Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar 2026 (y 3). Terraza Carmona 🌞

Volver a Vera siempre me ilusiona. Es como abrir una puerta que lleva años cerrada y descubrir que el aire sigue oliendo igual: a comienzos, a ilusión, a ese vértigo dulce del primer destino de trabajo. Allí aprendí, me equivoqué, crecí… y, con el tiempo, he terminado mirando todo aquello con un cariño que no se desgasta.

En ese mapa de recuerdos hay un lugar que brilla con luz propia: la Terraza Carmona. Alli pasé tardes de cañas y tapas con los compañeros, conversaciones que empezaban hablando de trabajo y acababan en risas y planes que nunca sabíamos si cumpliríamos. Ese rincón fue refugio, celebración y pausa necesaria.

Esta vez, la vuelta tuvo un significado distinto. Me senté a la mesa con May, con quien en pocos días celebro nuestro 33° Aniversario. Y de pronto, el regreso no fue solo nostalgia: fue un cruce de tiempos. El que fui, recién llegado a Vera, se encontró con el que soy ahora, acompañado de la misma persona que ha estado a mi lado en cada etapa, en cada cambio, en cada celebración.

Comer allí con May fue como cerrar un círculo. El pasado y el presente se dieron la mano, y yo pude mirar todo lo vivido con una gratitud serena: por lo que aprendí, por lo que quedó atrás y, sobre todo, por lo que sigo compartiendo con ella.

Para la ocasión elegimos el menú degustación «El Portalón», una propuesta concebida como un recorrido por los sabores, los productos y la identidad culinaria de Almería.

La experiencia comenzó con un guiño a la huerta almeriense a través de una delicada crema fría de tomate acompañada de jamón reserva de Serón. Un aperitivo sencillo en apariencia, pero capaz de resumir dos de los grandes tesoros gastronómicos de la provincia: la extraordinaria calidad de sus hortalizas y la tradición charcutera de la Sierra de los Filabres.

La primera sorpresa llegó con la tortillita de chanquete y algas fritas. Ligera y crujiente, ofrecía un interesante contraste entre el sabor marino de los pequeños peces y los matices salinos de las algas. Un bocado que conectaba directamente con el Mediterráneo y que preparaba el paladar para una sucesión de platos donde el producto local sería el auténtico protagonista.

Entre los clásicos de la casa destacó el rosco de pulpo al ajillo con espinacas salteadas, una elaboración que demuestra cómo la cocina tradicional puede mantenerse vigente cuando se trabaja con técnica y respeto por la materia prima. El pulpo aparecía tierno y jugoso, perfectamente integrado con los aromas del ajo y el contrapunto vegetal de las espinacas. La berenjena rellena de anchoas y gambas constituyó otro de los momentos destacados del menú. La combinación de la suavidad de la berenjena con la intensidad de las anchoas y el dulzor natural del marisco daba lugar a un plato equilibrado y profundamente mediterráneo, heredero de una cocina que históricamente ha sabido unir huerta y mar en una misma elaboración.

Uno de los aspectos más interesantes del menú fue el apartado denominado «Cocina con raíces», una degustación de recetas tradicionales almerienses que reivindica el patrimonio culinario de la provincia. Más allá del valor gastronómico de los platos, esta propuesta permite comprender la estrecha relación existente entre la cocina popular, el territorio y la historia de sus habitantes.

La sección dedicada al litoral almeriense alcanzó un nivel sobresaliente con el lomo de gallo Pedro horneado al aroma de Jerez, acompañado por tallarines de calamar, gamba roja y alga codium. El pescado, delicado y perfectamente cocinado, se enriquecía con un conjunto de matices marinos que aportaban profundidad sin eclipsar al protagonista. Se trataba de un plato elegante, técnicamente muy bien ejecutado y representativo de la cocina mediterránea contemporánea.

Tras un refrescante sorbete de cítricos, concebido como transición entre los sabores marinos y los platos de carne, llegó la propuesta procedente de las dehesas andaluzas: pluma ibérica cocinada a baja temperatura con setas silvestres y trufa. La textura melosa de la carne y la intensidad aromática de la trufa componían un final salado contundente y refinado, donde la larga cocción permitía apreciar toda la calidad del producto.

El apartado dulce mantuvo el nivel del resto del menú. La célebre Tarta Borracha de la casa, vinculada a antiguas recetas transmitidas por los Padres Mínimos, aportaba una interesante dimensión histórica a la experiencia gastronómica. Junto a ella, el bizcocho de dátiles y el buñuelo de chocolate con frutas naturales ofrecían un cierre equilibrado, sin excesos de azúcar y con protagonismo para los sabores tradicionales.

Más allá de la calidad individual de cada elaboración, lo que convierte al menú «El Portalón» en una experiencia recomendable es su capacidad para contar una historia. A través de sus platos desfilan la huerta, el mar, la sierra y las dehesas andaluzas, componiendo un relato gastronómico coherente que permite comprender la riqueza culinaria de Almería. Una comida pausada, elegante y profundamente arraigada al territorio que constituyó el broche perfecto para nuestra escapada por el Cabo de Gata y el Levante almeriense.

Esta entrada fue publicada en 2026, Gastronomía, Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, Viajes, Viajes por España. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario