Barcelona 2007 (3)

La mañana siguiente brilló con la promesa de algo grande: la Sagrada Familia. Aunque la habíamos visto desde lejos muchas veces, incluso en fotos durante años, ninguna imagen preparaba para lo que significaba estar frente a ella.

Accedimos a ella por la Fachada de la Pasión, que simboliza la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es conocida por sus formas angulosas y esculturas dramáticas. Cuál fue nuestra sorpresa al dar la vuelta y contemplar la fachada del Nacimiento, que parecía un bosque pétreo: figuras, hojas, animales, un caos ordenado que contaba la historia de una manera que sólo Gaudí podía imaginar.

Pero lo verdaderamente inolvidable fue el interior. Entrar en la Sagrada Familia es como penetrar en un bosque donde la luz ha aprendido a hablar. Las columnas se ramificaban como árboles gigantescos, cada una con una forma distinta, cada una sostenida en una lógica matemática que a mí me resultaba imposible comprender, pero que mi corazón entendía sin problema.

La luz coloreada se movía por el suelo como un río lento. Subimos a la parte superior por una sinuosa escalera. Un clásico de nuestros posteriores viajes por España y por el mundo.

Pasamos allí un buen rato sin que el tiempo pareciera avanzar. Cada detalle nos retenía: la altura, la acústica, la geometría, la espiritualidad que no dependía de creencias, sino de belleza.

Salimos ya bien entrada la mañana y fuimos subiendo, casi sin fuerzas pero con emoción renovada, hacia el Park Güell. Allí cambió el tono del viaje: de la solemnidad pasamos a la fantasía.

La salamandra de la entrada, el famoso drac, nos recibió con colores imposibles. Después, la sala hipóstila, con sus columnas inclinadas, nos hizo sentir pequeños ante la imaginación de Gaudí.

Pero lo mejor fue la gran plaza superior, con ese banco ondulante de mosaicos que parece una serpiente luminosa protegiendo la vista de la ciudad. Nos sentamos un rato allí, contemplando Barcelona extendiéndose hasta el mar.

Era un momento que habríamos querido detener. El aire tibio, las risas lejanas de los turistas, el  cielo cambiante… Y nosotros, de nuevo solos, de nuevo juntos, de nuevo sintiendo que la vida podía ser ligera si uno la miraba desde el ángulo adecuado.

Continuamos avanzando por los senderos entre pinos y columnas inclinadas. El parque parecía un escenario diseñado para que la imaginación caminara sola. Y fue allí, casi sin haberlo planeado, cuando llegamos a uno de los lugares que más me impresionaron de toda la visita: la casa donde vivió Antoni Gaudí durante casi veinte años. No se trataba de una casa monumental como la Pedrera o la Casa Batlló; al contrario, era un edificio recogido, casi humilde, con la serenidad de lo íntimo. Pero fue precisamente eso lo que me conmovió.

Nos detuvimos frente a ella mientras leíamos una pequeña nota explicativa que hablaba de su origen: aquella vivienda había sido, en realidad, la casa muestra de la urbanización que Eusebi Güell quería levantar en el Park Güell. Una urbanización que nunca llegó a completarse como había sido concebida, pero de la que esta casa era la pieza inaugural.

Nos sorprendió descubrir que el proyecto no era obra directa de Gaudí, sino de su amigo y colaborador Francesc Berenguer i Mestres, un arquitecto capaz de interpretar como pocos el espíritu gaudiniano. La construcción había sido promovida por Josep Pardo i Casanovas, el contratista del parque, con la intención de atraer posibles compradores. Y, sin embargo, quien terminó adquiriéndola no fue ningún burgués del Ensanche, sino el padre de Gaudí, en 1906.

Mientras observábamos la fachada, con su tono rosado, su perfil sencillo y su torre pequeña coronada por una veleta, pensamos en la ironía hermosa de la historia: aquella casa, levantada para mostrar un sueño residencial que nunca llegó a cumplirse, acabaría siendo el hogar del propio arquitecto.

Gaudí vivió allí hasta 1925, prácticamente el final de su vida. Intentamos imaginarlo cruzando ese pequeño jardín, entrando por la puerta con paso silencioso, reflexionando en aquellas habitaciones sobre los planos de la Sagrada Familia, dibujando soluciones imposibles, escuchando el viento entre los árboles del parque. No era una casa para impresionar a nadie: era una casa para vivir.

Dentro, la exposición mostraba objetos personales, muebles diseñados por el propio Gaudí, bocetos y pequeñas piezas que revelaban la parte más humana del genio. Me llamó especialmente la atención su austeridad. No había ostentación, sino funcionalidad, calidez, devoción por los materiales y las formas. Era como si toda la exuberancia de su creatividad se hubiera reservado para el mundo exterior, para los templos, las fachadas, las plazas, mientras que su refugio doméstico quedaba en un reposo sereno.

Recorrer aquella casa fue entrar en su intimidad. Sentimos que cerraba un círculo: habíamos comenzado el día contemplando la Sagrada Familia, la obra colosal que ocupó sus últimos años, y lo estábamos terminando en la casa donde reposó, reflexionó, soñó y vivió su vida cotidiana.

Salimos del pequeño jardín con una sensación extraña, mezcla de melancolía y admiración. Era como si nos hubieran dejado asomarnos un instante a la parte privada del genio, esa que no aparece en las guías ni en las postales. Mientras nos alejábamos por los caminos del Park Güell, el sol brillaba y la ciudad, a lo lejos, parecía flotar.

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