El 23 de julio de 2012 partimos al alba, como de costumbre, hacia tierras castellanas. Prácticamente de un tirón llegamos a Segovia al mediodía, alojándonos en el Hotel Plaza Acueducto, a escasos metros de este, una excusa perfecta para comenzar de inmediato la visita a la ciudad por esta maravilla de la ingeniería y de la obra civil.
El Acueducto de Segovia, construido en el siglo II d.C., es una de las mayores obras de ingeniería romana en España. Con sus 167 arcos de granito, transportó agua a la ciudad durante casi 2.000 años. Está formado por bloques de piedra unidos sin argamasa, utilizando un sistema de equilibrio de fuerzas.
Para su construcción, los romanos utilizaron fuertes andamios que soportaban las cimbras, sobre las que se encajaban las dovelas de los arcos, cuya piedra central, la clave, tenía que estar perfectamente tallada en forma de cuña para así poder ejercer la presión suficiente.
Los sillares ubicados a poca altura o por debajo del suelo eran colocados en su sitio transportándolos directamente hasta su disposición final desplazándolos mediante rodillos de encina, arrastrándolos por pequeñas rampas de madera apoyadas en andamios o desplazadas gracias a la fuerza de los animales de tiro.
Cuando la altura era mayor a la estatura de un hombre, utilizaban ruedas de elevación de grandes dimensiones, movidas por esclavos, que daban vueltas a un eje en el que se enrollaba la cuerda de cáñamo que, por un sistema de poleas, permitía izar los sillares. En los andamios otro grupo de obreros estaba pendientes de su colocación en el sitio correcto, ajustando los sillares, mediante palancas. Finalmente el cantero, in situ, acababa la obra con el labrado y tallado de las caras de cada piedra.
Las marcas hoy visibles de la construcción en época romana son los de ajuste, picado y almohadillado: las de ajuste son las hendiduras en la arista superior e inferior. Estas hendiduras se producen al introducir una palanca de hierro que hacía posible colocar los sillares en su posición final. Las marcas de picado están realizadas a golpes de pico formando estrías verticales en los sillares que conforman los extremos de los pilares y las marcas de almohadillado se producían para estilizar las aristas verticales.
El Acueducto es más ancho en la parte inferior y va disminuyendo al aumentar su altura. Es esta una solución ingeniosa que ayuda a soportar su propio peso. La unión de los sillares «opus quadrata» está realizada sin argamasa, cemento o plomo. Los sillares se mantienen unidos gracias a un perfecto estudio de empujes de las piedras.
Comenzamos la ascensión hacia el centro de la ciudad pasando por la Iglesia de San Martín. El espléndido templo, un compendio del románico castellano, está definido por un triple atrio de columnas y tres ábsides, una torre mudéjar que ocupa el espacio del cimborrio. Especial interés poseen los capiteles labrados, la placa de mármol con la efigie de San Martín situada en el exterior del ábside y las cuatro estatuas columna de la fachada.
Las Calles Juan Bravo e Isabel la Católica nos condujeron a la Plaza Mayor, el auténtico corazón de la ciudad, fruto de la política urbanística del siglo XVII. Vio modificado su aspecto a causa del hundimiento de la iglesia de San Miguel, acaecido en 1523. La iglesia, que estaba situada en el centro de la Plaza, donde se encuentra el quiosco actualmente, daba origen a tres plazuelas. Se reedificó en un lateral de la misma en 1532, lo que ha dado al ágora segoviana su forma actual, sobre todo por la construcción de la Catedral, que se inició en 1525, después de la destrucción de parte del barrio judío. El desplazamiento de la Iglesia de San Miguel completó ese gran cambio.
La Plaza Mayor está enmarcada por los bellos pináculos del ábside de la Catedral, de estilo gótico tardío, que comenzó a construirse en 1525 con la colaboración desinteresada de los segovianos y bajo la dirección de los arquitectos de la familia Gil de Hontañón. Sustituyó a la Catedral Vieja situada en los actuales jardines del Alcázar y destruida durante la Guerra de las Comunidades en 1520.
En su exterior, al oeste, está la fachada principal, conocida como Puerta del Perdón, con la escultura de la Virgen, obra de Juan Guas. Junto a ella se extiende el Enlosado, un espacio utilizado actualmente para actividades culturales.
La torre, situada en el lado de la Epístola, es uno de los elementos más llamativos por su gran altura, y ha estado habitada hasta mediados del siglo XX por el campanero. Constituye un privilegiado mirador sobre la ciudad, que actualmente es posible conocer mediante visitas guiadas.
La planta es de tres naves con crucero, con ábside semicircular en la cabecera y girola, rodeada de capillas. La grandiosidad y armonía de dimensiones define el interior. Observación pausada merecen las vidrieras (s. XVI), el Retablo Mayor dedicado a Ntra. Sra. de la Paz (s. XIV), donada a la ciudad por Enrique IV, la sillería del coro (fines del s. XV) procedente de la Catedral Vieja, los bellos órganos barrocos, la rejería o el trascoro neoclásico que guarda la urna con las reliquias de San Frutos.
Alberga 18 capillas que se encuentran en la girola y en las naves laterales, con importantes pinturas y esculturas. En su interior destacan el Calvario románico situado en la entrada de la Capilla del Sacramento; el tríptico de Ambrosius Benson y el retablo de la Piedad, de Juan de Juni, en la Capilla del Santo Entierro, junto a la Puerta de San Frutos; y el Cristo Yacente de Gregorio Fernández. Un claustro de Juan Guas procedente de la antigua catedral románica y trasladado piedra a piedra a su actual emplazamiento, precede a las salas del Museo Catedralicio. El Archivo Catedralicio conserva más de 500 incunables, entre ellos el Sinodal de Aguilafuente, primer libro impreso en España.
Hora de comer. A los pies del acueducto se encuentra el Restaurante más emblemático de Segovia. Cándido fue una figura mítica de su generación, consagrando su vida a su profesión: la hostelería, y siendo el primer, y más destacado promotor del cochinillo segoviano y de la gastronomía castellana. Ofrecía sus cochinillos que partía con el borde de un plato, ceremonia mundialmente conocida creada por él y convirtiéndolo en la tradición de esta casa.
Después de comer tocaba resguardarse del calor del mediodía segoviano y prepararse para la visita vespertina. Con todo, volvimos a la calle cuando todavía hacía un solanero de escándalo, dispuestos a recorrer el recinto amurallado por su zona exterior, por el Paseo del Valle del Clamores y sus miradores.
Contemplamos la Iglesia de San Millán, declarada Bien de Interés Cultural, un importantísimo templo, modelo de las iglesias románicas segovianas al integrar todas sus características tipológicas, como son la influencia islámica (decoración y bóvedas al estilo califal), atrios que cumplen la función de centro de reunión, sustitutos de los soportales de una plaza, y esbeltos campanarios que configuran un peculiarísimo perfil de la ciudad. Construida a imagen de la Catedral de Jaca, posee una torre que conserva restos de un edificio anterior, de estilo mozárabe.
A pesar de la elevada temperatura, es un placer para la vista contemplar esta visión excepcional de la magnífica y excelentemente conservada muralla segoviana, así como de la Catedral, el Alcázar y otros magníficos monumentos de Segovia que forman un marco incomparable.
Tras pasar por el Mirador de la Pradera de San Marcos llegamos a las inmediaciones de la Iglesia de la Vera Cruz, fundada por los Caballeros de la Orden del Santo Sepulcro en 1208, aunque la tradición popular la viene, desde tiempo inmemorial, atribuyendo a los Templarios.
La iglesia, de planta dodecagonal, posee un interior muy sobrio y emocionante, con un halo misterioso. Tiene dos plantas con bóveda de crucería al estilo musulmán, y restos de pinturas.
Junto a ella, el Monasterio de Santa María del Parral, un edificio del siglo XV perteneciente a los monjes Jerónimos.
Era el momento de desandar lo andado y subir, en este caso, lo bajado. Y ya puestos, optamos por el antiguo atajo que comunica el recinto amurallado y el Puente de la Castellana, el acceso al antiguo arrabal de San Marcos. La Cuesta de la zorra la llaman, por la Cueva que encuentras en un momento de la ascensión.
Tiempo para contemplar el exterior del Alcázar, que visitaríamos en días posteriores, y de seguir paseando por la Judería, uno de los barrios medievales con mayor encanto de la ciudad.
En el siglo XV se convirtió en una de las más importantes y pobladas de Castilla. Extraordinariamente bien conservado, el entramado de sus calles y su caserío te transportan a otro tiempo.
Tiempo para cenar y para un paseo nocturno por la ciudad. Había que descansar para la ruta planificada para el día siguiente.
























































