Barcelona 2007 (2)

Al día siguiente nos sumergimos en la Barcelona monumental, pero llevábamos dentro el eco luminoso del primer día. Cogimos el metro y nos acercamos a La Pedrera-Casa Milà, donde Gaudí parecía haberse permitido un capricho escultórico en plena avenida. La fachada ondulaba como si la empujara un viento marino, y las barandillas de hierro forjado parecían criaturas orgánicas aferrándose a la piedra.

Subimos a la azotea. Aquel bosque de chimeneas, esas figuras casi humanas que vigilaban la ciudad, me provocó un estremecimiento extraño: era arquitectura, sí, pero también era mito. Valentín nos había dicho la noche anterior que no había que mirar Barcelona, sino escucharla. Creo que lo entendimos allí arriba.

Gaudí no diseñó edificios: los soñó.

Caminamos después hacia la Casa Batlló, donde la fachada parecía hecha de escamas, como si el edificio fuera un dragón dormido bajo el sol. Descendimos hasta la Plaça de Catalunya, vibrante, y seguimos hacia el Barrio Gótico, ese laberinto de piedra donde siglos enteros parecen coexistir sin molestarse.

La Catedral de Barcelona nos recibió con un recogimiento solemne; la Plaça de Sant Jaume, con su vida institucional; el Liceu, con el rumor de óperas pasadas; y la Rambla, con su mezcla de turistas, flores y estatuas vivientes. Terminamos en el Monumento a Colón, mirando hacia el mar como si el viaje apenas empezara, y cruzamos hasta el Maremagnum, donde el vidrio reflejaba todo: el cielo, el puerto, incluso nuestros propios pasos.

Pero si hubo un momento que se grabó en May ese día fue la entrada en la Basílica de Santa María del Mar. Nada nos había preparado para la sensación de caminar bajo sus columnas. Tan altas, tan finas, tan rectas… como lanzas apuntando al cielo. Le recordó a la emoción que sintió leyendo “Los pilares de la Tierra”, de Ken Follett. Esa idea poderosa de que las catedrales no son construcciones, sino actos de fe colectiva. Allí dentro no había ostentación, solo una armonía perfecta entre luz, espacio y piedra. Nos quedamos allí en silencio, sintiendo que cada visita, cada paso, cada mirada compartida contribuía también a reconstruir algo dentro de nosotros.

Salimos de Santa María del Mar con esa mezcla de serenidad y asombro que dejan los lugares construidos más con voluntad que con piedra. Todavía caminábamos despacio, como si necesitáramos un poco de tiempo para acomodar las sensaciones antes de volver a hablar. Es curioso cómo ciertos espacios obligan al silencio, no porque lo impongan, sino porque invitan a él.

Pero Barcelona siempre tiene una puerta más, un giro más, un rincón más que ofrecer, y apenas doblamos la esquina nos encaminamos al Museo Picasso, que quedaba muy cerca. La transición entre ambos lugares fue casi poética: de la solemnidad gótica al bullicio sutil de las calles del Born. Y, de repente, allí estaba: el museo que contiene no sólo obras, sino un itinerario emocional de un artista que vivió y amó profundamente esta ciudad.

Entrar en el Museo Picasso fue como asomarse a un cuaderno íntimo. No se trataba de las obras monumentales o mundialmente conocidas, sino del trazo joven, de la experimentación, del aprendizaje. Recorrimos varias salas en silencio, deteniéndonos frente a los retratos azules, los estudios de personajes, los paisajes que parecían ejercicios de memoria. Comentamos, medio en broma, medio en serio, que Picasso había hecho con Velázquez lo mismo que Gaudí hacía con la naturaleza: traducirla a su propio idioma.

Al salir del museo ya era tarde, y todavía teníamos el cansancio de toda la jornada recorriéndonos el cuerpo. Regresamos un rato al hotel para descansar, pero dentro de nosotros seguía latiendo ese entusiasmo de quien vuelve a sentir la vida con plenitud.

La cena de esa noche fue otra pequeña celebración. Valentín nos llevó a la vinoteca Cavina, un espacio elegante, contemporáneo, donde el vino era tratado casi como un tesoro cultural. El ambiente era íntimo, con iluminación suave y estanterías repletas de botellas que parecían mirar desde las paredes.

Compartimos un vino con personalidad, el Enrique Mendoza Santa Rosa, mientras hablábamos de la ciudad, de su manera de entrelazar historia y modernidad, de cómo aquel viaje estaba resultando mucho más sanador de lo previsto. Cuando abandonamos Cavina, ya entrada la noche, Barcelona parecía sonreírnos.

Rematamos la noche por todo lo alto: una visita al Hotel Casa Fuster, en el número 132 del Paseo de Gracia. Una ubicación privilegiada para vivir Barcelona y sentir su esencia, donde en ocasiones tocaba Woody Allen. En aquel elegante salón, con el rumor de conversaciones sofisticadas, sentimos algo parecido a estar dentro de una película neoyorquina rodada en Barcelona.

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