12 de agosto. Amanecía un soleado día en el Sobrarbe. Desde la habitación se contemplada un bonito amanecer sobre la Peña Montañesa. Eso sí, a una hora más prudencial que en Praga o Budapest.
Desayunamos pronto y cogimos el coche en dirección primero a Bielsa y después al Parador del Monte Perdido.
Tras dejar el coche en el parking de la Pradera de Pineta (situado a la cota 1.280 m) tomamos la pista que en suave ascensión nos llevó en unos 45 minutos hasta el puente sobre el río Cinca, situado a la cota 1.420 m. Durante este tramo del recorrido de unos dos kilómetros y un desnivel de 140 m, pudimos ir contemplando las numerosas cascadas que se precipitan por el Circo de Pineta, como las cascadas del Barranco de la Tormosa, y que desembocan en el río Cinca, eje central del Valle de Pineta.
Proseguimos el recorrido por la pista en dirección a los Llanos de La Larri. La pista discurría cómodamente a la sombra de hayedos y con apenas desnivel. Pronto llegamos a las cascadas del Barranco de Montaspro y algo más adelante al puente y cascadas del puente sobre el Barranco de La Larri.
Continuamos por la pista hasta llegar a una valla ganadera desde donde el camino comienza decididamente a ganar altura hasta llegar a los Llanos de La Larri, una extensa y verde pradera de más de 1,3 kilometros de longitud y una anchura media de 300 m.
Teníamos una panorámica general del antiguo circo glaciar de Pineta (la última glaciación cuaternaria fue hace sólo unos 10.000 años). La misma zona de la Larri constituye un antiguo valle glaciar colgado. Los valles, hoy en día, aparecen muy retocados por la acción fluvial, aunque todavía se pueden observar morfología típicas en «U», hombreras glaciares y depósitos morrénicos.

Desde La Larri y hacia el Suroeste, pudimos ver el glaciar relicto (en realidad se trata de un pequeño circo de nieves perpetuas), ya en los confines del Parque Nacional de Ordesa y de Monte Perdido. También pudimos observar la complicada tectónica del lugar, con pliegues y fallas que afectan a los relieves alpinos («de la orogenia alpina», y desarrollada durante el terciario).

Este punto constituye un buen mirador desde el que observar las paredes de Pineta y sus picos cimeros (las Tres Marías), el collado de Añísclo, el macizo de las Tres Sorores o Monte Perdido y el puerto de la Lera.
Recorrimos los llanos tranquilamente hasta el fondo del valle, en donde las aguas del barranco de La Larri, provenientes de los lagos de la Munia rompen en varias cascadas que merece la pena contemplar.
Como valores naturales de esta ruta cabe destacar el interesante hayedo pirenaico, caracterizado por la abundancia de elementos botánicos de carácter pirenaico. En estos parajes, unos botánicos ingleses descubrieron en 1979 una preciosa orquídea llamada «zapatito de dama» (Cipripedium calceolus) de la que se creía desaparecida de nuestra flora. Esta planta está considerada como amenazada y tan sólo se ha localizado en los Pirineos dentro de los valles de Ordesa, Tena y Pineta.
Decidimos no regresar a la Pradera de Pineta por la pista por la que ascendimos y, una vez sobrepasada la Cascada de La Larri, tomamos una senda a la izquierda que descendía paralela al salto de agua.
Se trata de un sendero serpenteante y empinado (más estrecho y con un desnivel más pronunciado que por el otro recorrido), aunque más espectacular. El sol se filtra entre los árboles y el brillo del agua adquiere más relevancia.

Mientras descendíamos nos encontramos con los diferentes y espectaculares saltos de agua. Poco a poco el sino del agua se hace más intenso y la bajada gana en intensidad para todos los sentidos. Los hayedos, las rocas y el agua hacen que el esfuerzo sea más llevadero.
Hora de comer. Paramos en Bielsa, pero al final decidimos volver a Aínsa, comiendo de nuevo en un restaurante de la Plaza Mayor. Ni gota de agua. A cambio, un sol de justicia y un calor al que llevábamos acostumbrados todo el verano.
A pesar de la hora, decidimos terminar de ver Aínsa, comenzando por el Castillo Fortaleza. La parte más antigua de este es la Torre del Homenaje, construida sobre restos árabes en el s XI y rodeada de un recinto amurallado donde se refugiaban los habitantes de la villa en caso de peligro.
El primitivo recinto fue sufriendo diversos cambios a lo largo de los siglos. El aspecto actual de la fortaleza responde a la política de fortificación de Felipe II (siglo XVII) y sigue los mismos criterios que la Ciudadela de Jaca. Para su construcción se derribaron unas 70 casas del extremo occidental del pueblo.
En el interior los muros están reforzados por arquerías elevadas con arcos de medio punto, de evidente sabor románico a pesar de datar del siglo XVII y, cuya función es la de sostener el Paseo o Camino de Ronda. La única puerta da a la Plaza Mayor, que hasta no hace muchos años estaba precedida por un foso, ahora cegado, que se salvaba mediante el correspondiente puente levadizo.
Hoy en día, en la Torre del Homenaje se encuentra el Eco-museo o Albergue de la fauna; en la torre noreste la Oficina Comarcal de Turismo y en la torre sureste El Centro de interpretación del Geoparque de Sobrarbe.
Visitamos a continuación la Iglesia de Santa María de Aínsa, cuya construcción data de finales del siglo XI y mitades del siglo XII, puesta bajo la advocación de Santa María. Claro ejemplo del románico del Alto Aragón, destaca por su sobriedad decorativa.
Es un templo de una nave de planta rectangular, dividida en tres tramos por sencillas pilastras adosadas a la pared, terminada en su cabecera por un ábside semicircular y a sus pies se sitúa el coro alto, al que se accede desde la torre. En el altar hay empotrado un crismón del siglo XI, procedente de la Iglesia de San Salvador, una talla románico-gótica del siglo XIV de la Virgen, dorada y policromada que aparece sedente, con el Niño sentado en sus rodillas, ambos coronados y en actitud de bendecir. Esta talla procede del pueblo de Tricas.
La portada principal, en el muro meridional, está compuesta por 5 arquivoltas sobre cuatro parejas de columnas, capiteles y basas decoradas de manera arcaica. Se da la circunstancia que alguno de ellos presenta un grupo de letras en posición invertida que, en conjunto, formarían una leyenda que no ha podido descifrarse; posiblemente fueran basas de un templo anterior, seguramente del siglo XI, y que fueron reutilizadas como capiteles al construirse éste. Sobre la portada hay empotrado un pequeño crismón.
Bajo el ábside hay una cripta que sirve para salvar el desnivel del terreno, descubierta durante la restauración del templo, con 18 columnas, de las cuales 6 son exentas y 12 adosadas al muro; algunos de estos capiteles ha sido renovados y llevan una “R” grabada. Las bóvedas, totalmente arruinadas, han sido rehechas en su totalidad y hoy son de arista, a partir de hormigón armado y ladrillo.
Adosado a la iglesia encontramos el claustro, de planta irregular, con tres lados románicos y dos góticos, datados en los siglos XIV-XV.
Y a los pies está la torre, fechada en el siglo XI. Tenía doble función religioso-militar dado su óptimo emplazamiento y su considerable altura (30 m), que la hacen excepcional para su época. Adopta la forma de un prisma cuadrado, con muros de más de un metro de espesor. Interiormente se halla dividida en cinco cuerpos que no se señalan en el exterior, pues las cuatro impostas que en él se advierten son meramente decorativas y no se corresponden con la separación de dichos cuerpos.
Realizadas las compras de rigor de productos típicos de la zona, regresamos al hotel. Quedaba tiempo para bajar a la piscina y relajarse del esfuerzo realizado durante el día. Aunque la idea original era cenar en Boltaña, la comida había sido copiosa y decidimos picar algo en el propio hotel.






























































