Aquel viaje a Toledo, los días 14 y 15 de mayo de 2014, quedó marcado por una atmósfera especial, casi solemne, que impregnaba cada rincón de la ciudad. Era el año del IV Centenario de la muerte de El Greco, y Toledo vivía una efervescencia cultural pocas veces vista. Las calles estaban llenas de visitantes, estudiantes de arte, grupos guiados y paseantes que, como nosotros, sentían que algo excepcional estaba teniendo lugar. La exposición El Griego de Toledo, celebrada principalmente en el Museo de Santa Cruz, reunía más de cien obras del maestro, llegadas desde museos tan prestigiosos como el Hermitage, el Metropolitan de Nueva York o la National Gallery de Londres, convirtiéndose en la mayor muestra jamás organizada sobre el artista.
Cuando llegamos a media tarde del día 14, nos alojamos en un hotel boutique cercano a la Plaza de Zocodover, pequeño, moderno y silencioso, uno de esos establecimientos sin recepción permanente en los que el acceso se hacía mediante un código. Instalamos nuestras cosas y salimos casi de inmediato a caminar, deseosos de mezclarnos con la ciudad. La luz del atardecer caía oblicua sobre los tejados rojizos, dando a las estrechas calles un tono de cobre antiguo.
Nuestro primer destino fue la Sinagoga de Santa María la Blanca, cuyo interior nos envolvió con una serenidad inesperada. Las columnas encaladas y los arcos de yeso labrado creaban un ritmo visual casi hipnótico, como si el tiempo se ralentizara entre aquellas naves silenciosas. Allí aprovechamos para comprar dos recuerdos que, con los años, se han convertido en pequeños tesoros: un anillo réplica del de El Señor de los Anillos, tan popular por aquellos tiempos, y una pulsera toledana, como si llevara consigo la esencia misma de la artesanía centenaria de la ciudad.
Después de la visita, seguimos caminando por las callejuelas que descienden hacia el entorno de la Catedral y Santa Fe. La ciudad rebosaba vida: terrazas llenas, estudiantes que improvisaban música, turistas consultando mapas de papel que se abrían y cerraban como alas inquietas.
Terminamos cenando algo en El Trébol, en la Calle de Santa Fé, junto a la estatua de Cervantes. Allí, entre tapas y conversación, dimos por inaugurada la escapada.
Al atardecer, nos acercamos a un mirador desde el que se contemplaba la imponente silueta de la Academia de Infantería, al otro lado del Tajo. Para mí era un lugar cargado de significado, pues allí había pasado tres meses durante mi periodo de milicias universitarias. Desde la distancia, iluminado contra el cielo nocturno, el edificio parecía más solemne aún, como si contuviera en su interior ecos de vida pasada y recuerdos suspendidos.
Terminamos la jornada en el Círculo de Arte, en la Plaza de San Vicente, un antiguo templo desacralizado convertido en espacio cultural. Allí tomamos una copa mientras la música resonaba suavemente bajo las bóvedas, mezclándose con el murmullo de la gente. Era uno de esos lugares donde el presente y el pasado conviven sin estorbarse, donde uno puede sentir el pulso contemporáneo sin perder de vista el peso de siglos acumulados.






























