Altea es uno de esos lugares que parecen hechos para pasearlos sin prisa, para dejarse llevar por sus cuestas empedradas y por la luz mediterránea que rebota en cada fachada blanca. Al igual que Albarracín y Navarra, Altea estuvo en el punto de mira en más de una ocasión. Hoy era el día. Esta vez sí. Nuestra excursión de un día comenzó temprano, con la intención de aprovechar al máximo cada rincón del casco antiguo, ese entramado de calles estrechas y empinadas conocido como El Fornet, donde cada paso parece conducir a una postal distinta.
No esperábamos este ajetreo para un martes del mes de abril. Intentamos, sin éxito, dejar el coche en las inmediaciones de la Oficina de Turismo, sin conseguirlo. Así que decidimos probar en la parte alta, y encontramos aparcamiento relativamente pronto. Empezamos nuestro recorrido por el Carrer Major, una calle que combina tiendas artesanales, pequeñas galerías y balcones llenos de flores. A medida que avanzábamos, nos adentramos en calles más estrechas como la Calle Salamanca, que serpentea entre casas encaladas y puertas de madera desgastadas por el tiempo.
Al llegar a la parte más alta del casco antiguo, la presencia de la Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo se impuso con su cúpula azul y blanca, visible desde casi cualquier punto del pueblo. La plaza que la rodea estaba animada, con turistas haciendo fotos, artesanos mostrando sus piezas y músicos callejeros aportando una banda sonora improvisada.
Nos detuvimos un buen rato allí, disfrutando de un merecido almuerzo, del ambiente y de las vistas que se abrían hacia el mar y hacia las montañas del interior. Desde ese punto, Altea parece suspendida entre el cielo y el Mediterráneo.
La Calle Santa Bárbara nos recibió con sus buganvillas trepando por las paredes, creando un contraste vibrante entre el blanco de las fachadas y el rosa intenso de las flores.
En esta calle se ubica la Casa Cervantes, que fue mandada construir por Francesc Martínez i Martínez, historiador y folclorista valenciano que es uno de los más célebres hijos de Altea. Además de ser miembro de la Renaixença valenciana, un movimiento literario, cultural y social, también era un gran admirador de Miguel de Cervantes y de su obra el Quijote de la Mancha por lo que hizo esta casa en su honor. A lo largo de su vida Francesc se enfocó principalmente en dos aspectos, por un lado, estudiar la obra literaria el Quijote de Cervantes y por otro cultivarse en temas relacionados con la literatura, el folclore y la historia de los valencianos. Por ello la Casa Cervantes es el mayor reflejo de su gran admiración hacia el autor.
Continuamos hacia los distintos miradores que rodean la zona alta. El Mirador de los Cronistas nos regaló una panorámica amplia del Mediterráneo, con el puerto y la línea de costa extendiéndose hacia el horizonte.
El Mirador Blanco, por su parte, ofrecía una vista preciosa del entramado de calles blancas que descienden hacia el mar, como si el pueblo se derramara suavemente por la ladera. Entre un mirador y otro, nos asomamos a pequeños balcones improvisados entre calle y calle, esos rincones que no aparecen en los mapas pero que capturan la esencia del lugar.
Después de disfrutar de las alturas, comenzamos el descenso hacia el paseo marítimo. El ambiente cambió por completo: las calles se ensancharon, el sonido del mar se hizo más presente y el ritmo del pueblo se volvió más animado. El paseo marítimo estaba lleno de vida, con terrazas, tiendas y gente caminando tranquilamente junto a la playa.
El mar, de un azul cristalino, invitaba a detenerse cada pocos metros para contemplarlo. Caminamos un buen rato por la orilla, dejando que la brisa marina nos acompañara y disfrutando del olor a sal y del sonido de las olas rompiendo suavemente.
Con el apetito ya despierto, decidimos volver a subir al casco antiguo para comer. La subida, aunque algo exigente después del paseo, mereció la pena. Elegimos un restaurante con terraza y vistas, donde pudimos disfrutamos de la comida italiana. Comer en Altea tiene un encanto especial: la luz, el ambiente tranquilo y la sensación de estar en un lugar suspendido en el tiempo hacen que cada bocado se disfrute más.
Tras la comida, dimos un último paseo por las calles del casco antiguo, esta vez sin rumbo fijo, simplemente dejándonos llevar. Pasamos por la Calle San Miguel, una de las más fotografiadas, con sus escalones irregulares y su ambiente casi silencioso, aprovechando para tomar un helado artesanal en una pequeña cafetería con terraza. Con la brisa suave y el murmullo del pueblo de fondo, tuvimos la sensación de que el día había sido perfecto, lleno de momentos sencillos pero memorables.
Finalmente, emprendimos el regreso a casa con la sensación de haber vivido una escapada completa, de esas que recargan la energía y dejan ganas de volver. Altea, con su mezcla de historia, belleza natural y ambiente mediterráneo, nos regaló un día que se quedará en la memoria durante mucho tiempo.












































