Jordania 2023 (4)

Reconocida en 2007 como una de las siete nuevas maravillas del mundo, Petra es un lugar único por su belleza y por sus testimonios de tantas épocas. La “ciudad rosa”, por los matices de la roca, es una de las joyas arqueológicas más famosas de Oriente Próximo y, probablemente, el destino más codiciado por cualquiera que viaje a Jordania. No nos engañemos, con casi toda certeza, era el principal centro de interés de los cuarenta y nueve viajeros que formaban nuestro grupo.

El día amanecía “casi” como había terminado el anterior. Seguía lloviendo, caía una ligera llovizna, y la niebla impedía ver a más de diez metros de distancia. No eran buenos presagios, aunque nuestra intención era no dejar pasar la ocasión de realizar la visita.

Desayuno y equipaje de nuevo en el autobús y rápido desplazamiento hasta el Centro de Visitantes. Nada más bajar, a cubrirse de la lluvia de la mejor manera posible, pues parecía que no nos abandonaría en toda la jornada.

Teníamos la entrada en la mano e íbamos a entrar. No había vuelta atrás. No nos detendría ni la lluvia ni el barrizal que esta había originado. Ni un río de agua que inundara el Siq. Caminar por las rutas de las caravanas de mercaderes, recorrer la estrecha garganta que durante siglos protegió a la ciudad de Petra es como hacer un viaje al pasado, con el premio añadido de dejarse sorprender por al-Khaznah, el Tesoro, el monumento más importante de la ciudad, que abre el camino a cientos de tumbas, templos, edificios, acueductos, cisternas, lugares de culto, un teatro y una espectacular avenida flanqueada por columnas.

En la antigüedad, Petra estuvo habitada por los edomitas, un pueblo semita asentado entre el golfo de Aqaba y el Mar Muerto en torno al siglo XIII a.C. El Antiguo Testamento los llama “hijos de Esaú”. Fueron quienes impidieron que los israelitas cruzaran su territorio para llegar a la Tierra Prometida. Esto provocó una guerra cuando, amenazados por los pueblos nómadas del desierto, trataron de expandirse hacia Occidente. Durante el reinado de David, los israelitas lograron imponerse y se apoderaron del territorio de Edom. Tras la muerte de Salomón, aprovecharon la debilidad de los enemigos, cuyo reino estaba dividido, y recobraron su independencia, si bien el soberano del reino de Judá se apoderó de Sela, la capital bíblica. Sela debió de ser el origen del nombre de Petra, ya que en griego tiene el mismo significado (piedra).

Los edomitas siguieron atacando el reino de Judá, saqueando parte de su territorio tras la caída de Jerusalén. La razón de su expansión hacia el oeste era la presión de los nabateos, que a la postre los derrotaron y se hicieron con el control de las rutas comerciales. A la muerte de Alejandro Magno, uno de sus generales envió dos expediciones contra Petra, llevado por su intención de conquistar Egipto y de impedir el paso a Mesopotamia. El ataque a Petra tuvo lugar durante la ausencia de sus hombres y guerreros, que, sin embargo, derrotaron al ejército enemigo a su vuelta.

En el siglo III a.C., los nabateos establecieron buenas alianzas con los pueblos fronterizos, en particular con los asmoneos de Judas Macabeo, con quien se mantuvieron en paz hasta el 100 a.C., fecha en la que el rey de los nabateos, Aretas II, rompió la tregua cuando Alejandro Janneo ocupó Ghaza, el puerto del que zarpaban los barcos cargados de especias. Con el advenimiento de Aretas III, los nabateos se extendieron hasta Damasco, territorio que gobernaron durante doce años. Derocado por Tigranes, rey de los armenios, Aretas III perdió también los puertos y las doce ciudades del territorio de Moab.

Cuando los romanos crearon la provincia de Siria, intentaron en vano anexionar a esta el reino de los nabateos que, preocupados por conservar la estabilidad en toda la región, en unos casos se aliaban con los romanos y en otros con sus enemigos. Con la llegada de Augusto, Roma acabó mandando a la zona una expedición de 10.000 soldados, en la que también participaron un millar de nabateos, impulsados por el deseo de conquistar el reino de Saba. La expedición resultó un fracaso.

En el año 75 d.C., el último rey de los nabateos, Rabel II, trasladó la capital del reino de Petra a Bursa por razones de índole económico. La anexión del reino nabateo al Imperio Romano ocurrió en el año 106 d.C. y fue obra del emperador Trajano, quien creó la provincia de Arabia con capital en Bursa. Petra tuvo el privilegio de recibir el título de “metrópoli”. Tras la visita del emperador Adriano, en el año 130 d.C. cambió su nombre por el de Hadriana Petra y se construyeron nuevos monumentos. Posteriormente fue “colonia romana” por voluntad de Helio-gábalo. Durante el reinado de Diocleciano formó parte de la provincia de “Palestina Tertia”. A pesar del dominio bizantino, el cristianismo nunca tuvo un camino fácil en la capital de los nabeteos y no adquirió carácter de sede metropolitana del imperio bizantino hasta las postrimerías de la conquista árabe. Se sabe que en el siglo XII los cruzados edificaron en la región dos fortalezas, pero a partir del siglo siguiente, desde la descripción de la visita del sultán mameluco Baibars, los testimonios se hicieron cada vez más escasos. No se vuelve a mencionar Petra hasta 1812 cuando la redescubre Johann Ludwig Buckhardt.

Accedimos al yacimiento arqueológico, una vez pasada la verja, a través del sugerente paisaje del cauce “embarrado” de un pequeño uadi, donde esperan caballos y calesas. A escasa distancia de la entrada, a la derecha, lo primero que se ven son los cubos Jinn, tres grandes monolitos de piedra. La voz jinn en árabe significa “genio”. El nombre de este monumento se explica porque, según la tradición, estos bloques de piedra fueron excavados en la roca para poder cobijar a los genios. En realidad, se trata de tumbas inconclusas.

Inmediatamente después, al otro lado del camino, se puede contemplar la tumba de los Obeliscos, y en la parte inferior, el triclinio.

La tumba se remonta al reinado de Maikos II (40-70 d.C.), y está excavada en la roca, siendo de clara influencia egipcia. De hecho, en la ciudad egipcia de Alejandría estaba muy extendido el culto al dios nabateo Dusharah.

La fachada consta de cuatro obeliscos o pirámides, tallados en la roca. Cada pirámide, designada en los epitafios semíticos como “nefesh”, representaba al difunto, cuyos restos mortales descansaban en la sala interior. Las tumbas estaban dispuestas a lo largo de las paredes rocosas. El triclinio, inspirado en el modelo clásico de doble frontón, está constituido por una cámara central despojada de ornamento y con tres sitiales para asistentes al banquete fúnebre.

Llegamos a la puerta del Siq (Bab-as-Siq), el acceso, a través de una angosta garganta, al yacimiento. El lecho del río se transformó en una calzada pavimentada, descubierta durante las labores de restauración. En la hondonada lateral donde se excavó el túnel que encauzaba el agua, se puede ver numerosos nichos y algunas tumbas, entre ellas una tumba monolítica adornada con un friso de estilo asirio.

El desfiladero del Siq, que en algunos puntos no supera los dos metros de ancho, está formado por paredes de arenisca de entre ochenta y cien metros de altura. Tras pasar las ruinas del arco triunfal, que marcaba la entraba a la ciudad, se llega a una zona donde se concentran numerosas ruinas, como el nido del águila, probablemente romano, con un águila entre dos columnas.

A lo largo del camino se suceden bajorrelieves, nichos votivos y las ruinas de un acueducto excavado en la roca que servía para llevar el agua a la ciudad. A mitad del desfiladero, a la izquierda, después de dejar atrás el betilo, dedicado al dios nabateo de Dusharah, se puede contemplar el bajorrelieve de la caravana, donde se distingue un desfile procesional de hombres y animales en dirección a la ciudad.

La presencia de betilos (piedras cúbicas que, según la tradición nabatea, encerraban a los espíritus de los dioses) y de nichos votivos a lo largo del desfiladero del Sip parece confirmar la teoría de que se trataba del acceso principal a la ciudad.

Teníamos el corazón encogido esperando que a la vuelta de la próxima curva apareciera el Tesoro…

Y, cuando menos te lo esperas, de repente el desfiladero se abre y aparece la fachada rosada de al-Khaznah.

El conjunto monumental de al-Khaznah, conocido como “tesoro del faraón”, debe su nombre a una antigua tradición, según la cual un faraón había ocultado oro en la parte superior del “tholos”. Esta es también la razón de los números disparos realizados por los beduinos, quienes, creyendo en la leyenda, intentaron apoderarse del tesoro.

No hay duda de que es el monumento más sugerente de la ciudad (probablemente también lo sea del mundo), no solo por su espectacular emplazamiento, sino también por los extraordinarios matices rodados de la arenisca, que desde el alba al ocaso, con sol y con lluvia, ofrece tonalidades de sensaciones descriptibles.

Contemplando la fachada pasa el tiempo, realmente hipnotiza… y no puedes dejar de admirarla, pararse en cada uno de sus detalles, fotografiarla una y otra vez.

La fecha de construcción del Tesoro es un dato muy controvertido. Según algunos estudios se remonta a la época de Adriano (117-138 d.C.). Otros lo sitúan en un periodo anterior a la anexión de la ciudad al Imperio Romano, posiblemente durante el reinado de Aretas III (84-61 a.C.).

El monumento sorprende no solo por lo imponente de sus dimensiones (28 metros de ancho por 40 metros de alto) sino por la armonía de los elementos de la fachada, de estilo helenístico.

Consta de dos órdenes corintios superpuestos y decorados con columnas, relieves y esculturas. El orden inferior presenta seis columnas, cuatro de las cuales están rematadas por un frontón triangular decorado. A derecha y a izquierda, en los espacios laterales entre columnas y coronados por capiteles corintios, destacan dos bajorrelieves con la representación de los Dioscuros.

El plano superior presenta un “tholos” central con dos edículos laterales, coronados por sendos semifrontones. El centro del “tholos” acoge un bajorrelieve de la diosa Isis, con el cuerno de la abundancia en la mano izquierda y un sistro en la derecha. La cubierta del “tholos” está rematda por un capitel que sostiene la famosa urna que, según la leyenda, guardaba el tesoro.

En las fachadas laterales figuran representadas amazonas danzantes, ataviadas con túnica corta y un echarpe ondeado al viento. En los espacios entre columnas de los lados aparecen dos victorias aladas con una pátera en la mano. El friso muestra en su decoración motivos florales y alternancias de cálices de vino y grifos, unidos por sarmientos.

El plano inferior se abre a un vestíbulo con tres puertas. Las dos laterales, adornadas con exquisitos bajorrelieves, dan a sendos hipogeos, mientras que por la central se accede a un espacio desnudo con nichos laterales en las paredes y una pequeña cámara.

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