Amanecía en Florencia el miércoles, 30 de julio. No era necesario madrugar tanto, pero queríamos estar a primera hora en la Piazza del Duomo para comenzar nuestra visita. Tras el desayuno tomamos ya el habitual C2 (de Leopolda hasta Pecori).
Desde hace 1.600 años, la vida religiosa de los florentinos tiene su centro en la Piazza del Duomo, que se prolonga hacia el oeste con la Piazza San Giovanni. En este lugar surgen, como elementos más significativos, el Baptisterio dedicado a San Juan Bautista, la Catedral de Santa María del Fiore (con los vestigios de la iglesia de Santa Reparata) y el Campanario de Giotto.


La plaza de la Catedral fue creciendo a través de los siglos al servicio de la Iglesia y de la ciudad. A finales del siglo XIII, el lugar (inicialmente un pequeño cementerio que rodeada el Baptisterio) empezó a tomar la forma y las dimensiones actuales por causa de las mismas exigencias de espacios públicos que determinaron la ampliación del cerco de murallas y la construcción del Palazzo della Signoria y de iglesias monumentales tales como Santa Maria Novella, Santa Croce y la misma Catedral. Más tarde, en el siglo XIX, la plaza fue ampliada ulteriormente con la demolición de la parte anterior de la Casa de los Canónigos y del Palacio Arzobispal.


Con los biglietti para visitar «il grande museo del Duomo» nos dirigimos al acceso exterior que permitía visitar la más significativa de todas las obras de Filippo Brunelleschi: la cúpula de Santa María de Fiore.
Brunelleschi se enfrentó en esa obra al reto que supone trabajar sobre algo ya hecho. No sólo existía ya el Campanile de Giotto sino que de la catedral, en la que había trabajado Arnolfo di Cambio, tan sólo quedaba por hacer la cúpula, de la que incluso las medidas estaban ya dadas. Después del concurso celebrado en 1418 para adjudicar el proyecto de la nueva cúpula, ésta fue encargada a Ghiberti y a Brunelleschi. Los mismos artífices volvieron a concursar en 1436 para la realización de la linterna, pero en ambos casos el triunfador fue Brunelleschi. En 1436 se acabó la cúpula y fue bendecida oficialmente por el papa Eugenio IV, pero la linterna, diseñada también por Brunelleschi, no se acabó hasta 1464.


Tras la cola de rigor accedimos a la catedral por la Puerta de la Mandorla y comenzamos la ascensión de los 463 escalones, de múltiples tipos y diferentes formas, que separan el mirador de la entrada a ras de suelo.

En un momento de la misma nos encontramos en la parte que mejor permitía apreciar la decoración realizada entre 1572 y 1579 por Giorgio Vasari y Federico Zuccari, tomando como tema iconográfico el Juicio Final. Realmente impresionantes estos 3.600 metros cuadrados de superficie pintada al fresco que, por suerte, se contemplan tanto a la subida como a la bajada, para mayor deleite del «osado» que emprende esta imprescindible visita.



El último tramo de la subida se realiza casi vertical entre las bóvedas interior y exterior, confluyendo los visitantes que suben con los que bajan.





Eso sí, las vistas de la ciudad de Florencia desde el mirador son, sencillamente, espectaculares.





Salimos a la calle por la Puerta de los Canónigos, en el ala en la que se sitúa el Campanile. Nos contentamos con admirar su exterior, un monumento en sí mismo, con más de 84 metros de altura. Otros 412 escalones hubieran sido demasiado para esa mañana y ya habíamos gozado de las vistas de Florencia.

Fue Giotto quien inició su construcción en los últimos momentos de su vida, continuando las obras Andrea Pisano -es el autor de los dos pisos con ventanas geminadas- y finalizándolas Francesco Talenti en 1359, creador de las grandes ventanas de los pisos superiores. Destaca sobremanera su rica decoración escultórica, con 56 relieves en las dos fajas superpuestas y 16 estatuas de tamaño natural en las hornacinas, obras de grandes maestros florentinos de los siglos XIV y XV como el citado Andrea Pisano y sus colaboradores Donatello y Lucca della Robia.

Nos pusimos en la cola que esta vez daba acceso al interior de la Catedral por la puerta izquierda de su fachada principal. Tercera en el mundo por su tamaño, fue proyectada en 1296 por Arnolfo di Cambio en formas gótico-toscanas. El grandioso conjunto está entre los más significativos y antiguos testimonios del gótico toscano, elegante y sobrio en lo arquitectónico y admirable en la finísima decoración con mármoles polícromos.
La última parte de la iglesia en ser realizada fue la fachada principal, ejecutada según proyecto de Emilio de Fabris entre 1871 y 1887, en un estilo neogótico que recuerda el gótico del Campanile y de las portadas laterales de la Catedral.


Esta construcción en 3 naves separadas por pilastras compuestas parece ser que se elevó sobre la antigua basílica de Santa Reparata tal y como lo han demostrado unas recientes excavaciones. En el interior de la Catedral causa una profunda impresión la vastedad del espacio y la sobriedad de la decoración. La rica policromía del exterior se transforma aquí en una sencillez que acentúa las dimensiones titánicas de la iglesia. Muy distinto, no cabe duda, al rico interior de la Catedral de Pisa.




Llama la atención un colosal reloj colocado encima de la puerta mayor, pintado por Paolo Ucello en 1443. Se trata de un «reloj litúrgico» que calcula las 24 horas a partir de la puesta de sol del día anterior.

Entre el segundo pilar y el tercero, en la parte sur del templo, encontramos una escalera que nos condujo a las excavaciones de Santa Reparata, la antigua Catedral. Pudimos admirar allí los restos de las construcciones romanas sobre las que fue edificada Santa Reparata en el siglo V, una parte de la pavimentación en mosaico paleocristiana y elementos de las sucesivas reconstrucciones y ampliaciones hasta la segunda mitad del siglo XIV, cuando la iglesia fue reemplazada por Santa Maria del Fiore.




Habíamos leído en alguna web preparando nuestro viaje que no merecía la pena visitar el Baptisterio de San Juan que se encuentra, frente al Duomo y junto al Campanille, en el centro neurálgico de Florencia. Realmente fue un gran acierto no hacer caso de tal recomendación.
Se trata de uno de los edificios más antiguos de la ciudad, levantado sobre los restos de una construcción romana que dio paso a una iglesia. Algunos restos de este primitivo templo se incluyeron en la edificación, iniciada hacia el siglo V y concluida en el siglo XI. Presenta planta octogonal, convirtiéndose en un excelente ejemplo de la arquitectura románica de la región. Cada uno de los lados se organiza en la parte superior con arquerías de tres arcos en los que se insertan ventanas; el ático es un añadido del siglo XIII, al igual que el cubrimiento en forma piramidal. En esta centuria también se construyó un ábside rectangular en el lado oeste, denominado «scarsella«.
Tareas de mantenimiento y limpieza, suponemos, nos impidieron admirar su exterior, decorado con bandas blancas y verdes de mármol y pilares con bandas horizontales al igual que los demás monumentos de la plaza. En las fachadas norte, sur y este se abren tres monumentales pórticos cerrados con sus respectivas puertas de bronce.
La puerta sur se debe a Andrea Pisano, ejecutada hacia 1330; se divide en 28 compartimentos en los que se narran escenas de la vida de San Juan Bautista, así como alegorías de las Virtudes, cardinales y teologales, cada una de las escenas encuadradas de manera cuadrilobulada, siguiendo la tradición gótica.


La puerta norte es el resultado de un concurso organizado en 1401 en el que participaron los más notables artistas de la ciudad. El vencedor fue Ghiberti, ejecutando una estructura que repite las características de la puerta anterior, aunque estilísticamente se aprecian novedades importantes. El tema trata sobre diferentes episodios de la vida y pasión de Cristo.
Al este, frente al Duomo, se abre la Puerta del Paraíso (llamada así por Miguel Angel según Vasari), ejecutada también por Ghiberti. El artista consagró 25 años de su vida a la ejecución de esta obra y en diez espacios representa diferentes escenas del Antiguo Testamento. En el marco se alternan retratos de artistas de la época con figuras de profetas y sibilas.




Escribe Dan Brown en «Inferno» que dice la leyenda que al entrar en el Baptisterio de San Juan es físicamente imposible no levantar la mirada. Tengo que darle la razón…
El interior del baptisterio recuerda, por su amplitud, al Panteón de Roma. La amplitud responde a las necesidades del edificio, que debía albergar grandes cantidades de visitantes ya que el bautismo sólo se administraba dos veces al año. Las paredes están decoradas con mármoles polícromos y los suelos se cubren de mosaicos, realizados en el año 1209. El mismo material se emplea para cubrir la cúpula.


Este trabajo fue iniciado en el siglo XIII por artistas llegados de Venecia, finalizándose en la centuria siguiente, siendo mosaístas florentinos quienes acabaron los trabajos, entre ellos el propio Cimabue.


El asunto de la decoración de la cúpula se inscribe en la representación del Creador con escenas del Génesis y de las vidas de Cristo, José y San Juan Bautista. En el ábside se representa el Juicio Final.



En el centro del Baptisterio se hallaba la antigua fuente bautismal cercada por una valla octagonal (en la actualidad ha perdido ese lugar para alojarse en un lateral). En la ficción, un excelente lugar para ocultar la máscara funeraria de Dante Alighieri…

Desde la pila bautismal mirando hacia la cúpula, el creyente veía la imponente figura de Cristo que domina los mosaico, y bajo sus pies a los muertos que resucitan: es el Juicio Universal.

Habíamos terminado una completísima visita al conjunto del Duomo. Era el momento de sentarse en un banco de la plaza para hidratarse y comer la ya habitual fruta de media mañana.

Después del breve descanso nos dirigimos hacia la Piazza di Santa Croce. Tomamos primero la Via dell’Oriuolo y posteriormente la Via Giuseppe Verdi y pronto nos encontramos en la piazza, con la Basilica di Santa Croce al fondo.

Fuera de las murallas, en el barrio de los tintoreros y los curtidores, los religiosos franciscanos erigieron su iglesia, que pronto se convirtió en uno de los centros de reunión para los florentinos. Inicialmente fue una pequeña capilla dedicada a la Santa Cruz pero en 1228 fue ampliada por primera vez, debido a la masiva afluencia de público que se acercaba para oír a los seguidores de san Francisco de Asís. Una nueva reforma, esta vez en 1294, otorga el aspecto actual al templo, siendo Arnolfo di Cambio el encargado de la dirección de las obras.
Presenta una planta de cruz latina, con tres naves de pilastras octogonales que sostienen grandiosos arcos ojivales, flanqueando el altar mayor cinco capillas. La fachada está realizada en mármol blanco de Carrara con recuadros de mármol verde, obra neoclásica de Nicolò Matas construida entre 1853 y 1863.

En el interior de la iglesia pudimos admirar un buen número de obras de arte entre las que destacan el púlpito de mármol, realizado por Benedeto da Maiano en 1476; la tumba de Miguel Angel, obra de Vasari, decorada con esculturas alusivas a la Arquitectura, la Escultura y la Pintura; la tumba del poeta Vittorio Alfieri, levantada por Canova en 1810; la tumba de Leonardo Bruni, realizada por Bernardo Rossellino; la tumba de Carlo Marsuppini, humanista y secretario de la República florentina, considerada la obra maestra de Desiderio da Settignano; la lápida sepulcral de Ghiberti y la más buscada por el que escribe: la tumba de Galileo.






También se encuentra en el interior de la basílica la Capilla Baronceli-Giugni, decorada por Tadeo Gaddi con frescos de la vida de la Virgen, así como una capilla, a la derecha del coro, decorada por Giotto con escenas de las vidas de San Francisco y San Juan Bautista.



En el exterior se encuentra la Capilla Pazzi, construida por Brunelleschi entre 1429 y 1444. Brunelleschi también es el autor del diseño del claustro, construido en 1453. Al fondo de levanta el campanario, obra de Baccani en 1865.





Cuando abandonamos la basílica decidimos hacer un alto en el camino y comer. Tomamos Borgo dei Greci y, atravesando la Piazza di San Firenze, llegamos a la Via del Proconsolo.
Está claro que una de las mejores cosas que se puede hacer para disfrutar de Florencia es pasear por sus calles, apreciando sus increíbles monumentos, sus edificaciones y sus hermosas plazas. Y muchísimo mejor si es muy bien acompañado…















