Salimos de la Galeria degli Uffizi y regresamos a la contigua Piazza della Signoria. En ella se alza, majestuoso, el Palazzo Vecchio, austera construcción del siglo XIII (fue construido entre 1299 y 1314 para lugar de residencia y trabajo de los funcionarios de la república). posiblemente realizada por Arnolfo di Cambio.

El edificio presenta planta romboidal y se corona con una torre de 95 metros, la más alta de Florencia.

En la entrada del Palacio pudimos observar dos grandes estatuas. A la izquierda, la copia del David de Miguel Ángel (la original nos esperaba esa misma tarde en la Galería dell’Academia). A la derecha, Hércules y Caco (obra de Baccio Bandinelli).

La primitiva función del Palazzo era albergar al gobierno de la ciudad, al Consejo de la Signoria, de ahí su primer nombre. Pero en el siglo XVI dejó de desempeñar esta función, en el momento en que los Médici fueron nombrados duques de Toscana y trasladaron su residencia al Palazzo Pitti. Desde este instante, el Palazzo cambió de denominación, pasando a llamarse Vecchio. Al exterior aún presenta el aspecto de fortaleza que identifica estos palacios góticos italianos, pero en el interior se han producido importantes reformas, especialmente la llevada a cabo por Vasari en el siglo XVI.
Tras pasar el umbral del solemne edificio llegamos al patio de Michelozzo, construido en 1470, en cuyo centro se encuentra una fuente de pórfido coronada por una estatua de bronce de Verrocchio. Michelozzo lo diseñó tomando como referencia el «cortille» del Palazzo Medici. La decoración de las columnas y las paredes es obra de Vasari, al igual que los frescos que decoran las bóvedas. El patio fue decorado con motivo de la boda entre el príncipe Giovanni de Medici y Juana de Austria en el año 1565. Ya que la novia pertenecía a la familia Habsburgo, las paredes están adornadas con vistas de las ciudades del Imperio. La escalera que parte de esta estancia también es obra de Vasari y nos conduce a los Apartamentos monumentales.
Y esas salas monumentales fueron nuestro primer destino tras adquirir los biglietti. El Salone dei Cinquecento fue construido por Simone del Pollaiolo en 1495, a instancias de Savonarola, para albergar las reuniones del Consejo de la República, compuesto por 500 miembros, de ahí su nombre. Vasari será el encargado de decorar la sala con frescos sobre la historia de la ciudad. Posteriormente, este espacio será utilizado por los grandes duques como lugar de audiencias. En la sala se conserva una estatua de Miguel Ángel destinada a la tumba de Julio II: el Genio victorioso.







El Studiolo de Francisco I es una de las joyas del palacio. Esta sala era el gabinete de trabajo del gran duque y fue decorada por Vasari con una serie de composiciones alegóricas que simbolizan el dominio del hombre sobre los elementos naturales.

De camino al segundo piso nos encontramos con otra importante referencia a nuestro «acompañante» Dan Brown: la máscara funeraria de Dante. En «Inferno», ya en el interior del palacio, en un pasaje del libro Marta Álvarez le dice a Sienna que «la máscara mortuoria de Dante está a la vuelta de esa esquina». Se exhibe en un estrecho espacio llamado l’andito que, en esencia, es un corredor que une dos salas más grandes. La máscara está dentro de una vieja vitrina que la mantiene oculta hasta que uno se encuentra a su altura. Por esta razón, muchos visitantes pasan de largo sin ni siquiera verla. No fue ese nuestro caso. Cierto es que te la encuentras sin darte cuenta, pero sí que la vimos.

Después visitamos el apartamento y la sala de los Elementos, una serie de salas dedicadas a dioses romanos, los apartamentos de Eleonora de Toledo (en los que destaca la Sala Verde y la capilla, decorada por Bronzino), la Sala de Audiencias y la Sala de las Flores de Lis, donde se recuerdan los lazos entre Florencia y Francia, conservando el bronce de Judith y Holofernes realizado por Donatello en 1457, pieza que fue situada en 1495 ante el Palazzo Vecchio para celebrar el triunfo de la nueva república.



Un camino de ronda nos condujo a lo alto de la torre, donde pudimos disfrutar de unas excelentes vista de la ciudad. Pasamos delante del «alberghettino«, donde fueron encerrados Cosme el Viejo y Savonarola, entre otros ilustres presos.








Hora de comer. Queríamos hacerlo en la Trattoria Mario (Via Rosina, 2). Abandonamos la Piazza della Signoria por la Via Vacchereccia y al torcer a la derecha en la Via Calimala nos encontramos de nuevo en la Loggia del Mercato Nuovo.

Era el momento de cumplir con el ritual del «porcellino«. Este bronce, conocido como el Cerdito, obra del escultor Pietro Tacca, es una réplica del original que se conserva en el Palazzo Pitti, si bien se trata a su vez de una copia helenística de un tercero de mármol que se halla en la Galería degli Uffizi.

Según la leyenda, tocar su hocico nos dará fortuna. Para ello, debemos meter una moneda en la boca del jabalí, por donde sale el agua. Si la moneda cae dentro de la pila que reposa a sus pies y se cuela por la ranura tendremos suerte en abundancia. También existe la creencia de que si vas a Florencia y quieres regresar, debes tocar el hocico. Sea como sea, deciros que la moneda ¡¡ entró !!

Avanzamos por Via Caminala dejando a nuestra izquierda la Piazza della Republica. Su continuación (Via Roma) nos condujo a la Piazza San Giovanni, centro neurálgico de la ciudad. Tomamos Borgo San Lorenzo. Al final de esta callejuela se encuentran la Basilica di San Lorenzo y el Palazzo Medici Ricardi, que visitaríamos los días siguientes. Seguimos callejeando hasta llegar a la trattoria, en las inmediaciones del Mercato di San Lorenzo.

No tuvimos que esperar mucho para sentarnos. Aunque habían cuatro o cinco personas en la puerta del local esperando, pasamos al interior para indicar que queríamos una «mesa para dos«. Tras tomar nota, nos indicaron que no nos alejáramos mucho. Y al cabo de un par de minutos compartíamos mesa y mantel con un par de chicos japoneses con los que coincidiríamos en varias ocasiones durante nuestra visita a Florencia. No nos pilló de sorpresa, pues habíamos leído que la trattoria era pequeña y se comía codo con codo con otras personas. En esta ocasión, fue «mesa para cuatro«.
El servicio es simpático y eficiente. La chica que nos atendió nos ofreció diversos primeros platos y, por supuesto, una de las especialidades de la casa: «la bistecca alla Fiorentina«, al peso, que cortaban prácticamente delante tuyo, pues la cocina estaba a un metro escaso de nuestra mesa.

No lo dudamos. Un par de platos de pasta fresca con carne y un buen bistec. 900 gramos pesó la criatura. Todo acompañado de una jarra de vino tinto de la casa, que resultó ser un exelente Chianti, «bueno. bonito y barato«)

La «bistecca alla Fiorentina» se merece un buen primer plano. Por cierto, exquisita. Aunque casi nos echan del local cuando pedimos que la carne estuviera bien hecha. No os extrañéis: a nuestros compañeros de mesa casi les disparan cuando pidieron ketchup para sus patatas fritas.

Un sitio que merece la pena visitar y recordar. Había sido un buen colofón para la mañana de nuestro primer día completo en Florencia. Pero aún quedaba mucho de ese día para ver y disfrutar…















