Junio de 2022 llegó como un soplo de aire cálido, anunciando el verano con esa luz que estira los días y pone en marcha los planes largamente guardados. May y yo emprendimos un viaje que, aunque breve, tenía algo de celebración íntima, de escapada merecida tras semanas intensas. Valencia y Denia serían nuestras coordenadas, pero en realidad buscábamos algo más esencial: disfrutar, desconectar y dejarnos llevar.
Después de instalarnos en el Sea You Hotel Port València, fuimos a visitar a nuestra sobrina Aramar. Allí nos recibieron Mario y Paula con la alegría espontánea que solo los niños tienen. Aquel rato fue un pequeño regalo: risas, carreras por la casa, historias contadas a medias, la lógica peculiar y maravillosa de dos pequeños descubriendo el mundo.
Por la noche, Simply Red. Y lo que no esperábamos: primera fila. Las entradas que habíamos comprado sin demasiada expectativa resultaron ser insuperables. Cuando Mick Hucknall salió al escenario, la cercanía era tal que podíamos ver incluso los gestos más mínimos. Y entonces, el instante inolvidable: el guiño de Mick a May, en plena canción, en la víspera de su cumpleaños. Un momento único que convirtió aquella noche en algo irrepetible.
A la mañana siguiente nos dirigimos a Denia. Queríamos, por fin, comer en el restaurante de Quique Dacosta, aunque la falta de reserva complicaba el plan. Pero la suerte nos acompañó: conseguimos mesa para la comida. Una sorpresa que marcó el día con un brillo especial.
En el Hotel Boutique Villamor, un lugar acogedor y tranquilo, aún tuvimos tiempo para un baño relajante en la piscina. El agua templada, la luz suave, el silencio… era como si todo quisiera prepararnos para lo que venía.
La comida en Dacosta fue extraordinaria. Cada plato era un pequeño mundo, una sucesión de sensaciones que combinaban memoria, innovación y belleza. Comimos despacio, mirando, comentando, descubriendo. Fue una experiencia que dejaba huella. ¡¡Nuestro primer tres estrellas!!
Pero el verdadero regalo del día llegó después: la tarde en la playa, una de esas que parecen suspendidas fuera del tiempo.
Salimos del restaurante con una mezcla de satisfacción, ligereza y esa suave somnolencia feliz que solo dejan las comidas memorables. Decidimos ir directamente al mar, como si el cuerpo supiera que necesitaba un escenario amplio para terminar de digerir tantas sensaciones.
La playa nos recibió casi vacía, como reservada para nosotros. El sol, en su tramo más amable, pintaba la arena de tonos dorados. El Mediterráneo estaba sereno, con un movimiento apenas perceptible, como respirando lentamente.
Extendimos las toallas y nos tumbamos, dejando que el silencio, un silencio con sonido de olas, que es el mejor de todos, nos envolviera. No hacían falta palabras. La brisa, cálida pero suave, nos acariciaba como si quisiera completar el trabajo iniciado en el restaurante: relajarnos por completo.
Nos bañamos (me bañé) despacio, sin prisas, dejando que el agua nos sostuviera.Había algo casi terapéutico en aquella calma: el mar templado, suspendido alrededor; la luz que se reflejaba creando destellos imprevisibles; el contraste entre la intensidad emocional del concierto, la exuberancia gastronómica de Dacosta y la absoluta sencillez de aquel momento.
Fue una tarde larga, dilatada, una de esas en las que uno siente que el tiempo, por una vez, decide dejar de correr. Charlamos de todo y de nada, caminamos por la orilla, dejamos que las olas nos mojaran los pies. El sol bajaba lentamente, tiñendo el horizonte de colores suaves. Había una armonía difícil de describir, como si el día quisiera regalarnos un epílogo perfecto.
Esa tarde en la playa, serena y luminosa, cerró el círculo de un día impecable. No era un gran acontecimiento, no había épica, pero tenía algo más poderoso: la certeza de estar donde queríamos estar, con quien queríamos estar.
Al día siguiente, iniciamos el camino de vuelta, pero hicimos la Ruta del pantano de Relleu. La pasarela, el paisaje abrupto, el silencio profundo… ofrecieron un contraste magnífico. Naturaleza en estado puro para cerrar un viaje que había ido acumulando momentos perfectos.
Aquel fin de semana se convirtió en una cadena delicada de instantes intensos: la energía de Mario y Paula, el concierto en primera fila, el guiño de Mick Hucknall, la comida soñada, la serenidad del mar, la belleza de la naturaleza antes de volver a casa, y la belleza continua y permanente de May. Un viaje corto, sí, pero tan lleno de matices que todavía hoy continúa brillando.






























