidad. En su interior sobreviven también restos de pintura románica, menos espectaculares que los de Sant Climent, pero igualmente reveladores del esplendor artístico que tuvo el valle en el siglo XII.
Ambas iglesias, tan próximas, tan diferentes, resumen la historia de un territorio que vivió un periodo de prosperidad durante la Edad Media gracias a los señores de Erill, mecenas de buena parte del patrimonio que hoy admiramos. Sus campanarios dominan aún el pequeño caserío, y cuando el sol cae sobre los Pirineos y la luz acaricia la piedra, es fácil imaginar cómo, hace casi nueve siglos, estos templos ya marcaban la vida cotidiana de los habitantes de Taüll.
Visitar Santa María y Sant Climent no es solo un ejercicio de admiración artística: es entrar en contacto con uno de los paisajes culturales mejor conservados de Cataluña, donde la arquitectura rural, las montañas y el silencio parecen haberse puesto de acuerdo para preservar intacta una belleza que ha sobrevivido a casi todo.

























