Cantabria, País Vasco 2018 (1)

Nunca unos días fuera de casa, en verano, habían comenzado a mitad de julio. El reparto de las vacaciones y el infausto recuerdo de este mismo mes del año pasado nos empujaron, en parte, a ello. Posiblemente también influyó en el destino. Aunque en algún momento se barajaron “foráneos” (Viena, Salzburgo e Innsbruck pintaba bien), los últimos viajes (New York, Costa Oeste, Milán) y la “independencia” que te da el vehículo propio hicieron que nos decidiéramos por parte de la cornisa cantábrica, que se quedó en el tintero y con alguna que otra entrada ya adquirida para agosto del 17 (como las de la Alhambra Experiencias…).

Hacía muchísimo tiempo ya de nuestro viaje relámpago con Juan Antonio y Charo a Santander y el País Vasco se había resistido a nuestros viajes por España, salvando mi visita a Bilbao con motivo de mi paso por el Servicio de Ordenación Académica allá por el inicio de siglo.

Los preparativos se habían realizado con muy poca antelación, por aquello de las eternas dudas. Tal vez tenga algo que ver que, últimamente, cada viaje que planificamos me parece el último. Pero llegó el día de la partida, un día conflictivo para un desplazamiento de este calado, pues coincidía con plena «operación salida«.

Nos separaban de Laredo la friolera de 850 kilómetros y a las seis de la mañana ya estábamos en marcha. Vaya diferencia de los viajes de ida a los de vuelta, como ya habíamos comprobado en nuestra visita relámpago a Biescas de hace justo un mes…

La parada de rigor en Honrubia para tomar un café rápido fue seguida de otra en Burgos para repostar, fuerzas y combustible. De ahí, de un tirón (que no nos lean los que recomiendan hacer una parada cada dos horas…) al Hotel Playamar, junto al Puntal de Laredo, al final de su bonita playa, separados algo más de cuatro kilómetros de su centro urbano.

Un poco después de las dos de la tarde estábamos instalados y era el momento de comer. Nos dirigimos al centro (parecía difícil olvidarse del coche aquel día) y aparcamos sin problemas en el centro. Nos resultaba curiosa la poca masificación de aquel turístico lugar, acostumbrados a las aglomeraciones de las playas del sur. La idea era comer, si lo encontrábamos, en el Bar Revellón, en el número 18 de la calle del mismo nombre, que localizamos sin excesivos problemas.

El lugar no nos decepcionó, más bien al contrario. Unas exquisitas ravas y unas albóndigas de bacalao con un buen vermut de solera nos recargaron las pilas para comenzar al modo que solemos hacerlo en nuestras escapadas… subiendo unas buenas cuestas.

El camino de subida a la Iglesia de Santa María de la Asunción conducía a la Atalaya de Laredo, desde la que disfrutamos de unas espectaculares vistas tanto de Laredo como de la cercana Santoña.

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Se encuentra aquí el Complejo Fortificado de El Rastrillar, que cerraba la bahía frente a posibles ataques de barcos enemigos junto con el Fuerte de San Carlos en Santoña. Este estratégico emplazamiento situado en el Puntal de la playa Salvé estuvo en servicio hasta principios del siglo XX, y sus primeras edificaciones datan del siglo XVI. Declarado Bien de Interés Cultural (BIC), alberga un conjunto de restos arquitectónicos de uso militar y defensivo (baterías, pabellones, trincheras, polvorines….) del cual se conservan murallas y edificios.

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Laredo ocupa la parte oriental de la comunidad autónoma de Cantabria, a orillas del Cantábrico. Su localización le permite disfrutar de arenales de gran belleza y de espacios naturales protegidos. En su casco urbano se encuentra la playa de mayor extensión de todo el litoral cántabro, de más de cuatro kilómetros de extensión, los que nos separaban en este preciso momento de nuestro alojamiento.

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Además, en esta localidad se encuentra la mayor parte del Parque Natural de las Marismas de Santoña, Victoria y Joyel, un espacio protegido que incluye el estuario que forma el río Asón y las marismas de Victoria y Joyel.

Nos pareció una buena idea, ya de regreso en el hotel, bajar a la cercana playa, a la que accedimos tras cruzar las espectaculares dunas que teníamos a nuestros pies. Teníamos en mente y en el recuerdo las “frías aguas del Cantábrico”. Pese a la impresión inicial, el cansancio acumulado en el viaje animó a alguno a zambullirse en aquellas aguas, mientras que otras se contentaban con un agradable paseo por su orilla y un apacible rato de lectura, porque el chapuzón en la piscina de la terraza del hotel quedó, también, para mejor ocasión.

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La idea para aquella noche era pasear, y cenar, en Santoña. “Tan lejos, tan cerca”, podríamos decir. No sabíamos que era la localidad que veíamos desde nuestra habitación, más que nada porque la Señorita Garmin nos indicaba que teníamos que recorrer diecisiete kilómetros para llegar a ella. Pero lo que no decía nuestra compañera de viaje es que era necesario cruzar la Ría de Treto y parte del citado Parque Natural para llegar en vehículo, mientras que un barco recorría en pocos minutos la distancia “natural” que separaba Santoña del Puntal de Laredo, junto al que nos alojábamos.

No obstante, el chaparrón que nos cayó en Santoña después de la cena hizo que no nos arrepintiéramos de habernos acercado a esta bonita localidad en coche.

Aparcamos junto al Monumento a Juan de la Cosa, oriundo de Santoña, autor del primer mapamundi de la Historia. Tuvimos que abrir el paraguas mientras paseábamos por su paseo marítimo, “extrañados” por la tranquilidad del lugar.

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Santoña es conocida por tener la mayor concentración de fuertes, baterías y polvorines de toda España. Cabe citar entre ellos el Fuerte de San Martín, de Napoleón, y el Fuerte de San Carlos, todos en las inmediaciones del Monte Buciero. El riesgo de un mayor aguacero, y la distancia, nos convenció de no acercarnos al lugar en el que se enclavaba la Virgen de la Roca, y de buscar un lugar para tomar algo.

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No olvidamos que este bonito pueblo típicamente marinero es mundialmente conocido… por sus anchoas. Visitamos un par de tiendas donde adquirirlas y su degustación en la taberna de Alberto, acompañadas de una ración de Idiazabal y de otra de Cabrales, nos convenció de que no podíamos dejar pasar la ocasión de llevarnos unas cuantas latas.

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El posterior paseo por sus calles se vio interrumpido por la llegada de una torrencial lluvia que amenazaba con calarnos hasta los huesos. Y algo nos mojamos hasta llegar al coche, acompañándonos hasta nuestra vuelta a Laredo.

Para ser el día del viaje de ida no nos podíamos quejar. Estábamos en el primero de nuestros destinos; habíamos recorrido Laredo y Santoña; habíamos acertado con la comida y la cena (totalmente recomendables ambos, tanto el Bar Revellón como la Taberna de Alberto) y habíamos comprado anchoas para dar y vender…

Hora de descansar. Nos esperaba uno de los platos fuertes del viaje al día siguiente. Bilbao, su ría, su casco viejo y su Guggenheim.

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