Habíamos dejado para después de la (estupenda) comida una de las visitas imprescindibles en Sevilla, la del Real Alcázar. Este conjunto de palacios fue declarado Patrimonio de la Humanidad junto a la Catedral y el Archivo de Indias en 1987. Situado en los márgenes del Casco Antiguo, junto a la antigua judería (Barrio de Santa Cruz), este testigo de la historia de la ciudad desde hace más de mil años constituye, sin duda, uno de los más bellos y curiosos conjuntos arquitectónicos del país, mezclando estilos que van del mudéjar al renacentista.

En el año 913 el califa omeya Abderramán III mandó construir un nuevo centro de gobierno en Sevilla sobre el lugar de un antiguo asentamiento visigodo que antes había sido romano. Esta curiosidad “multicultural” sobre su fundación parece un anticipo de los muchos vaivenes históricos que irían dando forma a su apariencia actual.
Tras la desintegración del Califato de Córdoba, el Real Alcázar pasaría a manos de los abadíes (Taifa de Sevilla), los emires almorávides y, en la última etapa islámica, los almohades. Las sucesivas reformas de aquella época ya habían convertido los Reales Alcázares en un gran complejo palaciego rodeado por murallas a mitad del siglo XIII.
Tras la conquista de Sevilla en 1248 por parte de Fernando III, el Real Alcázar se convertiría en Palacio Real y viviría una nueva etapa de ampliaciones iniciada por su hijo Alfonso X, quien respetó las estructuras existentes y mandó construir el Palacio Gótico. En 1364, Pedro I sería el precursor del Palacio Mudéjar, una de las zonas más espectaculares del conjunto. Los numerosos toques renacentistas del Real Alcázar provienen en su mayoría de reformas realizadas durante el siglo XVI bajo los reinados de los Reyes Católicos primero y de Carlos V y Felipe II más tarde.

Y aún continuarían las ampliaciones y cambios durante los siglos siguientes, siendo algunos de ellos fatídicos a nivel artístico. En 1931, en el contexto de la II República Española, el Real Alcázar fue entregado al Ayuntamiento de Sevilla, quien desde entonces ha garantizado que una parte del recinto siga siendo de uso exclusivo para la Familia Real.
Comenzamos nuestra visita por el Patio de la Montería, ubicado frente a la entrada tras superar los arcos almohades. Destacan en él la fachada del palacio mudéjar de Pedro I y la galería lateral. También cerca de la entrada, a mano izquierda, se encuentran la Sala de la Justicia (o de los Consejos), con techo mudéjar de madera y, acto seguido, el Patio del Yeso, superviviente de la época almohade, donde sobresale un lateral porticado con bella decoración.

En el Cuarto del Almirante, a la derecha del Patio de la Montería, se ubicó la famosa Casa de Contratación de Indias. Hoy sólo se conservan un par de salas en las que podemos contemplar diversos cuadros, con mención especial para el retablo de la Virgen de los Navegantes (Alejo Fernández, entre 1531 y 1536), primera pintura sobre la temática de las Américas.
El Palacio mudéjar (o de Pedro I) es el plato fuerte de la visita. El corazón de esta zona es el precioso Patio de las Doncellas, rodeado por dos niveles de arcos lobulados sobre columnas de mármol y cruzado por una coqueta alberca.





Una de las principales salas que lo rodean es la Alcoba Real, donde podemos admirar tres arcos de herradura con una increíble decoración mudéjar. Por una de las esquinas del patio central podemos acceder al pequeño Patio de las Muñecas, con bonitas columnas y capiteles de Medina Azahara y cubierta de cristal. Pero quizá la sala más conocida es el Salón de Embajadores y su impresionante bóveda de 1427, obra de Diego Ruiz.





En la zona del Palacio Gótico las dos estancias principales son la Sala de las Bóvedas, con toques renacentistas y manieristas en su decoración, y el Salón de Tapices, que alberga enormes tapices flamencos representando la conquista de Túnez en 1535.



Los Jardines de los Reales Alcázares merecen la visita por si solos. Las zonas más destacadas son el Estanque de Mercurio, con la Galería del Grutesco, el Jardín de la Danza (o de las Damas) y el pequeño Pabellón de Carlos V.


Perderse por cualquiera de ellos, ya sea el Jardín de Mercurio, el de la Danza, el de Troya, y otros con nombres realmente reveladores, transmite la paz, la calma y la quietud que de seguro recibieron y han seguido disfrutando tanto moradores como visitantes a lo largo de los tiempos. Ruido de agua, olor a azahar… la esencia de Sevilla.


El Jardín del Chorrón debe su nombre al chorro de agua que, proveniente de los Caños de Carmona, entraba en el Alcázar y caía con estrépito al hoy llamado estanque de Mercurio, situado junto a él. Cuatro cuadros a base de setos de mirto con árbol de las trompetas, falso pomelo y palmeras de la suerte junto a hiedras y glicinias que encaramadas sobre la muralla dan encanto a este ángulo apoyado en la vecina torre del agua.




El Estanque de Mercurio es una antigua alberca de origen musulmán para el riego de las huertas reformada en el siglo XVI para convertirla en estanque presidido por una fuente central en bronce rematada por una figura de Mercurio.





Los Jardines de la Danza, de Troya, de la Galera o de las Flores son pequeños jardines situados contiguos junto a la muralla baja que protegía el palacio desde las antiguas huertas.



De una singular belleza son los baños de María de Padilla, una cripta abovedada que incluye un aljibe y que se encuentra debajo del patio del Crucero. Se compone de tres naves, la central mayor que las laterales; siendo su estructura de piedra, revestida de mortero de cal, y pintada.
Se crearon en época almohade (siglos XII y XIII) como un área excavada en la tierra en la que se estableció un recinto ajardinado con el estanque, que reunía condiciones de temperatura y humedad idóneas para mitigar los rigores de la estación veraniega.
Reciben su nombre por la noble dama del siglo XIV María de Padilla de quien, según la leyenda, se dice que en ellos se bañaba, la cual fue amante de Pedro I el Cruel entre 1352 y 1361. Vivieron en este palacio y, tras morir, tanto la amaba el rey que hizo que las Cortes la proclamaran reina una vez muerta y que el arzobispo de Toledo consagrara válido su matrimonio con ella de palabra y anulara los otros dos que éste había contraído, con lo cual también legitimaba su descendencia para la sucesión; y, por ello, descasan sus restos en la capilla Real de la Catedral de Sevilla.

Su iluminación natural procede de aberturas laterales que como si fueran huecos de chimeneas hacen de ventanas que dan al exterior en la superficie; además de luminosidad renuevan el aire del interior, que debido a ser un sótano es fresco, incluso ya desde que se entra en su pasillo de acceso.


La hora del cierre interrumpió nuestro paseo, en un lapso de tiempo que transcurrió a una velocidad de vértigo…
Si el Alcázar fue los Jardines del Agua de la casa de los Martell, las Atarazanas, el primer astillero con el que contó la ciudad de Sevilla, se convirtieron en parte de Desembarco del Rey, centro neurálgico de los siete reinos de Juego de Tronos y hogar del Trono de Hierro. Lo encontramos cerrado, pero nos llevamos el recuerdo de las mazmorras de la Fortaleza Roja.

Nuestra visita a Sevilla coincidía con la instalación de unos buenos amigos en la capital hispalense, y no podíamos dejar pasar la ocasión de pasar a verlos en estos importantes momentos para ellos. Alguna vuelta de más para llegar a su nuevo hogar… y un agradable paseo por el centro de la ciudad para una buena tertulia con una copa en la mano y con la Giralda a nuestras espaldas, en una terraza de ensueño en la azotea del EME Catedral Hotel.


Tras brindar por su nuevo destino sevillano y despedirnos de ellos nos dirigimos al parking para regresar a Osuna. Pero la tentación de cruzar el Puente de Isabel II, el Puente de Triana, que une el centro de la ciudad con el barrio de Triana. Construido en 1852, con diseño de ingenieros franceses Steinacher y Bernadet a base de piedra y hierro, es el puente de hierro más antiguo conservado en España y uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad.


Tras un breve paseo por las principales calles de Triana, ahora sí, al coche y de regreso a Osuna. Había que terminar de ultimar el equipaje para el regreso a la mañana siguiente.

La última mañana en Osuna solo dio para visitar el Coto de las Canteras. Realmente, Osuna se te presenta sobre una colina, a media ladera, dominando un amplio paisaje de campiña. Al sur, se atisban las primeras estribaciones de la Subbética. Esa elevación se conforma sobre un sustrato rocoso de areniscas calcáreas, que aflora en diferentes puntos del territorio. Esa piedra ha servido desde la antigüedad más remota a los habitantes de esta zona para construir sus edificios.

Desde hace milenios, el promontorio más elevado ha servido para suministrar los sillares con los que se han levantado casas, palacios, iglesias… Es así que el lugar recibe el nombre de Cerro de las Canteras. Su color ocre y su porosa textura han prestado su colorido y sabor a la ciudad desde los turdetanos hasta mediados del siglo XX.

El Coto Las Canteras ha sido testigo de la tradición y costumbres de la ciudad desde época remota. El resultado final de este singular espacio es fruto de esta historia.

De camino a Alcantarilla, la parada en Estepa, en los primeros días de diciembre, parecía obligada. Alfajores y dulces variados volvían con nosotros a casa, a la que llegamos con el tiempo justo para celebrar un cumpleaños muy especial que obligó a adelantar el regreso.
















