Úbeda, Baeza, Jaén 2026 (6)

De la sencillez de la fachada de la Iglesia de Santa Cruz pasamos a la ostentosidad del Palacio de Jabalquinto con su decoración de puntas de diamante, clavos de piña, florones, lazos y escudos, tan llena de detalles que nos dejó con la boca abierta. Fue mandado construir en el siglo XV por Juan Alfonso de Benavides Manrique como regalo de bodas para su mujer y hoy en día pertenece a la Universidad Internacional de Andalucía.

Accedimos al patio central con su doble arquería y en uno de sus lados encontramos una preciosa escalera barroca cerrada por obras de restauración que permite hacerse una idea de la riqueza arquitectónica del edificio.

Caminando llegamos al Paseo de la Constitución, hoy en obras, en el que se encuentra la Fuente de la Estrella, un quiosco de música y el edificio de la Alhóndiga del siglo XVI.

Muy  cerca se encuentra la Plaza de los Leones, uno de los espacios urbanos más representativos del Baeza renacentista. Aunque de dimensiones reducidas, concentra algunos de los edificios civiles más importantes de la ciudad histórica y refleja la función administrativa y económica que tuvo Baeza en los siglos XVI y XVII.

Su nombre procede de la Fuente de los Leones, situada en la plaza, cuyos leones de piedra, de origen íbero‑romano, refuerzan el carácter simbólico y monumental del conjunto. La plaza se configura como un espacio cerrado y armónico, pensado más para la representación del poder civil que para el tránsito abierto, algo muy característico del urbanismo renacentista.

El edificio conocido como la Antigua Carnicería es uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil renacentista de Baeza. Construida en el siglo XVI, fue la carnicería pública, un servicio municipal fundamental en la vida cotidiana. Su ubicación en una plaza principal refleja el control urbano y sanitario de los alimentos por parte del concejo. Presenta una fachada sobria y ordenada, basada en los principios del clasicismo renacentista: uso de arcos de medio punto, proporciones equilibradas y escasa decoración, priorizando la funcionalidad y la claridad formal.

Originalmente en este lugar solamente se encontraba la Casa del Pópulo, que hoy es la Oficina de turismo; la Puerta de Jaén, que marcaba el camino hasta la ciudad de Jaén; y el Arco de Villalar, que conmemora la visita de Carlos V a Baeza.

Paseamos por las calles de la ciudad hasta llegar al Ayuntamiento de Baeza, también conocido como Casa del Concejo, uno de los mejores ejemplos de arquitectura civil renacentista de la ciudad y un edificio clave en la vida institucional baezana. Fue construido en el siglo XVI, en pleno apogeo de Baeza como ciudad administrativa y jurídica. Desde su origen ha estado vinculado al gobierno municipal, simbolizando el poder civil y la autonomía del concejo. El edificio responde a los principios del Renacimiento andaluz, con una estética sobria y equilibrada.

Justo enfrente se halla la casa donde vivió Antonio Machado, uno de los lugares más cargados de significado cultural y literario de la ciudad. La casa es una modesta vivienda situada en el casco histórico, acorde con la vida austera que llevó el poeta. Aunque no es un edificio monumental en sentido artístico, su valor es eminentemente simbólico y está estrechamente vinculada a la obra y pensamiento de Machado. En Baeza escribió algunos de sus poemas y textos más reflexivos, influido por el paisaje de olivares, la vida interior de la ciudad histórica y el ambiente académico y espiritual del lugar.

Muy cerca se halla el convento de San Francisco, una de las obras más trascendentes del renacimiento andaluz, que por una serie de infortunios no ha llegado a nuestros días completa. Los terremotos de los siglos XVIII y XIX, el posterior saqueo de los franceses durante la invasión y el paso del tiempo han impedido que ahora podamos disfrutar de toda su grandeza. El complejo fue vendido durante la Desamortización de Mendizábal y el espacio fue ocupado por comercios, viviendas y hasta un teatro, que se mantuvieron hasta los años setenta del siglo XX.

En el exterior podemos observar un busto de Andrés de Vandelvira, obra de Antonio Perez Almahano, que se inauguró en 2018 para celebrar el 15º aniversario de la declaración de Patrimonio Mundial de Baeza. La estatua del ingeniero, que parece estar observando su obra, se instaló en el espacio libre circundante de las conocidas como Ruinas de San Francisco. Con esta escultura se pretende difundir y reconocer la obra del arquitecto, figura fundamental en el desarrollo del Baeza en el siglo XVI. Andrés Vandelvira nació en Albacete en 1505 y fue instruido por su padre, Pedro, que había estudiado en Italia. También pudo haber aprendido del maestro cantero Francisco de Luna, pues contrajo matrimonio con su hija Luisa. Además de este convento, su obra queda patente en buena parte de la Baeza renacentista.

De camino a la Iglesia de San Pablo pasamos por delante de la Torre de los Aliatares, uno de los torreones que se conservan de la muralla y que tiene el primer reloj que se instaló en la ciudad.

Este templo es uno de los más importantes de Baeza y un ejemplo muy representativo del tránsito del románico tardío al gótico en Andalucía. Fue construido entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, tras la conquista cristiana de la ciudad. Durante la Edad Media tuvo un papel destacado como iglesia parroquial y estuvo vinculada a la vida religiosa y social del barrio donde se asienta. El elemento más destacado es su fachada occidental, una de las más interesantes del románico andaluz, con un gran rosetón central, de clara influencia románica y una portada con arcos de medio punto y decoración sobria.

El interior presenta tres naves separadas por pilares y elementos románicos en la estructura y góticos en las cubiertas y arcos apuntados, dando sensación de recogimiento y verticalidad moderada, propia de los templos de transición.

Aunque la coronación canónica de la Virgen del Alcázar, la patrona de Baeza, está fechada para el 26 de septiembre de 2026, los actos de la Virgen de la Cabeza en abril y mayo también forman parte del calendario extraordinario mariano del año. Y nuestra visita a la ciudad coincidió con su presencia en la Iglesia de San Pablo.

La imagen recibe su nombre del Alcázar de Baeza, lugar donde, según la tradición, fue venerada desde época medieval. Su culto está ligado a la protección de la ciudad y a los primeros tiempos cristianos tras la conquista. Se trata de una imagen de la Virgen María con el Niño, de carácter sobrio y devocional. Aunque la talla actual es posterior, mantiene una iconografía tradicional, vinculada a la espiritualidad medieval.

Quedaba tiempo antes de comer para acercarse al Mirador de las Murallas, uno de los espacios más evocadores del casco histórico y un lugar clave para comprender la posición estratégica y el pasado defensivo de la ciudad. El mirador se sitúa sobre los restos de la muralla medieval, que rodeaba la ciudad y la protegía durante la Edad Media. Estas defensas tuvieron especial importancia tras la conquista cristiana en el siglo XIII, cuando Baeza se convirtió en un enclave estratégico en la frontera con el reino nazarí de Granada. Desde este punto se vigilaba el territorio circundante y se controlaban los accesos naturales a la ciudad.

Hoy, el mirador ofrece una de las vistas panorámicas más amplias y características de Baeza: extensos mares de olivares, símbolo del paisaje jiennense; el valle del Guadalquivir, visible en días despejados; y una sensación de dominio visual del territorio, que explica la elección defensiva del emplazamiento urbano.

Tras la comida en el Restaurante Vandelvira regresamos a Úbeda con tiempo suficiente para ir al cine. La película elegida se estrenaba ese mismo día: Michael. A pesar de que no todas las críticas de la prensa especializada han sido positivas, Michael nos encantó porque se vive más como una experiencia emocional que como una biografía exhaustiva. La película no intenta explicarlo todo ni ordenar la vida de Michael Jackson como si fuera un expediente, sino acercarse a su fragilidad, a su obsesión por la perfección y a la soledad que acompaña al mito. Y eso, al menos para nosotros, funciona.

Disfrutamos especialmente cómo se retrata el proceso creativo y la relación casi física de Michael con la música y el escenario. Hay momentos en los que la película transmite de verdad por qué fue un genio, alguien único, no solo por su talento, sino por el precio personal que pagó por él. No busca el golpe fácil ni el sensacionalismo, y se agradece ese tono contenido y melancólico.

La interpretación principal de su sobrino, Jaafar Jackson, es perfecta porque, además del parecido físico, aporta una presencia muy natural en escena, especialmente en los números musicales y en los gestos corporales, algo clave para el personaje. Sin duda, muy convincente: no imita, sugiere, y consigue que veamos al artista sin olvidar al ser humano que hay detrás. En definitiva,

Michael no es una película que pretenda cerrar debates, sino invitar a mirar y escuchar. Y como espectadores, nos resultó más que suficiente. Con el añadido de disfrutar de algunas de las canciones que marcaron su biografía musical.

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