Añisclo, Aigüestortes 1994 (y 4)

Hay rutas que se caminan y otras que se viven. El itinerario que lleva desde el Planell d’Aigüestortes hacia el Portarró d’Espot, pasando por los lagos Llong y Redó, pertenece sin duda a esa segunda categoría: un recorrido que no solo avanza por el paisaje, sino que lo respira, lo saborea y lo guarda en la memoria. Fue allí donde May y yo descubrimos que en las montañas los silencios dicen más que las palabras.

La mañana se despertaba fría y clara en el valle de Sant Nicolau, un lugar donde las aguas se retuercen con paciencia antigua formando meandros, canales y humedales que parecen pintados a mano. Caminamos por las pasarelas de madera mientras el sonido del agua nos acompañaba sin prisa.

Los pinos negros, altos y solemnes, filtraban la luz en destellos dorados que iban cambiando a cada paso. Avanzar por ese paisaje era como caminar dentro de un susurro: todo suave, todo vivo.

El bosque se abrió de repente para dejarnos ver el Estany Llong, estirado como una cinta plateada entre las montañas. Un lago que obliga a detenerse, a respirar más despacio y a mirar cómo las nubes se reflejan en la superficie como si la naturaleza jugara a duplicar el mundo. Nos sentamos un momento junto a la orilla; el agua estaba quieta, el aire también. Era como si el tiempo hubiera hecho una pausa para escucharse a sí mismo.

Volvimos al sendero, ahora más abierto y alpino, donde los prados reemplazaban al bosque y las montañas parecían acercarse. El camino nos condujo hasta el Estany Redó, pequeño, redondo y transparente, un lago que no necesita grandeza para ser inolvidable. Su serenidad lo llenaba todo, como si guardara un secreto.

Desde ese punto el sendero perdía definición, se hacía tímido entre hierba y roca, y caminábamos siguiendo más la intuición que las marcas. Pero la dirección era evidente: la subida hacia el Portarró. El tramo final era exigente, aunque nunca hostil; una cuesta que obligaba a respirar hondo y que regalaba, paso a paso, una sensación creciente de altura y apertura.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, llegamos al Portarró d’Espot, ese balcón natural que une dos mundos. A nuestras espaldas, el valle de Sant Nicolau se extendía entero, con el Estany Llong brillando como un fragmento de luz atrapado entre montañas.

Frente a nosotros, el paisaje descendía hacia la cuenca del Estany de Sant Maurici, dominada por la figura inconfundible de Els Encantats, esas agujas de granito que parecen salir directamente del cielo. Allí arriba, el viento soplaba distinto, más frío, más limpio, como si viniera cargado de historias antiguas.

El regreso nos llevó por el sendero más directo, bajando hacia la pequeña cabaña del Portarró y adentrándonos de nuevo en el bosque. Pasamos junto al Pino de Peixerani, un gigante que ha visto pasar siglos, pastores, nevadas y caminantes, siempre inmóvil, siempre atento.

Poco a poco la pendiente se suavizó, el rumor del agua volvió a llenar el aire y el valle de Aigüestortes nos recibió con la misma calma con la que nos había despedido al empezar. El círculo se cerraba, como si la naturaleza sellara la jornada con un gesto silencioso.

Fueron diecisiete kilómetros y medio de montaña en estado puro: bosques, lagos glaciares, prados alpinos y panorámicas que explican por qué este parque es uno de los lugares más especiales de los Pirineos. Un recorrido exigente pero accesible, perfecto para quienes disfrutan caminando y dejándose sorprender.

Y sobre todo, un día para recordar que hay senderos hechos para llegar a un destino… y senderos diseñados para quedarse contigo. Eso sí, procura que el calzado esté bien amoldado a tus pies para recorrer estos majestuosos pero exigentes senderos.

Esta entrada fue publicada en 1994, Añisclo, Aigüestortes, Senderismo, Viajes, Viajes por España. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario