A la mañana siguiente visitamos el sector este de la ciudad, ligeramente alejado del centro, donde se encuentra la Necrópolis de Chellah, un recinto arqueológico sorprendente que es el origen de Rabat.
Fue un pequeño asentamiento fundado por los cartagineses, en una elevación junto al río Bu Regreg, conquistado posteriormente por los romanos, en el siglo I dC. Estos últimos la llamaron Sala Colonia, de donde provendría el nombre de la vecina Salé.
Con la caída del imperio romano, esta pequeña ciudad entró en una progresiva decadencia hasta caer en el olvido y quedar abandonada en torno al siglo XII. Y así permaneció hasta el siglo XIV, cuando un rey de la dinastía meriní, el sultán Abu Al-Hassan, consideró que era un buen lugar para establecer una necrópolis. Aquí decidió enterrarse junto a su mujer y aquí se situaron otras importantes tumbas. Y para proteger esta singular necrópolis, mandó construir unas murallas que protegieran el recinto.
Actualmente, Chellah es uno de los recintos arqueológicos más importantes de Marruecos. Sus vestigios de época cartaginés y romana no son tan evidentes a simple vista, pero un buen observador sabrá reconocerlos. Por ejemplo, el Decumanus Maximus (vía principal), un arco de triunfo y un espacio público y central que haría las veces de foro.
En cambio, los vestigios de época meriní sí son muy relevantes. La muralla construida para proteger la necrópolis es el elemento más destacable, pero también otras construcciones como arcos de herradura, columnas, un mihrab y el minarete de la antigua mezquita del complejo, en un estilo que recuerda al de otras épocas anteriores, como la sebka que también está presente en la almohade Torre Hassan.
También se conservan restos de la decoración de la necrópolis, con zellig o azulejos, y aún se reconocen las tumbas de algunos personajes importantes de su época. Entre ellas, las del rey meriní Abu al-Hassan y su mujer, bajo la cual hay un agradable sendero entre vegetación local como palmeras o incluso flores en primavera.
Además, hay otros dos atractivos colaterales. Por un lado, la hermosa colonia de cigüeñas que han elegido la cima de estas estructuras para construir sus nidos. Y por otro, una poza de agua a la que se atribuyen poderes sobrenaturales: son muchas las mujeres que vienen aquí a alimentar con huevos cocidos a las anguilas por la creencia de que eso fomentará su fertilidad y propiciará un parto más fácil.
Tras la visita partíamos hacia Tetuán donde de nuevo la casa de Quiño haría de refugio hasta la mañana siguiente, en la que abandonábamos este bonito país. No sin dificultades. Cuatro en coche y dos en taxi hasta la frontera. Cuando los del coche llegamos a la explanada del puerto nos faltaban los dos del taxi para embarcar. Viajes de ida a vuelta del puerto a la frontera y de la frontera al puerto. Al final, con todos los viajeros en el puerto, al conductor del vehículo casi le da un infarto intentando embarcar el coche en el ferry. Muchas personas intentando adelantar su vuelta cuando otras estaban intentando coger su barco. Al final, coche y conductor embarcaban prácticamente con el barco zarpando del puerto de Ceuta.
Al llegar a Algeciras se producía la primera despedida, de Toñi y de Quiño en esta ocasión. Juan Ángel, Mamen, May y yo teníamos un buen trecho hasta Vera. Domingo de Resurrección, y sin autovías (la Expo de Sevilla y la A-92 vendrían años después). Atravesar Marbella fue una auténtica penitencia debido a la multitud de calles cerradas por la procesión del Resucitado. Más de uno se echó una buena cabezadita mientras el experimentado conductor mantenía el tipo.
Una parada en Rincón de la Victoria para comer en un chiringuito a pie de playa antes de llegar al punto de partida, Vera. Eso sí, cuando los veratenses llegaron a su destino, a los murcianos todavía les quedaban otros cien kilómetros para alcanzar el suyo. Final de trayecto.
Terminamos así el relato de un maravilloso viaje que ha permanecido en el recuerdo treinta y cinco años hasta escribir estas palabras y publicar estas instantáneas. Puede que el tiempo haya borrado algunos nombres y algunos recuerdos. También algunas anécdotas de aquellos días. Pero no la experiencia de recorrer parte de un país que no te deja indiferente. Maravillosa también la convivencia con personas con las que compartimos docencia en mi primer destino, el IES “Alyanub” de Vera, y que Marruecos unió para siempre, a pesar de que la vida tuviera un destino pensado para cada uno de ellos.
No estaría mal, ya que estas fotografías analógicas, ahora escaneadas, ven la luz (tal vez con algo de falta de calidad pero con un gran valor sentimental), propiciar un reencuentro de los viajeros. Por lo menos, de la mayor cantidad posible de ellos. Sería una excusa perfecta para rememorar todas las vivencias de nuestro paso por Marruecos.























