Tras la comida volvimos al hotel para descansar antes de dirigirnos a la Plaza Mayor, lugar de inicio de nuestra visita guiada a la Zamora Monumental.
Una forma distinta de ver muchos de los lugares que habíamos recorrido por nuestra cuenta, conociendo su historia y detalles, algo que siempre complementa los pasos previos andados.
Regresamos, de nuevo, al Mirador del Troncoso, con sus increíbles vistas del río Duero y el Puente de Piedra.
May volvió a pasar por la Calle del Troncoso, una de las más antiguas de Zamora, situada en el casco antiguo y cercana al río Duero. Yo lo hacía por vez primera. Esta calle no solo un lugar de tránsito, sino un punto de encuentro entre la historia y la belleza natural de Zamora.
La visita terminó en el Portillo de la Traición, ahora llamado Portillo de la Lealtad, el lugar, según la tradición, por el que Vellido Dolfos entró en la ciudad después de haber dado muerte al Rey Sancho II El Fuerte siendo perseguido por El Cid, en el año 1072 durante el episodio del Cerco de Zamora.
Es una de las puertas integrantes del primer recinto amurallado y se sitúa en los jardines del Castillo, entre la Catedral y la Iglesia de San Isidoro. Es alta y estrecha, está rodeada de vegetación y se levanta sobre una quebrada, en uno de los tramos más irregulares del perímetro de la muralla y contiene un arco de medio punto. Más que por su valor artístico es recordado por su valor histórico.
Del romancero zamorano proviene la historia que marca esta puerta. Se cuenta que, cuando el Rey Don Sancho se encontraba en Zamora, mientras le puso cerco y en la ciudad las condiciones de vida se hacían difíciles, un gallego que se encontraba allí, Vellido Dolfos, salió de la ciudad y se declaró vasallo del rey, quien le tomó bajo su protección. Un día, bajo el pretexto de enseñar al rey una puerta por donde acceder a Zamora y romper su cerco, se alejó con él del campamento sin más compañía. El rey sintió una repentina necesidad y se bajó del caballo para entregarle su daga a Vellido Dolfos, momento en que éste aprovecho para hundírsela en el pecho y emprender una galopada hacia el portillo. El Cid presenció la escapada desde lejos y montó su caballo, pero no logro alcanzarle. El rey murió poco después en el campamento, acusando de su muerte al gallego, y los castellanos, ya sin rey, levantaron el cerco de Zamora.
Teníamos el tiempo justo de visitar la Iglesia de Santiago del Burgo antes de la hora de cierre. Existen varios testimonios documentales que confirman su existencia ya en el siglo XII. En 1168 un Diego Román donó a la catedral la cuarta parte. En 1176 García García y su hermana María dieron a la misma institución la parte de la iglesia que les correspondía; dos años después lo hacen Pedro y Teresa López.
No obstante se ha cuestionado que estas noticias aludan a este templo, afirmándose, por el contrario, que se relacionan con el de Santiago el Viejo o de los Caballeros. De esa época y comienzos del XIII será el edificio actual, que tiene la particularidad de ser el único templo románico de Zamora, a excepción de la catedral, que conserva las tres naves, de cuatro tramos, con algunas cubiertas de la época y otras rehechas.
La visita a Zamora estaba, prácticamente, culminada. Quedaba hacer las típicas compras de rigor y volver a tapear por la ciudad. El objetivo inicial era la calle de los Herreros pero, incluso con las bajas temperaturas de estas latitudes, abrían todos a las ocho y media. Demasiada espera. Por este motivo acabamos en Alfonso de Castro, dejando el Bar Bambú y sus tiberios para una próxima visita y eligiendo el uno de los Bares El Abuelo (vimos más de uno en nuestros paseos por la ciudad) donde, delante de una copa de buen tinto, descubrimos el secreto de la típica frase ¡Uno que síiii, tres que nooo! -con canturreo y alargamiento de la «í» y la «o» incluidos-, cuya traducción para alguien como nosotros, todavía no habituados al tapeo zamorano sería «Un pincho moruno que pique y tres que no«. Muy ricos, por cierto.
Ya en el hotel tocaba dejar prácticamente ultimado el equipaje para la partida del día siguiente. A temprana hora bajábamos a desayunar a una cafetería cercana para hacer rápidamente el ckeck out, coger el coche en el parking y poner rumbo a Valladolid, previa parada en Toro.





































