Olite, Batzán 2026 (y 15)

Al reservar el aparcamiento de la cascada de Xorroxin también habíamos reservado la plaza del aparcamiento de Amaiur, aunque la afluencia de personas a esa hora del día era relativamente baja. El calor apretaba y nos habíamos cambiado de ropa al finalizar la ruta de senderismo. Sabíamos que en la parte alta de Amaiur se encuentran las ruinas del antiguo castillo y el monolito que se levantó sobre los cimientos para homenajear a los que lo defendieron ante la llegada de las tropas castellanas. Pero optamos por recorrer las calles del pueblo.

Antes de llegar al arco de entrada a Amaiur, fuera queda la iglesia de la Asunción, y el molino de Amaiur, que lleva produciendo harina de maíz desde el siglo XVIII y aún sigue en funcionamiento y vendiendo esa harina.

En el molino aprovechamos para hidratarnos, aunque no probamos los talos, un plato típico del Valle de Baztán, que está formado por unas tortillas de maíz y que suelen rellenar con diferentes ingredientes.

Volvimos a Elizondo para realizar algunas compras que habían quedado pendientes. Habíamos decidido comer ese día en el hotel, para aprovechar sus instalaciones, antes de disfrutar de un relajante circuito termal en las aguas del balneario, que nos ofreció un rato de bienestar absoluto.

El balneario es ampliamente reconocido por albergar el manantial de aguas mineromedicinales con la mayor concentración de sal y minerales de Europa, lo que nos permitió experimentar un efecto de flotación extrema similar al que habíamos ya vivido en las aguas del Mar Muerto.

Las instalaciones de hidroterapia aprovechan sus singulares aguas termales y saladas para tratamientos terapéuticos y de relajación. El circuito termal estándar que realizamos incluye su piscina central (equipada con cascadas, cuellos de cisne, chorros de masaje lumbar y nado contracorriente); flotariums (dos piscinas de flotabilidad elevada, una de diseño romano y otra de ambiente íntimo pensada para simular la observación del universo); zonas de calor (sauna seca, sauna húmeda -hammam- y una sala de nebulización); y un área de relax con camas y hamacas calefactables con vistas panorámicas hacia el paisaje natural del valle.

Al caer la tarde paseamos por las inmediaciones, respirando el silencio del entorno y dejando que el día se deslizara sin prisa. Al regresar a la habitación, comenzamos a preparar el equipaje, ese gesto que siempre anuncia el final. Comentamos los mejores momentos, guardamos recuerdos y sentimos esa mezcla de satisfacción y nostalgia que acompaña los viajes bien hechos.

Al día siguiente emprendimos el regreso a Alcantarilla, con un par de paradas breves para repostar y comer. La carretera nos devolvió poco a poco a la rutina, pero Navarra se quedó con nosotros: en las imágenes, en los sonidos, en los silencios, en los detalles que hacen que un viaje no sea solo un desplazamiento, sino una experiencia que permanece.

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