Barcelona 2007 (1)

Aquel verano de 2007 se nos quedó grabado como una apertura lenta de ventanas después de mucho tiempo viviendo con las persianas medio bajadas. Habíamos pasado años dedicados por completo a nuestra hija, y notábamos desde hacía tiempo que necesitábamos un respiro, una escapada en la que recuperáramos no solo el viaje, sino la sensación de estar juntos sin las interrupciones constantes del día a día. Recargar baterías para continuar en la brecha.

La oportunidad apareció casi por casualidad, como suelen aparecer las cosas importantes. Juan Carlos, siempre desprendido, nos prestó su Renault Laguna, recordándonos con humor que nuestro Opel Kadett llevaba tiempo pidiendo la jubilación anticipada. Cogimos la carretera y, conforme el paisaje cambiaba, sentí que se rompía algo dentro, una especie de tensión acumulada que por fin encontraba una grieta para escapar. Íbamos hacia Barcelona, y aunque el destino era atractivo, el verdadero viaje era interno.

El Hotel Husa Arenas nos esperaba como una base segura desde la que comenzar esta pequeña aventura. Apenas habíamos dejado las maletas cuando sonó el teléfono. Era Valentín, avisando de que ya estaba muy cerca. Su llamada me provocó una sensación cálida: no era solo un amigo, era alguien muy especial para nosotros, un arquitecto brillante, generoso hasta la exageración, que se había volcado de lleno años atrás en la redacción de un proyecto arquitectónico para la asociación de la que éramos miembros. Desde entonces, nos unía una mezcla curiosa de agradecimiento profundo, complicidad y cariño. De verdadera amistad.

Apareció en el hotel con la naturalidad de quien llega a un lugar que conoce de memoria. Con su manera elegante, sin artificio alguno, nos propuso ir directamente al mar. Se puso al volante de su Alfa Romeo con su emblemática tonalidad de color rojo. El coche donde parecía fundirse con la ciudad, y nos llevó hasta el Puerto Olímpico, que a esa hora tenía una luz casi líquida. El viento arrastraba olor a sal, la superficie del agua tintineaba con los reflejos de los barcos, y nosotros avanzábamos por el paseo con esa especie de alegría tranquila que solo aparece cuando uno empieza a recordar quién era antes de las obligaciones.

La cena en el Restaurante Agua fue mucho más que una cena. No recuerdo los platos porque lo verdaderamente importante fue cómo se desarrolló la velada. La mesa estaba a escasos metros del mar, casi al alcance de la espuma. La luz era tenue, cálida, y el ambiente suave como una conversación entre viejos amigos.

Hablamos de la ciudad, de nuestros últimos meses, de los avatares de la asociación. Valentín nos contaba anécdotas de su trabajo, de concursos, de detalles constructivos que recordaba con pasión contagiosa. Siempre nos fascinó esa combinación en él: la precisión del arquitecto con la sensibilidad de un artista.

Al final de la cena, pedimos una tabla de quesos y la acompañamos de un vino excelente. Recuerdo perfectamente la armonía del conjunto: el sabor, el rumor del mar, la compañía. Fue un final perfecto para una noche que marcaba el verdadero comienzo del viaje.

Después, aún con el paladar acariciado por el vino, nos llevó a un local de ambiente íntimo, completamente tapizado en rojo. Recuerdo entrar y sentir que el tiempo se había vuelto más lento, como si el color absorbiera el ruido del mundo exterior.

Pedimos unas cervezas y hablamos largo rato, riendo, recordando historias, escuchando las suyas. Era una de esas noches en las que la amistad resplandece sin necesidad de grandes gestos. Y mientras regresábamos al hotel, tenía la sensación de que este viaje iba a marcar un antes y un después.

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