Milán 2018 (y 5)

Otra vez tocaba madrugar. Había que terminar de preparar el equipaje, desayunar y desplazarnos a la iglesia de Santa Maria delle Grazie, junto a la cual se encuentra el cenáculo vinciano.

Todavía tenemos muy presente el recuerdo de nuestra noche en La Scala. Y, de hecho, en el desayuno seguíamos comentando todos los detalles de la representación, mientras aprovechábamos para brindar con una copa de spumante por la buena marcha del viaje.

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Tras intentar, infructuosamente, conseguir entradas a través de los cauces oficiales, decidimos contratar un «Art tour» que incluía la visita al Cenacolo Vinciano, el refectorio del Convento de la iglesia de Santa Maria delle Grazie, que forma parte de un complejo arquitectónico construido a partir de 1463 y remodelado a finales del siglo XV de la mano de Bramante.

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La decoración exterior combina ladrillos de terracota y marmol que forman la nave tardogótica que Guinitorte Solari diseñó para los monjes dominicos. Sobre esta base Bramante erigió una cúpula de decoración mucho menos recargada, coronada por una arquería. Ya dentro, el claustro se conoce como el Chiostrino delle Rane, por las ranas de bronce de la fuente.

El Convento conserva en sus paredes septentrionales una obra de arte de belleza inigualable, La última Cena, pintada entre los años 1495 y 1497 por Leonardo da Vinci, que marcó una nueva era en la historia del arte.

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Leonardo fue contratado en 1494 para pintar un mural sobre la pared norte del refectorio y escogió pintar la escena de La Última Cena. Se basó en Juan 13:21 para representar el justo momento en el que Jesús anuncia a sus discípulos que va a ser traicionado por uno de ellos. De ahí que estén todos los discípulos hablando entre ellos, levantados y con esa expresión en los rostros. En la representación de La Última Cena, Judas es el cuarto por la izquierda.

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El uso de una técnica poco adaptada al paso de tiempo (tempera sobre el yeso de la pared), provocó, que el estado de conservación de La Ultima Cena se fuese degradando. Tras continuas restauraciones, en 1999 se volvió a abrir al público recuperando el colorido del Cenacolo original.

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Santa Maria delle Grazie y el Cenacolo que pintó Leonardo da Vinci fueron declarados patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1980. La fortuna quiso que en 1943 los bombardeos de los aliados sólo afectasen al claustro, dejando intacta la cúpula y el Cenacolo.

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Tan solo 15 minutos puedes admirar esta maravilla, que no hay que perderse por nada del mundo si se visita Milán. Dejaremos para cada uno las diferentes interpretaciones de la pintura porque cada uno es libre de creer o no las diferentes teorías y simbologías que pueda haber o no en la representación que Leonardo da Vinci hizo de La Última Cena.

Justo enfrente del Cenacolo hay pintada una crucifixión, obra de Montorfano, en la que Leonardo añadió los retratos del conde Ludovico Sforza (quien había mandado construir la iglesia) y su familia.

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Al salir continuaba la lluvia que nos había acompañado desde nuestra salida del hotel. Nuestra próxima parada era la iglesia de San Maurizio, una de esas joyas que guarda con celo la ciudad de Milán y que puede llegar a pasar desapercibida por lo discreto de su fachada. Está ubicada en una céntrica calle, no muy lejos del Duomo, y la austeridad de su exterior hace que su maravilloso interior resulte aún más sorprendente.

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La iglesia se construyó en los inicios del siglo XVI como anexo al convento de las benedictinas, uno de los más antiguos de Milán. Su espacio interior se distribuye en una sola nave principal con pequeñas capillas laterales poco significativas.

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Lo que impacta de San Maurizio son los frescos que adornan sus paredes. Perfectamente conservados y restaurados, sus dimensiones y su colorido, intacto durante siglos, llaman la atención. Se trata de obras murales de algunos de los más importantes pintores del renacimiento lombardo, entre los que destacan Bernardino Luini y Paolo Lomazzo.

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Las escenas de la vida de Jesús llenan las paredes y sobrecogen al visitante que no espera encontrar semejante maravilla en aquella pequeña iglesia.

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Merece la pena fijarse en la delicada sillería en madera del coro y en el espectacular órgano del año 1554, obra de Giacomo Antegnali, que aún deja oír sus imponentes acordes en ocasiones especiales y conciertos programados.

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Entre la Via Brisa y Via Gorani se pueden contemplar los restos romanos del Palacio Imperiale de Mediolanum, pus Milán fue capital del Imperio Romano de Occidente. Está algo mal conservado, pero los paneles indicativos nos permitieron hacernos una idea aproximada de como fue.

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Seguíamos paseando por Milán en el que era nuestro último día en la ciudad. Siempre hemos dicho que solemos guardar un grato recuerdo de nuestros últimos días en las ciudades que visitamos. Así había sido en París, en Roma, en Florencia, en Budapest, en New York, en San Francisco… y ahora lo estaba siendo en Milán.

Aunque Milán no sea la capital de la República italiana, tiene el gran honor de ser la ciudad que alberga la gestión y control de los valores financieros en italia. En la Piazza degli Affari encontramos el edificio que alberga la Bolsa de Milán, el Palazzo Mezzanote. El Palazzo se creó en 1927 cuando se deciden unificar todas las Bolsas que había en Italia en una sola.

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Llama la atención la obra que hay justo en frente de la Bolsa, la escultura de una mano con los dedos cortados exceptuando el del medio. Esta obra lleva en la Piazza degli Affari desde 2010 y el Ayuntamiento de Milán decidió comprarlo para que ahí se quede al menos 40 años.

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La obra responde al nombre de L.O.V.E y está a cargo del polémico Maurizzio Cattelan, un artista bien conocido en Italia por buscar la polémica en todas sus obras.

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Pasamos por la puerta de la Pinacoteca Ambrosiana en nuestro camino hacia la iglesia Santa Maria Presso di San Satiro, cuya remodelación encargó el duque Gian Galeazzo Sforza a Donato Bramante.

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La parcela no podía ser ampliada en su fondo, razón por la cual el arquitecto renacentista optó por construir un impresionante coro prospettico, un artificio para simular en apenas un metro la profundidad de un coro real.

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El espacio físico se dilata con la técnica que los pintores contemporáneos de Bramante usaban ya con gran maestría: la perspectiva cónica. La iglesia se terminó en 1499 y el resultado causó conmoción por su realismo. Hoy es todavía uno de los trampantojos más admirables de una época que los utilizó con profusión. La osadía de Bramante fue hacerlo en la nave principal, el mayor escaparate.

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Ya por nuestra cuenta decidimos visitar la basílica de San Lorenzo Maggiore, la iglesia más antigua de Milán, en la que pudimos contemplar algunos de los mosaicos paleocritianos (siglo IV) mejor conservados de Italia.

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La construcción de la basílica se inició enn el año 379 dC promovida por el patrón y futuro obispo de la ciudad, San Ambrosio, siendo consagrada solemnemente en el año 386 dC.

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Fue construida sobre una necrópolis en la que se mezclaban tumbas paganas con las tumbas de los cristianos martirizados, cuyo fin era guardar los restos de los mártires Gervasio y Protasio, junto a los que, finalmente, fue enterrado San Ambrosio.

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Se cree que parte de los materiales con los que fue construida pertenecieron a un antiguo anfiteatro romano. De hecho, lo primero que sorprende son las 16 columnas corintias que rodea la iglesia y que parecen sacadas de contexto, recién llegadas de la Roma clásica.

Tras las columnas, se levanta la iglesia, sobria e imponente, con su planta cuadrada a la que se adhieren cuatro semicírculos que dan forma a las distintas capillas. La hermosa cúpula es posterior, reconstruida en el siglo XVI en estilo barroco tras el derrumbe de la original. También en la entrada principal, cuyo aspecto actual es fruto de la última reforma realizada en el siglo XIX, destaca una copia de la estatua del emperador Constantito (la original está en Roma).

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El interior de la basílica sobrecoge por esa mezcla entre mausoleo, iglesia y palacio (algunas teorías apuntan a que, en la época del emperador Teodorico, formó parte de un antiguo palacio romano).

En él se encuentra el conocido como sarcófago de Estilicón, un imponente sarcófago de mármol de Carrara construido entre los años 385 y 390 dC, perteneciente a un general romano de origen vándalo que sirvió a los emperadores Teodosio y Honorio.

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La capilla de San Aquilino donde se conserva la urna sarcófago con las reliquias de San Aquilino de Colonia (un maravilloso trabajo de orfebrería) y, lo más importante: los magníficos mosaicos que adornan las paredes y la cúpula central.

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La capilla de San Vittore in Ciel d’oro se encontraba originalmente separada de la basílica. El ábside se encuentra decorado con un espectacular mosaico dorado, de ahí su nombre.

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En el exterior se la basílica se encuentra la columna del diablo, una columna de mármol con dos agujeros que, según la leyenda, son las huellas del diablo, que intentó corromper a San Ambrosio mientras construía la basílica.

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Frente a esta edificación religiosa se encuentra una plaza denominada “Colonne di San Lorenzo” (columnas de San Lorenzo), que supone uno de los últimos restos de la antigua población de Mediolanum, que data aproximadamente del siglo III y que eran parte de unos baños o espacios para obras públicas en lo que ahora es la ciudad de Milán.

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De camino al metro para dirigirnos al Duomo, en los últimos instantes de nuestro viaje, contemplamos un edificio impresionante, el Castello Cova, construido entre 1910 y 1915, de estilo neogótico.

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Algunas compras de última hora antes de recoger el equipaje en consigna y dirgirnos primero a la estación de Milano Nord Cadorna y de ahí al aeropuerto de Malpensa, al que llegamos sin novedad y con tiempo más que de sobra. Tiempo suficiente para comer, facturar y tomar un helado mientras esperábamos la salida de nuestro vuelo, algo más accidentado que el que nos trajo a Milán.

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Con algo más de una hora de retraso aterrizábamos en Alicante. De ahí al parking de larga estancia y de él a casa.

Había sido un viaje corto pero intenso. Habíamos disfrutado de una bella ciudad, de sus alrededores y de una noche fantástica de ópera. Y de una maravillosa compañía, como siempre. Un viaje para repetir sin duda alguna.

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