Desgraciadamente, las idas y venidas de los brotes provocados por la pandemia de COVID-19 están permitiendo, indirectamente, un aumento de la actividad senderista.
El pasado sábado recorrimos un sendero que discurre a través del ZEC (Zona de Especial Conservación) Sierras y Vega Alta del Segura y Ríos Alhárabe y Moratalla de la Red Natura 2000. Sin duda, un maravilloso rincón del noroeste murciano, un valle desconocido y casi invisible, oculto por su propia naturaleza abrupta y recóndita, que desvela innumerables tesoros geológicos, arqueológicos y naturales.
En el recorrido se cruzan dos ríos que confluyen justo en este lugar, el Benamor y el Alhárabe que, unidos, dan vida al río Moratalla, afluente del Segura. Siguiendo su curso, se descubren los secretos de la formación de una auténtica joya de la naturaleza: el Estrecho de Bolvonegro. El nombre deriva de uno más antiguo, “gorgonegro”, documentado por primera vez en 1575 por los caballeros templarios, y que significa “garganta negra”.
Al inicio de la ruta se llega por la carretera de Moratalla a Calasparra. Aproximadamente en el kilómetro 18 se halla un cruce a la izquierda con un par de carteles (en mal estado) con la indicación «Paraje de Bolvonegro». Una carretera estrecha pero asfaltada te lleva al cartel indicador donde comienza el sendero (cuida la hora de llegada, hay poco sitio para aparcar).
Comenzamos a caminar hacia una extensa llanura dedicada al cultivo de cereal, sólo interrumpida en la lejanía por las sierras circundantes, destacando al noroeste la Sierra del Cerezo y, como una isla en mitad del océano, el cerro de Moratalla la Vieja.
Llegamos al paso sobre el río Benamor, donde encontramos un interesante cartel que nos habla del pasado acuático de la zona y de los diferentes fósiles que podemos encontrar en el recorrido. Allí mismo podrás contemplar los restos fósiles de un Paleodictyon, prueba fehaciente de que esta zona una vez estuvo sumergida bajo el mar.
Desviándonos ligeramente del sendero nos adentramos en una ciudad de los iberos. Los restos de su muralla de piedra rodean aún el poblado, protegido por la fortificación en lo alto del cerro. Todo el conjunto del yacimiento íbero de Los Molinicos está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) desde el año 2003.
Desde el cerro se domina perfectamente la cascada de Molinicos, también llamada “salto de agua”, donde, debido a un fuerte desnivel del cauce, el agua cae verticalmente por efecto de la gravedad, creando un refrescante y atractivo paisaje.
Continuando por el sendero encontramos un poco más adelante el Molino de la Traviesa, justo en el punto en el que atravesamos el río Alhárabe.
En este lugar, las rocas muestran su pasado, apareciendo variadas formas y relieves moldeados en ellas.
Comenzamos a ver cómo se encajona para formar el estrecho propiamente dicho. Vamos siguiendo los numerosos hitos de piedra, admirando las terrazas y pequeñas cascadas, así como los restos sedimentarios y fósiles.
Son varias las especies animales que habitan el estrecho. Sin embargo, la única presencia animal que vimos fue de «origen antropogénico».
Unos metros más adelante comenzamos a caminar junto al río Moratalla, más encajado que nunca entre las rocas, formando un estrecho y hondo desfiladero o cañón, que muestra la asombrosa fuerza erosiva del río.
La belleza de esta garganta de paredes oscuras es el resultado visible de la constante y larga lucha entre el agua y la roca. Este paisaje se ha ido formando durante los últimos 12 millones de años, primero excavando las rocas más blandas, las margas, y ahora las más duras, las areniscas, que se resisten a ensanchar el cauce del río pero a cambio, lo encierran cada vez más profundamente.


Al final llegamos a un puente por el que cruzamos al otro lado del río.
A partir de este punto el río Moratalla avanza más encajado que nunca entre las rocas, formando un estrecho y hondo desfiladero o cañón, que muestra la asombrosa fuerza erosiva del río. La belleza de esta garganta de paredes oscuras es el resultado visible de la constante y larga lucha entre el agua y la roca.
Unos metros más adelante, los restos de un antiguo molino marcan el punto a partir del cual no se puede continuar. Es el momento de volver sobre nuestros pasos hasta el inicio de la ruta.
Había sido imposible reservar mesa en un par de restaurantes de Moratalla en los que pretendíamos comer. Cehegín estaba a unos kilómetros, y el Restaurante El Sol nos pareció una buena elección.
Tras la comida, decidimos regresar a Moratalla para visitar su Fortaleza. Por el camino disfrutamos de los almendros en flor.
Hacia el s. IX se levantó la primera estructura islámica sobre restos neolíticos e ibéricos, constituyendo un punto importante dentro de la organización defensiva de Al-Andalus. La Orden de Santiago lo reconstruye, destacando la Torre del Homenaje (s. XV), de estilo gótico militar levantino, con 22 m de altura y 9 m de lado.
Cinco torres completaban el recinto: Redonda, Blanca, La Magdalena, Quebrada o de los Limones y de Los Cuatro Vientos.
La actual Torre del Homenaje, cuenta con tres plantas. En la inferior, el aljibe con pilar cruciforme central y, sobre él, la Sala de Armas con la magnífica bóveda de aristas, gran clave central y tres saeteras abocinadas.
En la Sala del Homenaje, resaltan las tres bóvedas paralelas de medio cañón levantadas sobre arcos ojivales.
En la pared este de la sala arranca la escalera mural de acceso a la terraza almenada, último reducto defensivo de la fortificación.
Desde la terraza se disfrutan de unas vistas espectaculares de la localidad de Moratalla.






























































